Asier Vanzatti El techo del hospital militar tiene diecisiete grietas que forman un mapa de una ciudad que ya no reconozco. Llevo catorce días contando cada una de ellas, siguiendo las líneas de cal seca que se cruzan sobre mi cabeza como las calles de un hormiguero en ruinas. El olor a antiséptico y a metal frío se ha filtrado en mi piel, reemplazando el aroma a pólvora y a hormigón viejo que me acompañó durante toda la huida. A veces, cuando cierro los ojos, todavía siento la vibración de la Torre Soler desplomándose, un trueno sordo que parece retumbar en mis propios huesos, recordándome que el apellido Vanzatti es ahora un escombro más en el centro de la capital. —Señor Vanzatti, tiene visita de la fiscalía internacional —la voz de la enfermera es plana, desprovista de la lástima que

