Dahlia Soler La noche sobre lo que solía ser la zona financiera de la ciudad no tiene el color del descanso, sino el gris de la ceniza estancada. Caminar por las cercanías de la Torre Soler es como recorrer el cadáver de un gigante que se niega a terminar de pudrirse. El olor a hormigón pulverizado y a cables quemados sigue flotando en el aire, una neblina espesa que se pega a la garganta y te recuerda, con cada bocanada, que el hogar de mi infancia fue construido sobre una mentira que acabó por devorarlo todo. Las cintas amarillas de "Peligro" ondean al viento como banderas de una rendición que nadie ha firmado todavía. —Dahlia, no deberías estar aquí —la voz de Asier me sobresaltó, emergiendo de entre las sombras de una excavadora abandonada. Se apoyaba en un bastón metálico, su figur

