Asier Vanzatti El aire en el Cimiento Cero no es aire, es una mezcla espesa de aceite hidráulico vaporizado y el aliento metálico de una máquina que se está devorando a sí misma. Siento cada latido de mi corazón como un martillazo contra las costillas, una advertencia de que mi cuerpo, remendado con prisas en aquel hospital militar, está llegando a su límite de elasticidad. El suelo bajo mis pies vibra con una frecuencia que me revuelve el estómago; es el sonido del hormigón cediendo, el quejido de los pistones gigantescos que mi padre diseñó para sostener imperios y que ahora utiliza para demoler esperanzas. —¡Asier, vete a la fosa! —el grito de Dahlia apenas logra perforar el estruendo de una tubería de vapor que acaba de reventar a pocos metros. La vi encararse a Vittorio. Mi padre,

