Dahlia Soler El sol de la mañana entraba por el ventanal de la suite de seguridad con una insolencia que me obligó a parpadear. No era el resplandor anaranjado de los incendios, ni la luz fría de los fluorescentes de la clínica Santa Marta; era una claridad limpia, casi quirúrgica, que desnudaba los rincones de la habitación y, por primera vez en meses, también los de mi propia conciencia. Me quedé un momento inmóvil, escuchando el silencio de la ciudad. Un silencio que ya no pesaba, porque la vibración constante de los pistones de Vittorio en el Cimiento Cero se había apagado para siempre bajo millones de toneladas de escombros. —Dahlia, el café se está enfriando y el mundo no va a dejar de girar porque tú hayas decidido que hoy el tiempo no existe —la voz de mi madre llegó desde la peq

