Dahlia Soler El aire de la mañana ya no sabe a polvo de cemento ni a miedo estancado. Hoy, el centro de la ciudad exhala un aroma a tierra mojada, a corteza de pino y a esa hierba nueva que insiste en crecer entre las grietas de lo que un día fue el imperio del dolor. Me detuve en la entrada norte del Parque de la Memoria, justo donde solía estar la barrera de seguridad que Enzo custodiaba con su mirada de fusil. Ha pasado un año exacto desde que el Cimiento Cero se tragó a Vittorio y a los fantasmas de mi padre, y todavía me cuesta creer que el cielo se vea tan inmenso ahora que no hay sesenta pisos de hormigón robándole el azul a los ciudadanos. —¿Dahlia? Los de la orquesta están preguntando si la acústica del anfiteatro es de tu agrado —la voz de mi madre me sacó de mi ensimismamiento

