Asier Vanzatti El nogal tiene una veta caprichosa, una línea oscura que recorre la madera como el cauce de un río que se niega a seguir el mapa. Llevo tres días lijando esta superficie, sintiendo cómo la aspereza del árbol en bruto se rinde ante el roce constante de la lija de grano fino. Mis manos, que pasaron años diseñando pistones hidráulicos capaces de triturar cimientos, ahora se mueven con una delicadeza que me asusta. Es la mecánica de la fragilidad; entender que un milímetro de menos en el encaje de una pieza no provocará un derrumbe estructural, pero sí una astilla que podría herir una piel que todavía no conoce el roce del mundo. —¿Crees que le gustará el olor a resina, Asier? —la voz de Dahlia llegó desde el umbral del taller, acompañada por el sonido rítmico de sus pasos sob

