Dahlia Soler La carretera que serpentea hacia la antigua Villa Vanzatti no ha cambiado en veinte años, pero mis ojos sí. Donde antes veía un laberinto de muros infranqueables y sombras que me acechaban con el siseo del mechero de Julián, hoy solo veo una mala planificación urbanística y una hiedra que ha decidido devorar el mármol travertino con una justicia poética admirable. El coche se detuvo frente a la gran forja oxidada. Asier se quedó un momento con las manos en el volante, mirando hacia la mole de piedra gris que corona la colina. Podía sentir su pulso acelerado, una vibración sutil que recorría el habitáculo como un eco de los gritos que esas paredes silenciaron durante décadas. —¿Estás bien? —le pregunté, poniendo mi mano sobre la suya. —Es solo... que el aire aquí arriba siem

