Asier Vanzatti El taller de la casa del valle huele a serrín de cedro y a aceite de linaza, un aroma que se ha convertido en el perfume de nuestra libertad. A mis cincuenta y pocos años, mis manos tienen más cicatrices de herramientas de carpintería que de las peleas desesperadas en los callejones de la capital, y mis ojos, aunque necesitan gafas para los detalles de los planos, ven con una claridad que mi padre nunca pudo comprar con todo su oro manchado. Hoy no estoy solo entre las gubias y los sargentos. Hoy, el sonido del formón golpeando la madera tiene un ritmo doble, un eco que viene del otro extremo del banco de trabajo. —Papá, si refuerzo la unión con una espiga de doble cuña, ¿crees que la estructura aguantará la dilatación del invierno? —preguntó Enzo Julián, sin levantar la v

