Dahlia Soler El mar no tiene cimientos, y quizá por eso es lo único que siempre me ha devuelto la cordura. Estoy de pie sobre el acantilado que protege la casa del valle, viendo cómo el Atlántico se estrella contra las rocas con una furia rítmica, una energía que no necesita permisos de obra ni cálculos de resistencia para existir. El salitre se pega a mis mejillas, mezclándose con el sudor de una mañana que ha empezado demasiado pronto. Hoy no es un día cualquiera. Hoy, Enzo Julián se pone su mochila de lona azul y camina hacia su primer día de escuela. Una escuela que no lleva el nombre de ningún magnate, ni de ninguna fundación con segundas intenciones. Se llama, simplemente, "Escuela del Horizonte". —Mamá, ¿crees que los otros niños sabrán que mi abuelo construyó torres que llegaban

