Capítulo 3

1554 Words
Harvey abrió los ojos y pasó una de sus manos por la mejilla de la mujer. Por un momento creí que no me vería, así que me moví un par de pasos a la izquierda para asegurarme que sí lo hiciera. ¡Bingo! Sus ojos azules se posaron sobre mí y la sonrisa de su rostro se esfumó. Noté que se le desencajaba la mandíbula y se ponía blanco como un papel. Me tragué todo mi malestar y sonreí de oreja a oreja. La sonrisa más hipócrita del mundo. Él hizo lo mismo: sonrió como el idiota que era. Muy despacio alcé mi mano en puño y le enseñé mi dedo corazón. Sus ojos se abrieron tanto, que casi se le salen de las cuencas. Me di la vuelta y me alejé de allí. Necesitaba buscar a Gabrielle para largarnos de ese lugar. Sentía náuseas y unas tremendas ganas de golpearlo en la cara. Si me quedaba un rato más, estaba segura que cometería una locura. Tomé mi abrigo con violencia en cuanto llegué a la mesa donde me esperaba mi amiga. —Vámonos de aquí —dije con ímpetu. Gabrielle me escrudiñó con la mirada. —¿Sucede algo? —indagó. —Sucede que todos los jodidos hombres son iguales —espeté—. Larguémonos de aquí. Caminé como alma que lleva el diablo hasta la salida, con Gabrielle detrás de mí. Sentía que los oídos me zumbaban y un par de lágrimas amenazaron con derramarse, pero las limpié antes que se desbocaran. Cuando por fin estuvimos en el exterior, caminé a toda prisa hasta mi auto. —¡Anely! Espérame —la voz de mi amiga hizo que me detuviera—. ¿Qué te sucede? Parece que hubieses visto un fantasma. Me giré de golpe para encontrarme con la mirada confusa de Gabrielle. —Sube al auto. Te explico en el camino —le hice un ademán para que abordara el coche. Ella caminó sin oponer resistencia y justo cuando abrió la puerta del copiloto: —¡Anely! —La voz de Harvey retumbó detrás de mí. —Mierda —dije entre dientes. Intenté ignorarlo y rodeé mi el Kia Optima SXL de color plateado que me obsequió mi padre en mi cumpleaños número veintiséis. —Anely, por favor, escúchame —su voz sonó más cerca. Me giré de golpe al sentir una mano en mi hombro. ¿En qué momento se acercó tanto?— No es lo que crees. Esas palabras hicieron que se me olvidara el malestar que sentía a causa del desengaño y la decepción, y en lugar de sentirme abatida, una ira recalcitrante me recorrió de pies a cabeza. No pude evitar partirme de risa, pues cuando siento cosas intensas entremezcladas, me da por reír. Lo miré con bufonería. ¿Por qué todos los hombres usan la misma frase cuando los descubren in fraganti entre los brazos de su amante? Porque eso era lo que era esa mujer que estaba con Harvey. ¿O no? Yo era su novia, ¿cierto? ¡Diablos! Me sentí muy confundida. ¿Acaso yo era su amante? ¿Esa mujer era su novia? ¡¿Era su ex esposa?! Me llevé una mano a la cabeza al sentirme un poco mareada. Sentí que Harvey me sujetaba para evitar que me cayera. Nunca fui buena para lidiar con el drama. Prefería huir de él. —Suéltame —logré decir al cabo de un rato. —Déjame explicarte. Yo… —No hay nada que explicar —lo interrumpí—. Y discúlpame, no debí reaccionar de esa manera. Está claro que lo nuestro es solo pasajero y llegó el momento de decirnos adiós —traté de girarme para subirme a mi auto. —Eso es lo que nos pasó —masculló él. Fruncí el ceño y me volteé para mirarlo de nuevo. —¿De qué coño estás hablando? —musité la pregunta. —Desde el día que nos conocimos, intentaste apartarme de ti. Pensabas por mí, decidías por mí y asumiste que lo que sentía por ti no era real. ¡Yo quería algo más! Quería estar contigo, entregarme a ti… pero cada día, tus murallas eran más y más sólidas. Traté de ignorar todas tus inseguridades, de darte amor sin esperar nada a cambio, pero me cansé de dar y no recibir nada. —¿Y por eso decidiste irte a con la primera que se te atravesó en el camino? —solté la interrogante de sopetón. —Me estoy dando la oportunidad de estar con alguien a quien sí le importe estar conmigo. Me estoy tomando el atrevimiento de ser feliz. —Esta no era la forma. Pudiste haberme dicho algo. Las cosas se arreglan hablando —sin darme cuenta, algunas lágrimas rodaban por mis mejillas—. Yo… —Intenté hacerlo, Anely. La semana pasada te pedí por décima vez que fueras mi novia y me dijiste que no. Traté de decirte que no estaba cómodo con nuestra relación, que te necesitaba a mi lado… pero tú me dijiste que no tenías tiempo para melodramas ni palabrerías cursis… —Harvey, yo no… —mi voz se quebró. —Déjame hablar, Anely, por favor —me miró a los ojos y pude ver que estaba muy acongojado—. No sé con qué clase de hombres te involucraste en el pasado, pero debieron de ser unos completos hijos de puta, para hacerte que construyeras una fortaleza alrededor de ti. Yo quería estar contigo. Nunca quise hacerte daño, pero lamentablemente estábamos en distintas frecuencias. Yo tratando de derribar tus defensas y tú reforzándolas Tragué grueso. Él se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla. —Espero que algún día un hombre logre derrotar todos esos demonios que te atormentan, que dejes atrás los fantasmas de tu pasado y puedas vivir a plenitud tu presente. Me obsequió una cálida sonrisa y se dio la vuelta para marcharse. Me quedé por unos segundos allí, sujetando la puerta de mi carro y asimilando las palabras de Harvey, hasta que sentí la mano de Gabrielle en mi hombro. —Sube —hizo un gesto con su cabeza para que me subiera al puesto del copiloto—. Yo manejaré —agregó. Hice lo que me pedía y me sumergí en mis pensamientos mientras ella manejaba a través de la ciudad. Perdí la noción del tiempo recordando todas y cada una de las palabras de Harvey. Me sentí como la estúpida más grande del mundo al percatarme que acababa de perder la oportunidad de ser feliz al lado de un buen hombre, por culpa de mis miedos. Nunca sabrás si es el indicado sino te arriesgas. Las palabras de Gabrielle resonaron en mi cabeza. Ese era mi problema. Nunca me arriesgaba. No desde… No, no tenía sentido recordar a ese personaje. Lo cierto es que siempre que veía un mínimo de riesgo, levantaba mis defensas y blindaba mis sentimientos. Estaba harta de que me hicieran sufrir, así que no le daba la oportunidad a nadie de adentrarse lo suficiente dentro de mi corazón. Derramé un par de lágrimas más y me las sequé con rudeza. Era absurdo lamentarme por algo que no podía remediar, así que respiré profundo y le dije a mi amiga que condujera hasta un lugar donde pudiéramos beber y bailar hasta el amanecer. Necesitaba mantener mi mente ocupada para no terminar regresando donde estaba Harvey y pidiéndole que me diera otra oportunidad. Habría sido lo más sensato, pero no, eso sería rebajarme y no… Anely Olsen no se rebaja frente a ningún hombre. —¡Nunca más! —dije entre dientes. Al cabo de unos diez minutos, el auto se detuvo frente a un lugar que a simple vista se veía abarrotado. No me importó. Deseaba tomar algo fuerte y acallar mis pensamientos con música a todo volumen. Bajé del auto, seguida por mi amiga. Metí la mano dentro de mi bolso y saqué mi cigarrera. Encendí un cigarro y le di una fumada. Boté el humo muy despacio y se lo pasé a Gabrielle. No acostumbraba a fumar mucho, solo lo necesario para botar soltar el estrés. Tres caladas eran suficientes. Luego de consumir mi dosis necesaria de nicotina, se lo di a mi amiga. Ella fumaba más que yo. Me arreglé las mangas de blonda y me eché el cabello a un lado. Llevaba puesto un pantalón de cuero sintético de corte alto, muy ceñido al cuerpo. Acomodé las copas de mi blusa, para asegurarme que mis chicas estuvieran en su sitio. Noté que un par de chicos pasaban a un lado de nosotras, riendo. Los miré de reojo, y aunque hubo algo en una de esas sonrisas que se me hizo familiar, decidí no darle importancia y seguir en lo mío. —Dame un poco más —extendí mi mano hacia Gabrielle para que me pasara el cigarrillo. Le di una fumada y se lo devolví—. De acuerdo, entremos —dije, botando el humo y pasándome las manos por el cabello. Mi amiga dio una última calada al cigarro y lo tiró al suelo, apagándolo con la suela de su zapato. Juntas caminamos hasta la entrada del night-club. —¿Anely? —Oí una voz a mi derecha—. ¿Eres tú?
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