Me giré hacia el hombre que me hablaba. Había algo en esa voz que me hizo evocar miles de recuerdos. Lo miré con detenimiento por un rato, pues aunque su rostro se me hizo muy conocido, no lograba ubicarlo. Abrí mis ojos como platos y mi corazón se detuvo por fracción de segundo al reconocer el dueño de ese par de ojos verdes que me miraban.
Frente a mí se encontraba la personificación de todos mis miedos, traumas e inseguridades. El hombre que servía de referente para comparar a todas las personas que llegaron a mi vida después de él. Era una hermosa visión, y a la vez una pesadilla hecha realidad.
—Antoine —pronuncié su nombre a duras penas. Si su mero recuerdo causaba en mí un montón de emociones, ¿se imaginan lo que me causó su presencia?
La imponente estampa de un hombre de seis pies de altura yacía delante de mí. Tenía los ojos más verdes de lo que los recordaba y una hermosa sonrisa (la que hacía que se le marcara un par de hoyuelos en sus mejillas) dibujada en su rostro. Conservaba los mismos rasgos finos, casi aniñados, que una vez me hechizaron, aunque sin duda, la cuidada barba de varios días, le aportaba un toque varonil y adulto muy sensual. Su nariz recta y perfilada. Sus labios gruesos y rosados. Su cabello castaño oscuro, muy corto, casi a ras de su cabeza. No era el muchacho flaco que recordaba. Poseía unos brazos fuertes y tonificados.
—¡Wow! ¡Anely! No puedo creer que seas tú —dijo él con notable euforia. Se acercó a mí y me abrazó con fuerza—. Pensé que te habías mudado a Nebraska.
—De hecho lo hice —respondí de sopetón y no pude evitar reír como descerebrada—. Volví hace un par de meses —agregué.
El repentino carraspeo de alguien a mi izquierda me recordó que estaba acompañada.
—Antoine, te presento a mi amiga Gabrielle —le indiqué.
La nombrada extendió su mano en dirección a él.
—Un placer —dijo ella de modo coqueto.
Antoine estrechó su mano y correspondió con formalidad. Clavó su mirada en mí y sonrió de la misma manera que recordaba que lo hacía, haciendo que mis piernas temblaran.
—Te ves preciosa —comentó—. Al principio no creía que fueras tú, pero no olvidaría esos ojos tuyos ni en un millón de años.
—Creo que es lo único que conservo igual —dije agitando mi mano en el aire y riendo como tonta.
Y en efecto, así era. La última vez que nos vimos, yo pesaba por lo menos unas veinte libras más, tenía el cabello n***o azabache, mis dientes estaban un poco apiñados y vestía como si fuese la vocalista de alguna banda de metal sinfónico. Mi cambio en los últimos trece años fue abismal. Seguía una dieta balanceada y la complementaba con intensas sesiones de footing y TRX. Mi cuerpo era atlético en vez de regordete. Mi cabello era rubio rojizo claro y mis dientes estaban perfectamente alineados, gracias a la ortodoncia tardía que tuve que llevar por cinco años. Dejé de lado mi forma de vestir gótica y en lugar de parecer una vampiresa de la película Underworld, parecía salida de la nueva edición de la revista Glamour.
—Es increíble que me hayas reconocido —añadí, encogiéndome de hombros.
—Ya te lo dije, nunca olvidaría ese par de ojos que tienes.
La intensa mirada de Antoine removió en mí un millar de recuerdos, sentimientos y sensaciones. Soñé tantas veces con volver a verlo, pero jamás imaginé que me sentiría como el mismo día que me dejó en medio de aquella plaza, bajo la lluvia, mientras las lágrimas caían a raudales por mis mejillas.
¡Joder! Pensaba que después de tantos años sin verlo, mi corazón no se aceleraría como lo hacía cada vez que lo veía. Me sentí como una adolescente otra vez y creo que él lo notó, pues su sonrisa fanfarrona lo evidenció. Esa jodida sonrisa seguía siendo igual de hermosa que siempre.
El carraspeo de alguien más nos hizo romper con la conexión de nuestras miradas.
—¡Oh por Dios! ¿Qué clase de modales tengo? —Antoine se mostró apenado—. Te presento a Cedric.
Miré al sujeto junto a Antoine y no pude evitar sentir una extraña punzada en mi pecho. Era altísimo y atlético, de ojos negros y sonrisa socarrona. «¿Quién será? ¿Será su…?». Sacudí mi cabeza con fuerza para sacarme ese pensamiento. Extendí mi mano hacia él y estreché la suya con fuerza, mostrándole mi mejor sonrisa.
—Cedric —dijo el sujeto.
Abrí mis ojos, sorprendida, pues también lo reconocí. Era el primo de Antoine.
—¡Por supuesto! —dije—. Cedric. Ya me acuerdo de ti.
—¡Cierto! —El hombre me apuntó con su dedo índice—. Nos conocimos en el cumpleaños de mi abuelo. Te recuerdo.
—Llegué hace una semana a la ciudad —Antoine volvió a sonreír—, y me estoy quedando en su apartamento. ¿Van a entrar? —preguntó de repente, señalando la entrada del night-club.
—¡Sí! —dijimos Gabrielle y yo al unísono.
Antoine y su primo se hicieron a un lado para que nosotras pasáramos. Entramos al sitio y me percaté que Ant, como una vez lo apodé, caminaba a mi lado.
—Allá hay una mesa —señaló Gabrielle.
Caminamos en silencio hasta el lugar y nos sentamos. De inmediato Antoine hizo una señal con la mano a unas de las meseras para que nos llevaran algo de beber. Yo pedí un k******e, Gabrielle un Cosmopolitan y los chicos pidieron una botella de tequila.
¿En qué momento nuestra velada de solo chicas, para olvidar a Harvey pasó a ser un reencuentro con mi primer gran amor? ¡Tenía que ser una jodida broma! ¿Cómo era posible que de todos los lugares de la ciudad, Antoine estuviera justo en el mismo sitio que Gabrielle eligió al azar? «El destino es sádico y le encanta joderme la existencia», pensé.
Me desconecté de mi entorno por un momento y evoqué recuerdos del pasado. ¡Dios! De todas las cosas que podía recordar tenía que ser eso en específico…
Los labios de Antoine sobre mi boca, sus dedos largos entrelazados con los míos, mientras nuestros cuerpos se entregaban a la pasión y sus gemidos chocando con la piel de mi cuello…
Sacudí mi cabeza con fuerza para sacarme esos pensamientos y miré al hombre frente a mí. ¡Dioses! Aun poseía el don de hacer que mi corazón se acelerara, las manos me temblaran y las palabras se me quedaban atragantadas.