No. No podía seguir allí. Eran demasiadas emociones intensas como para hacerles frente a todas. Me puse de pie como si me impulsara un resorte. Le lancé una mirada a mi amiga y esta frunció el ceño. Le hice la señal que siempre le hacía cuando necesitaba que me siguiera la corriente. Tosí y carraspeé la garganta, acto seguido sujeté el lóbulo de mi oreja derecha y le di un leve halón.
—Recordé que mañana tenemos que levantarnos muy temprano —miré a los chicos con fingida aflicción—. Debemos recibir la nueva mercancía —miré a mi amiga.
—¡Cierto! —exclamó Gabrielle, poniéndose de pie también. Se dio un golpecito en la frente con su mano—. Lo había olvidado —fingió vergüenza.
Por eso la amaba. Ella y yo siempre nos compenetrábamos de una manera única. Teníamos nuestro propio lenguaje corporal secreto para comunicarnos. En la tienda era donde lo poníamos en práctica. Cuando me echaba el cabello hacia un lado y humedecía mis labios con la lengua, significaba: Cliente difícil. Ven y ayúdame. Cuando me acomodaba los lentes y me llevaba la mano al mentón, frente a uno de nuestros proveedores, significaba: El precio es elevado. ¡Olvídalo! No le compraremos más a él o ella. Gabrielle captaba enseguida y, en caso de un cliente difícil, se acercaba y lo abordaba. Ella poseía un don especial para apaciguar a las personas. En caso de ser uno de nuestros proveedores, quien a última hora decidía incrementar el costo de la mercancía, ella lidiaba con el asunto de manera muy profesional.
Debo reconocer que eso de tratar con la gente, no es lo mío. Siempre tiendo a dejarme llevar por mis emociones. Podría decirse que soy fácil de engañar y ella era mi ángel de la guarda, la que impedía que me vieran la cara de idiota.
—¡Es tardísimo! —dijo ella al mirar el reloj en su muñeca. Era casi la una de la madrugada.
Antoine se levantó también.
—¿En serio? Acabamos de pedir los tragos. Al menos podrían tomarse una copa con nosotros —comentó él.
Traté de decir algo, pero la mujer que nos atendió al llegar, se acercó a nuestra mesa con nuestras respectivas bebidas. Las puso sobre la mesa y se retiró.
Antoine tomó su vaso y lo levantó en alto.
—¡Salud! —brindó—. Por los reencuentros —tomó un sorbo mientras posaba sus ojos sobre mí.
Gabrielle me miró, esperando que le dijera algo. Asentí con la cabeza para decirle que estaba bien, que podíamos quedarnos un rato más. Y lo hicimos.
Perdí la noción del tiempo. Un trago se convirtió en dos, en tres, en cuatro, cinco… seis. Las horas pasaron como si se trataran de minutos. Hablamos de todo un poco. Supe que Antoine acababa de regresar de Francia, donde estuvo trabajando en una galería de arte, luego de obtener su licenciatura en historia del arte y hacer una especialización en arte post-moderno. Me comentó que se encontraba soltero, “por el momento” (hizo énfasis en eso) y se estaba hospedando con su primo, mientras conseguía un lugar para mudarse solo. Tenía pensado quedarse un tiempo en la ciudad.
Por mi parte, le comenté algunas cosas acerca de mi vida, que estudié para ser maestra, pero que trabajaba con mi amiga en su tienda y que también estaba soltera, “por el momento” (también hice énfasis en eso). Él rio a carcajadas cuando dibujé las comillas con mis dedos y dijo que yo seguía siendo la misma chica adorable de siempre. No entendí a qué se refería y tampoco quise darle mucha importancia.
No me di cuenta en que momento Gabrielle forjó una amistad tan íntima con el primo de Antoine, pues hablaban mucho entre ellos y parecían querer hacer algo más que hablar. Sus miradas lujuriosas los ponían en evidencia.
Comencé a sentirme muy desinhibida y sin poder evitarlo, dejé que Antoine se acercara mucho a mí, haciéndome sentir muchas cosas extrañas. Cosas que no sentía desde hace mucho tiempo. ¡Dios! ¿Qué se suponía que estaba haciendo? Una parte de mi deseaba salir corriendo, alejarse lo máximo posible de Antoine Delattre y no mirar atrás. Pero otra parte de mí, la parte irracional, estúpida y enamorada, me pedía a gritos quedarme junto al único hombre que he amado en mi vida, recordando todos y cada uno de los momentos que viví con él.
Sentí un impulso inhumano de besarlo, pero logré controlarme. No podía hacerlo. ¡No debía! Mi estúpido instinto masoquista me recordó que nada estaba superado. Seguía sintiendo algo muy intenso por el francés que me miraba y sonreía, y que, era el causante de mi fobia a relacionarme con otros hombres.
Antoine cogió un trozo de limón y lo impregnó con la sal que estaba en un platito blanco. Se lo llevó a la boca y se deleitó con el sabor amargo y salado, pero no tomó licor. Sentí que el corazón se me aceleraba cuando lo vi relamerse los labios. Repitió la misma acción unas cuatros veces. Cuando le pregunté porque no tomaba más tequila, me dijo que acababa de salir de un fuerte resfriado y que no quería abusar de su cuerpo. Le creí.
No podía dejar de mirarlo ni un solo momento.
¿En qué momento se convirtió en un jodido modelo de Calvin Klein? Era mucho más guapo, más hombre, más sensual… ¡Dios! Tuve que morderme el labio para reprimir el deseo de saltarle encima y comérmelo a besos. Y eso, justo ese bendito gesto, fue el detonante de una serie de eventos “catastróficos” que sucedieron a continuación.
—Ay, Anely, sabes a la perfección lo que ocasionas cuando haces eso —dijo Antoine, llevándose una mano a la cabeza.
—¿Cuándo hago qué? —inquirí—. ¿De qué estás…?
No pude terminar la frase, pues sentí una mano en mi nuca, seguido de un par de labios estrellándose contra mi boca. Abrí mis ojos ante la repentina invasión a mi espacio personal, pero bastó un segundo para mandar mi autocontrol a la mierda. Me rendí una vez más a sus encantos. El beso fue salvaje y voraz. Su mano derecha se aferró más a mi nuca y las mías se posaron en cada una de sus mejillas. Jadeé al sentir su cálida lengua rozando con la mía. El movió sus labios con una astucia que no conocía. Recordaba sus besos más tímidos. El hombre que me besaba demostraba haber adquirido mucho conocimiento a lo largo de los años.
Él se separó un momento para tomar aire y volvió a apoderarse de mi boca. Mi corazón latió a mil por hora y la cabeza me dio vueltas, no sé si fue debido al alcohol o al subidón del momento. Él finalizó el beso y pegó su frente a la mía, aun con su mano sujetando mi nuca.
—¡Por Dios, Anely! No tienes idea de cuánto he soñado con este momento… con el día en que te pudiera tener entre mis brazos y poder besarte hasta quedarme sin aliento —dijo con la respiración entrecortada. Abrí mis ojos muy despacio para darme cuenta que él los tenía cerrados. Los volví a cerrar, entregándome al sin fin de sensaciones que recorrieron mi cuerpo.
—El recuerdo de esa noche —continuó hablando—, me persigue todos los días. La manera en que te dejé…