Mi corazón se detuvo al rememorar esa noche, y una ráfaga de dolor y tristeza me golpeó. Abrí mis ojos y me separé de él con brusquedad. Antoine pertenecía a mi pasado y allí debía quedarse. Me puse de pie, pero él me sujetó del brazo.
—Perdóname —pude leer sus labios más no escucharlo, debido a que el volumen de la música estaba muy alto. Se puso de pie y me sujetó de los hombros—. Sé que no merezco tu perdón —me miró directo a los ojos—, pero espero que algún día puedas dármelo.
—Trece años, Antoine. ¡Trece jodidos años estuve esperando que dijeras esa palabra! ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de tanto tiempo? —Giré mi cabeza para buscar a mi amiga, pero no la vi por ningún lado—. Mierda —farfullé al percatarme que mi ángel de la guarda no podría auxiliarme.
—¡Te busqué, Anely! Lo juro por lo más sagrado. Pero no te encontré. He vivido todos estos años con la culpa de haber sido un cretino, de haberte lastimado de la forma en que lo hice, pero lo hice por tu bien. Debías alejarte de mí. Yo no te merecía. Nunca ibas a ser feliz junto a mí, porque soy un maldito…
—Eres un maldito egoísta que nunca se detuvo a pensar en lo que yo sentía. Solo importaba lo que tú querías —solté con rabia. Algunas lágrimas rodaron por mis mejillas.
—No, Anely. Egoísta habría sido de no haberte dejado ir. Tú merecías algo mejor que yo… merecías alguien que no cargara con un jodido secreto a cuestas, alguien que no tuviera que mentir a diario por miedo a ser tildado como una aberración. Merecías a alguien que la gente no señalara en la calle por culpa de los malditos rumores. Tú merecías…
—¡Cállate! —vociferé—. Tú no tienes ni idea de lo que yo merecía.
—Te amaba —imitó mi tono de voz. Abrí mis ojos como platos—. Y creo que nunca dejé de hacerlo —bajó la voz.
—NO… —levanté mi dedo índice y lo señalé— DIGAS ESO —lo miré con dureza—. ¡Maldición! —Musité y sacudí mi cabeza—. Esto es una locura —negué con la cabeza—. No debimos… —dejé la frase a medias y me alejé de él, con el único objetivo de encontrar a mi amiga— ¡Gabrielle! —la llamé.
—Por favor, Anely… escúchame —pidió él.
—Ya oí suficiente —le dejé claro que no quería oírlo—. ¡GABRIELLE! —volví a gritar mientras escrudiñaba el lugar con la mirada.
—Ella y Cedric se fueron hace un rato —gritó Antoine.
—¿Qué? —me negué a creer que mi amiga se hubiese ido con un recién conocido.
—Sí. Querían estar en un lugar privado…
—No. Gabrielle no es así —tomé mi bolso y saqué mi móvil para llamarla. Sin embargo no lo hice, pues leí el mensaje que tenía en la bandeja de entrada.
Lamento haberme ido como me fui, pero… ¡Dios! ¿Viste a Cedric? Está buenísimo y además es un cielo. Juro que si paso un mes más sin sexo, me volveré loca. Te quiero amiga. Nos vemos mañana para ponernos al tanto de nuestras aventuras. Disfruta con tu galán.
Postdata: No te preocupes. Me cuidaré.
¿Pero qué mierda? ¿Cómo era posible que Gabrielle se hubiese largado con un hombre que apenas acababa de conocer? ¿Qué disfrute con mi galán? ¿Pero es que no se dio cuenta de mi incomodidad? ¡Rayos! No tuve tiempo de decirle que Antoine era el mismo hombre del que tantas veces le hablé; El maldito imbécil que me partió el corazón en mil pedazos. Una vez le enseñé una foto de él, pero el Antoine que estaba frente a mí era muy distinto al enclenque chico de quince (casi dieciséis) años que se adueñó de mi virginidad.
La cabeza me daba vueltas y sentí que me iba a desmayar en cualquier momento. Tuve que sentarme y respirar hondo.
Estaba ebria. Lo sabía.
De repente sentí a Antoine muy cerca de mí y levanté el rostro para mirarlo. ¡Mil veces joder! ¿Por qué tenía que ser tan hermoso? ¿Por qué en vez de ponerse como un jodido modelo de revista no se puso gordo y calvo? Así habría sido más fácil rechazarlo y… ¡alejarme de él! Pero mi voluntad quedó anulada con un simple roce de su mano.
Sus manos varoniles sujetaron mi rostro con sutileza. Cerré mis ojos y algunas lágrimas rodaron por mis mejillas. Él las secó, pasando sus pulgares con ternura. Negué con la cabeza, pero él no me soltó. Lo siguiente que sentí fueron sus labios sobre los míos. Mi corazón palpitó muy rápido y por inercia llevé mis manos a su cabeza, atrayéndolo con fuerza hacia mí. Nuestros labios se rozaron muy despacio y nuestras respiraciones se aceleraron. No hubo lengua. Fue el beso más tierno que me dieron en la vida. ¡Dioses! Lo amaba. Nunca dejé de hacerlo y sabía que no me convenía amarlo, pero mi estúpido corazón no entendía de razones.
—Sé que las cosas no terminaron de la mejor manera —susurró sin separarse de mi boca—, pero si…
—Me hiciste correr detrás de ti, como si fuese una maldita loca —lo interrumpí susurrando también. Tenía mis ojos cerrados, tratando de mantener a rayas mis lágrimas—, y cuando por fin te alcancé, me cerraste la puerta en la cara y gritaste a los cuatro vientos que…
Con su mano tapó mi boca y se separó un poco. Abrí mis ojos y pude ver genuino arrepentimiento en su mirada.
—Sé muy bien lo que dije, y no hay un solo día que no me arrepienta de haberlo hecho. Fui un maldito cretino al herirte de la manera en que lo hice…
—Suéltame —musité—. Necesito irme.
—Necesitas irte, pero sé muy bien que no quieres irte, porque aun sientes algo por mí. Puedo percibirlo al tocarte —pasó el dorso de su mano por mi mejilla y no pude evitar estremecerme—. Puedo notarlo cuando te beso —unió sus labios a los míos en un corto, pero conciso, beso. Una ráfaga de sensaciones me recorrió de pies a cabeza—. Anely, por favor, vamos a un lugar más tranquilo, donde podamos hablar con calma.
—No tenemos nada que hablar —hice acopió de todas mis fuerzas para empujarlo y apartarme de él. Me puse de pie y tomé mi bolso, saqué un billete de cien dólares y lo coloqué sobre la mesa—. Es para pagar lo que bebí —dije y me di la vuelta, dispuesta a marcharme.
Una vez más, él me sujetó del brazo.
—No te vayas, Anely —sonó como una súplica—. Ven conmigo. Vayamos a recordar viejos tiempos, cuando nos amábamos con locura.
El muy imbécil debía tener conocimientos de hipnosis, porque su voz demandó y mi cuerpo cedió sin resistirse. Respiré profundo, sin girarme, llenándome de fuerzas para jalar de mi brazo y zafarme de su agarre, pero él fue más astuto que yo. Con un movimiento raudo me atrajo hacia él y me volvió a besar, con pasión y violencia.
Me dejé llevar…