—Ya es tarde —la voz de Bianca me hizo levantar el rostro de golpe—. Tenemos que irnos a casa. Agradecí mentalmente la interrupción, porque ya comenzaba a llenarme la cabeza de estupideces cursis. Me puse de pie, dispuesta a marcharme. —Hasta luego, Anely —Antoine sujetó mi brazo con delicadeza. Miró a Bianca—. Au revoir —le guiñó el ojo a ella y me volvió a mirar—. Espero que sueñes con los angelitos —me dio un beso en la mejilla y mi corazón se aceleró. Nos despedimos de los demás y nos alejamos de allí. Mi cerebro no paró de inventarse miles de historias románticas junto a Antoine hasta que llegamos a casa. Bianca me preguntó qué tal me habían parecido sus amigos, pero dije algo que me delató. —Antoine es muy agradable. Me gusta —dije. —¿Solo Antoine? —Bianca me miró con los ojos e

