Un nuevo capítulo Emilia

498 Words
La llamada de Alexander llegó al día siguiente. No fue un simple "me encantaría volver a verte", sino una invitación a un almuerzo de negocios para discutir una posible inversión. Era la excusa perfecta para conocerlo mejor sin bajar la guardia, y la acepté de inmediato. Nuestras primeras citas no fueron cenas románticas a la luz de las velas. Fueron encuentros en su oficina, almuerzos en restaurantes tranquilos y caminatas por parques lejanos, donde hablábamos de finanzas, arte y de nuestras visiones del futuro. Con él, no sentía la necesidad de ocultar mi intelecto o mi ambición. Él me escuchaba, no como un oyente pasivo, sino como un igual que quería entender cada matiz de mis ideas. Alexander era todo lo que Eduardo no fue, no por físico, sino por carácter. Eduardo era el amor platónico de mi juventud, un ideal que se desmoronó. Alexander, en cambio, era real. No intentaba impresionarme con su riqueza; su confianza emanaba de su propia inteligencia y de la forma en que construía su propio imperio. Nunca me hizo sentir como si estuviera a su sombra, sino a su lado. A pesar de la creciente atracción, una parte de mí se negaba a confiar por completo. Mi pasado, la traición de mi padre y de Eduardo, era una sombra constante. ¿Y si él también tenía un motivo oculto? ¿Y si, como mi padre, me veía como una ficha en su propio juego? No podía evitarlo, pero cada vez que lo miraba, una voz en mi cabeza me advertía: "No te dejes engañar de nuevo". Una tarde, mientras discutíamos sobre la estrategia de una empresa, él notó mi distracción. Se detuvo, me miró a los ojos y, con una voz suave, me preguntó: "¿Qué es lo que te preocupa, Emilia? Hay algo que no me has contado". Por un instante, consideré mentirle, pero al ver la sinceridad en su mirada, la barrera que había construido durante años se resquebrajó. "No confío en la gente", confesé con una honestidad brutal. "Y me temo que algún día, como otros, revelarás que solo estás aquí por el dinero o por una agenda oculta". Alexander no se rio ni se ofendió. En lugar de eso, se inclinó ligeramente, me tomó la mano y la sostuvo con una firmeza tranquilizadora. "Emilia, no sé qué te pasó, pero te prometo una cosa: no estoy aquí por tu dinero. He construido mi propio camino. Estoy aquí porque me intrigas y porque veo en ti algo que no he visto en nadie más. Te veo a ti, Emilia, no a tu fortuna." Sus palabras, tan simples y directas, me golpearon con una fuerza que no esperaba. Por primera vez en mucho tiempo, la voz de la desconfianza en mi cabeza se calló. No era un juramento, no era una promesa vacía. Era una simple verdad que, por la forma en que la dijo, supe que era sincera. Y en ese momento, supe que estaba dispuesta a arriesgarme.
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