Perspectiva de Emilia (Alexander)

510 Words
Cuando conocí a Alexander, no pensé que pudiera significar tanto. Había pasado demasiado tiempo aferrada al recuerdo de Eduardo, a su ausencia como una herida que nunca terminaba de cicatrizar. Durante años lo odié y lo añoré en la misma medida, atrapada en un círculo del que creí que nunca saldría. Pero Alexander fue distinto desde el principio. No me pidió nada, no me prometió nada imposible. Solo estuvo ahí, constante, con esa calma que parecía inquebrantable. En la galería, cuando Eduardo apareció de pronto, sentí que el suelo se abría. Creí que mi pasado se impondría sobre mi presente. Sin embargo, bastó con que Alexander me tomara de la mano para volver a sentirme segura. Esa seguridad no la había sentido nunca con Eduardo, ni siquiera en los buenos tiempos. Con Alexander, la risa me salía sin esfuerzo, como si de verdad hubiera recuperado una parte de mí que había enterrado. Las cartas de Eduardo llegaron, y confieso que me removieron. Hubo lágrimas, hubo rabia, y también una nostalgia peligrosa. Pero esa nostalgia fue como un eco: fuerte al principio, luego cada vez más lejano. Lo escuché, lo miré, y aunque quise darle una oportunidad de hablar, ya no era lo mismo. Lo que antes me parecía un amor imposible ahora se sentía como una cadena rota. Alexander, en cambio, me mostraba día a día lo que significaba estar con alguien presente. No con alguien que prometía futuros brillantes pero se escondía cuando el peso de su familia lo doblaba. Alexander no tenía máscaras. Con él descubrí la ternura en lo cotidiano: una conversación sin prisas, una mirada que no huye, un silencio cómodo que no necesita explicación. Con él aprendí que el amor no siempre es tormenta; a veces es refugio. Cuando Eduardo confesó sus errores y buscó redención, lo escuché con respeto. Pero mientras lo escuchaba, comprendí algo que me liberó: yo ya no lo amaba. Lo había querido con todo, sí, pero ese amor se había consumido en la espera, en la traición, en los silencios. No podía negarme a mí misma lo evidente: mi corazón ya estaba latiendo distinto, y su nombre era Alexander. Alexander nunca me pidió que eligiera entre él y Eduardo. Ni siquiera me cuestionó cuando supo que nos habíamos reunido. Confió en mí. Esa confianza, silenciosa y firme, fue lo que terminó de convencerme. Ya no quería mirar atrás. Eduardo formaba parte de quien fui, pero no de quien soy. Una tarde, después de una de mis exposiciones, Alexander me llevó a caminar junto al río. No hubo grandes discursos, ni promesas teatrales. Solo me dijo: “Estoy aquí, si quieres que me quede”. Y yo supe, con la certeza más tranquila que he sentido en mi vida, que no quería que se fuera. Lo tomé de la mano y, sin necesidad de más palabras, entendí que mi historia con Eduardo había terminado. No con rencor, sino con gratitud amarga. Porque gracias a lo que vivimos, supe reconocer lo que de verdad necesitaba. Y esa verdad tenía ojos verdes.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD