La tensión se cortaba con un cuchillo. Alexander me esperaba en la biblioteca de la vieja casa Palacios, con esa calma fría que solo un hombre seguro de sí mismo puede sostener. Sus ojos grises me atravesaron, como si ya conociera cada una de mis intenciones. —¿Por qué sigues aquí, Eduardo? —preguntó, sin rodeos—. Emilia ya tomó su decisión. Me reí, aunque la amargura me secaba la garganta. —Porque tú no entiendes lo que significa perderla. Yo crecí con ella, la amé antes de que siquiera supieras pronunciar su nombre. No voy a quedarme de brazos cruzados mientras juegas al héroe. Alexander dio un paso al frente, la mandíbula tensa. —¿Héroe? No. Yo no vine a salvarla, vine a amarla. Y si tú la hubieras amado de verdad, no la habrías entregado como moneda de cambio a Ignacio Palacios.

