La ciudad ardía en rumores, pero en el taller, donde el olor del óleo se mezclaba con la música suave que Alexander siempre ponía al entrar, Emilia encontraba un refugio. Él no le pedía explicaciones, no exigía respuestas. Solo estaba allí, con esa presencia firme y cálida que la sostenía cuando todo parecía derrumbarse. A veces bastaba con su mano sobre la suya, o con la forma en que la miraba mientras ella pintaba, como si cada trazo fuera un fragmento de su alma que él quería aprender de memoria. Una noche, después de cerrar la galería, Alexander rompió el silencio. —No quiero que pienses que tienes que enfrentarlo todo sola. Tu pasado no es una carga que debas llevar sin ayuda. Emilia bajó la mirada, con un nudo en la garganta. —Tengo miedo, Alexander. Miedo de que mi historia te

