La madrugada los sorprendió juntos, todavía en el sofá, envueltos en una manta que Alexander había traído sin romper la calma del momento. Emilia apoyaba la cabeza en su hombro, y él jugaba distraído con un mechón de su cabello. Ninguno quería dormir; el silencio era demasiado valioso. —A veces pienso que esto es un sueño —dijo ella con voz baja—. Y que cuando despierte, todo volverá a ser como antes… las cadenas, los rumores, la soledad. Alexander sonrió apenas, girando el rostro para mirarla. —Si fuera un sueño, yo también estaría atrapado en él. Y créeme, Emilia, no pienso despertar. La risa suave de ella llenó la habitación, ligera, limpia. No era una carcajada forzada ni un eco de tiempos pasados: era una risa nueva, que pertenecía solo a ese instante con él. —Nunca supe lo que e

