Después de semanas de tormenta, Alexander decidió sorprender a Emilia. La llevó lejos de la ciudad, hasta un claro en medio del bosque que parecía sacado de un recuerdo olvidado. Allí, bajo un cielo limpio, una mesa iluminada con velas aguardaba entre los árboles, con copas de cristal que reflejaban la luna. —¿Cómo…? —Emilia apenas podía creer lo que veía. —A veces —respondió Alexander, con esa calma que lo definía—, lo único que necesitamos es un lugar donde el mundo no pueda alcanzarnos. La cena fue sencilla pero perfecta: vino tinto, pan recién horneado, y los platillos que él sabía que ella adoraba. Hablaron poco, porque no hacía falta. Cada mirada, cada sonrisa compartida, valía más que mil palabras. Cuando el postre terminó, Alexander se puso de pie. Sus ojos brillaban con una me

