— ¿Qué… qué dijiste? — preguntaron al unísono Jenn y Toribio, con los ojos abiertos por la sorpresa, incapaces de creer lo que acababan de escuchar del otro. Por un instante, Toribio se quedó inmóvil, con la mirada fija en ella, convencido de que su mente le estaba jugando una mala pasada, no podía ser real. Pensó que quizá había imaginado sus palabras, que lo que creyó oír no había salido de los labios de Jenn, sino del eco de su propio deseo. Sintió cómo el pecho se le apretaba y, con el instinto propio de alguien que siempre había estado a la defensiva, abrió la boca para decir algo, para inventar alguna excusa que deshiciera la ilusión, que lo sacara de ese momento antes de que la realidad lo golpeara. Pero entonces, la voz de Jenn lo detuvo. — shhhh… déjame hablar — pidió ella, c

