Horas antes de la junta Toribio llegó solo a la suite donde se estaba quedando Dmitry. No llevaba guardaespaldas, no le había pedido ni a Dorante o Silvestre que lo acompañaran, eso sería como encender una alarma ante el ruso. Solo llegó con el peso de su nombre, y la mirada dura que lo precedía. Pasó la seguridad el viejo, la cual le quitaron cada una de sus armas y lo dejaron pasar a la pequeña sala. Y en medio lo esperaba: Dmitry. El viejo ruso lo recibió con un gesto apenas perceptible. Los rusos no eran las personas más cálidas, pero le tenía aprecio por los negocios que mantenían juntos. Se estrecharon las manos con respeto, como los hombres que han derramado demasiada sangre como para fingir cortesías. —Toribio. —La voz de Dmitry era grave, rasposa—. Me preguntaba cuándo ven

