Leonardo caminaba por el salón con la seguridad de un rey que empieza a saborear el trono. Saludaba a cada invitado con una sonrisa medida, con la arrogancia sutil de quien sabe que pronto todos lo mirarán con respeto… o con miedo. Las risas falsas y las miradas cómplices alimentaban su ego. En su mente, el mundo ya empezaba a girar a su alrededor. Era solo cuestión de unos minutos que tomaría el trono de su padre, Toribio. Mientras tanto, Jenn se había excusado para ir al baño. Le dolían los pies, y más que eso, le dolía el disfraz que llevaba encima. No solo el antifaz, los tacones, el vestido. Le dolía el papel que estaba forzada a interpretar en esa reunión de hienas. Leonardo la observaba desde lejos, “sus últimos momentos de libertad pensó”. Una sonrisa apenas visible se dibujó e

