La chimenea crepitaba suavemente en la sala, mientras la nieve seguía cayendo con delicadeza tras los grandes ventanales de la finca. Dmitry había mandado traer flores frescas y algunos regalos para celebrar la llegada de la pequeña. Todos los familiares cercanos ya se habían retirado, respetando el deseo de intimidad que Jenn y Toribio habían pedido para esa primera noche. Toribio tenía a la bebé en brazos, envuelta en una manta tejida por Irina, mientras Jenn lo miraba desde la cama, con una sonrisa cansada, pero feliz. El ambiente estaba lleno de paz, como si el mundo entero se hubiera detenido solo para ellos tres. —Aún no tiene nombre… —susurró Jenn con dulzura—. No quiero que pasemos otra noche sin llamarla por quien es. Toribio la miró con ternura. Paseó los dedos por la frente

