El paramédico que revisó a Toribio no era cualquiera. Se llamaba Iván, uno de los pocos que aún respondían directamente al director, un hombre leal que entendía que, en algunas situaciones, seguir las reglas era la mejor forma de perder la guerra. Cuando se inclinó a tomarle el pulso, sintió el débil latido. Toribio estaba al borde, pero no roto. —Está vivo —susurró, y luego, más alto, con voz firme—: Hora del deceso, 3:47 a. m. Los demás lo miraron sin entender, pero no cuestionaron. Había urgencia en sus ojos. Cubrieron a Toribio con la bolsa negra, no para ocultar un cadáver… sino para proteger una verdad. Ya dentro de la ambulancia, Iván retiró la bolsa con cuidado. El rostro de Toribio estaba pálido, cubierto de sangre seca, los labios partidos. —Tranquilo, aún estás aquí —le dijo

