Eran casi las tres de la mañana cuando las sombras empezaron a moverse entre los árboles que rodeaban la finca de Toribio. Llevaban uniformes, pero no eran los que solían patrullar esa zona. Se comunicaban por señas, avanzando con precisión. La operación había sido planeada durante semanas una intervención quirúrgica para rescatar a Jenn, presuntamente secuestrada por Toribio, un mafioso conocido por su crueldad y su red de corrupción. — Afirmativo, objetivo a la vista. Repito: la cerca está justo delante — susurró uno de los agentes por la radio. — Recibido. No dispares hasta que recibas la orden — respondió la voz del comandante desde la camioneta negra estacionada a medio kilómetro de distancia. Pero nada salió según el plan. Antes de que pudieran cortar el primer alambre, uno de los

