Capítulo 2. Gran Premio

1482 Words
Ese día estaba trabajando en la editorial como cualquier otro. Se había levantado temprano para ir a correr al Central Park. No lo hacía a diario, pero ese día se había levantado a las 6 AM de manera espontánea y con ganas de comenzar el día con em cuerpo lleno de endorfinas y ya que se había despertado sola sin ninguna posibilidad de obtener dicha hormona de la 'alegría' de otra forma solo le quedaba hacer ejercicio a la vieja usanza. A Sam le gustaba correr, lo hacía desde muy pequeña incluso antes de estar en el equipo de Atletismo. Con los años y sus miras en su crecimiento profesional no tenía ni el ímpetu ni la energía para correr a diario o participar de maratones. Así que, si puso sus leggins favoritos, sus zapatillas Asics para correr, un polar, se ató el cabello y atravesó lis metros que la separaban del parque precisamente corriendo. Aunque era una chica de ciudad le gustaba el Central Park...tenía algo mágico. Un encanto que nada podía opacar. Bueno, a veces ocurrían hechos lamentables, como el otro día que encontraron asesinada y volada a una jovencita. Samantha hacía muchos años había tomado clases de defensa personal, y afortunadamente nunca debió probar su expertise. Mientras llenaba sus pulmones de oxígeno pensaba en las tareas del día. Ese día precisamente iría a la editorial, ya le tocaba. Ella tenía su propia oficina ubicada en su hermoso apartamento de Columbus Circle, próximo al Central Park. Y se manejaba con cierta libertad incluso antes de que Morfeo Prince hubiese comprado el lugar, pero cada tanto era bueno. Rodearse de sus compañeros, ver los nuevos proyectos. Últimamente pasaba demasiado tiempo haciendo homenaje office pensó. Si bien era cierto que a su edad tenía un poco menos de energía que a los veinte tampoco se estaba por jubilar. Morfeo y Kathy ya habían vuelto de su luna de miel de manera reciente, hacia solo unos pocos días. Ella, su amiga, estaba escribiendo en su casa y esperando el nacimiento de su bebé. Lo cual tenía sentido, igual Kathy siempre había sido casi una ermitaña. Y su nuevo marido era un hombre reservado también. Sopesando ese tema, regresó a su hogar. Se dio una ducha caliente. Se puso su traje preferido de zara, de pantalón pitillo y blazer en color verde loro con unos zapatos stiletto clásicos en color fucsia que hacían juego con su camiseta de seda. Se dejó el cabello suelto tomó su bolso Michael Kors y luego de beber rápidamente un café n***o, su único desayuno, salió para el edificio que ocupaba la editorial. De camino pasó por un Starbucks y se compró otro café, con un muffin para llevar y finalmente llegó a la oficina luego de tomar el metro. Entró al lugar saludando a cada persona que se le atravesaba con una cálida sonrisa y fue hasta su oficina. Era pequeña, pero era de ella. Tener ese lugar había sido un gran logro de su carrera. Dejó las cosas en el escritorio, se desabrocho el blazer y se recostó con comodidad en su sillón, mientras veía para afuera. No era un edificio muy grande y era todo de ellos. Aunque Morfeo había comenzado algunas reformas. Le dio un par de sorbos a su café y deshizo el muffin en pedagogos para comer como un pajarito mientras prendía el pc de escritorio. Comenzó a revisar los mails, cuando un alboroto la desconcertó. Aún con la puerta cerrada pudo oírlo. Abrió la puerta con curiosidad. Se había generado como una especie de revuelo. Y Samantha no entendía el porqué. —¿Qué ocurre? — le preguntó a Fernando, un compañero editor gay de origen puertorriqueño que estaba sentado en un cubículo cercano. Éste se levantó y le dijo emocionado, —Parece que Nasha Grierson cambia de editorial, y está considerando elegirnos, ¡imagínate!!! — concluyó con un grito de emoción no contenida. Pero él era así, extrovertido y efusivo y siempre le había caído bien a Samantha. Era buen compañero y no era vorazmente competitivo como algunos de los otros de los editores. Ese día el llevaba un pantalón renegrido con una camisa blanca, mocasines oscuros y su cabello peinado con un jopo. Era una especie de geek chic. Tenía puestas sus gafas de montura negra. Era un hombre atractivo, pero no le gustaban las mujeres...un pequeño detalle. Ella suspiró. Necesitaba tener acción horizontal y pronto. — Que bueno, va a ser muy bueno para todos...— dijo en voz alta. Sería buena publicidad para la compañía independientemente de quién se quedaba con la escritora. Se encogió de hombros y volvió para su escritorio. Siguió revisando unos mails cuando recibió personalmente la llamada de Morfeo. Luego de saludarla con cordialidad le dijo, —¿Samantha puedes venir? — su tono era un poco imperativo. Pero él era así. —Si por supuesto— respondió ella con prontitud pues, aunque fuera el esposo de su amiga, seguía siendo el jefe. Ella dejó su computadora con un mail abierto, tomó su Tablet y su lápiz especial y se dirigió al ascensor para ir al piso de Morfeo. Todo el mundo murmuraba y la observaba curioso. ¿Qué pasaba? ¿Acaso le había quedado papel colgando de cuando fue al baño? Había hecho una breve pasada antes de subirse al elevador. Ella no entendía por qué tanto murmullo a su alrededor. Se acercó a la oficina del CEO. La secretaria le dijo que podía pasar, aun así, ella golpeó. —Adelante — dijo él con esa voz masculina que ella sabía que casado o no, hacía que muchas mujeres aún mojaron sus bragas por él, aunque sólo tuviera ojos para su amada esposa embarazada de su hija por nacer. Ella entró y no pudo evitar sorprenderse aún del impacto de su atractivo. Una cosa era recordarlo y otra tenerlo enfrente. Era como un maldito Dios griego. Al igual que su hermano era alto y musculoso, vestía una camisa abierta en el cuello dejando ver su piel dorada. Llevaba el cabello y la barba rubio oscuro, prolijamente recortada. Nunca hubiese imaginado, ni en sus sueños más locos, que ese pedazo de hombre iría a casarse con Kathy. Ella adoraba a su amiga, era bella e inteligente, pero estaba en otro nivel...ese hombre podría estar con cualquier modelo de Victoria Secret. El hecho de que se hubiera fijado en Kathy hablaba de la persona que era. Él podría parecer un modelo, pero era más que solo un envase bonito. —Siéntate Samantha — le dijo con esa sonrisa que descubrió luego de verlo junto con su amiga y escritora. Ya que antes nunca lo había visto reír ni sonreír siquiera. Y tenía una hermosa dentadura. Notó que su hermano también tenía dientes bonitos y pensó en que nunca había, hasta ese momento, reparado en los dientes del hermano de ese hombre. De hecho, de ningún hombre. Claro que miraba que un hombre que estuviera con ella tuviera todos los dientes, pero no era lo primero que observaba precisamente. —Permiso...— dijo y se sentó. Lo miró con curiosidad. No sabía qué podía querer Morfeo Prince de ella. —Bueno aquí estoy, te escucho...por favor dime qué sigo estando en la nómina, amo demasiado este trabajo...— confesó con una sonrisa cómplice, sin faltar a la verdad. Morfeo río abiertamente. —Si te despido posiblemente Kathy me mande a dormir al almohadón de Gigi...y me parece que me quedaría un poco chico...— dijo él y fue turno de ella de reír. Ambos lo hicieron entonces. Gigi era la altiva gata de Kathy. Sin pedigree pero con aires de diva. Era blanca con gris, peluda y toda creída. Ella solo había tenido un pez de pequeña. Y no le había durado mucho. —¿Entonces??? — preguntó ella curiosa —. ¿Qué hago exactamente aquí? — preguntó ella alzando una de sus doradas y perfectamente arqueadas cejas. —Imagino que ya habrás oído el rumor... Lo de Nasha Grierson — Nasha no solo era una exitosa y multipremiada escritora. Vivía recluida en su casa en Hawái y era un poco excéntrica, o al menos eso decían. Pero Sam estaba acostumbrada a los escritores y sus rarezas ya. Llevaba un poco menos de dos décadas en ese negocio. Las firmas de libros de esa escritora solo eran en la isla. No iba a las entregas de premios. Aun así, sus libros de misterio eran un boom de ventas. Muchas veces se vendían de manera anticipada y se agotaban con rapidez. Así que conseguirla, como escritora, para cualquier editor desde ya sería un gran premio. Y eso la incluía a la propia Samantha. —Algo me comentaron...si, para que mentirte...— admitió la editora. —Bueno, el asunto es que debemos enviar un editor y pensé en ti... ¿Qué piensas sobre viajar a Hawái Samantha?
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