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En otra vida

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Blurb

Elara despierta en una casa que no reconoce, en una cama que no le pertenece… y junto a un hombre que nunca ha tocado.Excepto que sí lo ha hecho.Aquí, en esta realidad, él es su esposo. El hombre que la ama. El hombre que le escribe notas, cocina para ella y le promete amor en todos los planos posibles.El problema es que Elara no recuerda haber elegido esta vida.Porque en la suya, la verdadera —¿o tal vez no?—, está comprometida con Santiago, un hombre correcto pero ausente, y Gabriel es solo el esposo de su hermana Valeria.Atrapada entre dos versiones de sí misma, Elara deberá descubrir si lo que está viviendo es un sueño, una dimensión alterna o una segunda oportunidad.Y mientras intenta entender por qué su alma la llevó hasta allí, empieza a preguntarse si el amor verdadero no tiene una sola línea… sino múltiples vidas donde siempre se eligen.En otra vida es una novela de realidades paralelas, amor profundo y destinos cruzados.Una historia sobre las versiones de nosotros que dejamos atrás… y los hilos invisibles que nos vuelven a unir.

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EL DESPERTAR DE OTRA VIDA
Elara abrió los ojos lentamente. No fue como despertar de un sueño profundo, sino como emerger de otro cuerpo. La luz que entraba por la ventana era cálida, dorada, pero tenía una intensidad distinta. Como si el sol estuviera más cerca o el vidrio fuera más limpio. Parpadeó varias veces. El techo era blanco, liso, sin la grieta familiar en la esquina derecha que solía contarle historias desde siempre. La sábana que la cubría era más gruesa de lo que recordaba, y el colchón… más firme. Olía a café fresco y a madera. El aire era otro. Algo dentro de ella supo, incluso antes de girar la cabeza, que no estaba en su casa. Se movió con cautela. El cuerpo a su lado respiraba profundamente, con ese ritmo lento y plácido de quien no tiene urgencias por levantarse. Cubierto apenas por la sábana blanca, un brazo descansaba cerca del suyo. Fuerte, bronceado. Elara giró un poco más… y el mundo se torció. ¿Gabriel?. Él. Su mejor amigo. El esposo de su hermana. Pero ahí estaba. Dormido. A centímetros de su piel desnuda. Ambos desnudos. Elara se incorporó de golpe, el corazón martillando su pecho. No entendía si era que algo había sucedido la noche anterior. La habitación giró a su alrededor. Se sostuvo de la cabecera de madera pulida mientras trataba de normalizar la respiración. Se miró las manos. La izquierda tenía un anillo delgado, de oro blanco, con una inscripción interior que apenas alcanzaba a leer: "Lo imposible, contigo." —¿Qué…? —susurró, más para sí que para alguien más. Gabriel se removió ligeramente y sin abrir los ojos, sonrió. —Buenos días, esposa bella… —murmuró con voz ronca, acariciando suavemente la sábana entre sus dedos como si estuviera tocándola. Elara se congeló. ¿Esposa?. Sintió que el tiempo se detuvo. Todo parecía suspendido, incluso el latido de su corazón. Se levantó con la sábana envuelta en su cuerpo como una armadura improvisada y se dirigió a la puerta. El piso era de madera clara, y bajo sus pies descalzos crujía levemente. Salió a lo que parecía una sala abierta con ventanales de piso a techo, decorada con plantas y luz de mañana. Sofás grises, mantas cuidadosamente desordenadas, libros apilados y… fotografías. Muchas. Demasiadas. Se acercó. La primera mostraba a Gabriel y a ella en la playa, él besando su frente mientras ella sonreía con los ojos cerrados. En otra, ambos firmaban unos papeles en lo que parecía una ceremonia civil. Una más: una cena elegante, una torta con la palabra “aniversario”, y velas encendidas entre risas. Y ahí estaba ella. Elara, claramente, inconfundible. Pero también otra Elara, con una mirada más abierta, más serena. Una versión de sí misma que nunca había visto. La cafetera automática sonó en la cocina. El pitido seco del agua lista. Un aroma denso se expandió como un abrazo. En la nevera, un calendario marcaba la fecha: 23 de septiembre. El día de su aniversario. Pero en su mundo… eso no tenía sentido. En su mundo, estaba comprometida con Santiago. Un hombre correcto, mucho mayor que ella, que la trataba a veces con cariño, pero con mucha disciplina, como si fuera un proyecto que debía ejecutarse con éxito. La noche anterior —¿fue ayer? ¿existió?— pensó profundamente, viniendo los recuerdos a ella. Cenó con Santiago y su hermana Valeria. Gabriel no estaba; había salido de viaje. Santiago se había molestado por algo que Elara dijo sobre las cortinas del estudio y cambiar de trabajo. Le habló de estabilidad, de rutinas. Elara recordó haber sentido una punzada en el pecho. Nada grave. Solo... una pequeña decepción. ¿Eso la llevó aquí? Buscó un espejo. Necesitaba verse. Y saber que no era una de esas películas que se intercambian la gente, por un extraño embrujo o un sueño absurdo. En el pasillo encontró un espejo de cuerpo entero. Se paró frente a él y tragó saliva. Ahí estaba su reflejo… pero algo era distinto. Su postura, su expresión, el brillo en los ojos. Como si esa versión de sí misma viviera con más ligereza. Como si fuera realmente feliz. Escuchó pasos detrás ella. Gabriel apareció apoyado en el marco de la puerta, ahora con un pantalón de pijama y el torso descubierto. —¿Otra vez el sueño raro? —preguntó, con esa sonrisa ladeada tan magnética, que tanto lo caracterizaba.Y a ella la hacía sentir extraña. Ella lo miró sin poder responder. —Te levantaste igual hace unos meses —dijo él, acercándose con calma—. Dijiste que soñaste que estabas comprometida con Santiago y que yo estaba casado... ¡woow! aún no salgo de mi asombro… con tu hermana, con Valeria. Una locura. Te reías mientras lo contabas. Dijiste que era la peor broma del universo. Elara se quedó helada. Gabriel sinceramente pensaba que esto era solo otro sueño de su esposa. Que la desconexión que ella sentía era una repetición. —¿Quieres un café? —preguntó con ternura tocando su mejilla con suavidad. Ella asintió en silencio. Gabriel entró a la cocina y empezó a servir dos tazas, como si llevara toda la vida haciéndolo. Su naturalidad dolía. ¿Cómo podía verse tan real… y a la vez tan imposible? En la mesita de entrada, una libreta de tapas negras y una pluma descansaban bajo una nota doblada. Elara la tomó con los dedos temblorosos. Era su letra su letra al principio y luego la de él. "Hoy te amo más que ayer, y probablemente menos que mañana." "En esta vida, y en la otra. No me dejes despertar solo. Gabo." Sus piernas flaquearon. Tuvo que sentarse en el borde del sofá. No entendía ni cómo, ni por qué. Solo sabía que el calor que sentía al leer eso era real. Que la vibración de su piel cuando él se le acercaba, era también real. Aunque todo aquello parecía un sueño, las sensaciones de su cuerpo le advertían lo contrario. Pellizcaba sus mejillas para despertar del sueño, pero realmente sentirlo la abrumaba. Gabriel regresó con dos tazas con humeante café. Se sentó a su lado y le ofreció una. —¿Te duele la cabeza? —preguntó. —Un poco… —respondió Elara, apenas audiblemente. Él le rozó la frente con sus labios, como si fuera su costumbre. Ella cerró los ojos. El mundo olía a él. A hogar. Algo que no había tenido antes en su vida. —Hoy no tenemos que salir, si no quieres. Podemos quedarnos todo el día aquí —susurró él. Ella lo miró. Se quedó observando, con una mezcla de ternura y horror. Él no sabía que ella no era precisamente su Elara y eso era lo que más la abrumaba, al menos así ella lo creía. Y eso… era su mayor secreto. Pero también su único consuelo.

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