Claire
La suavidad de las sábanas fue lo primero que noté.
Algodón egipcio, tal vez. Frías al tacto al principio, pero envolventes como un susurro. Luego llegó el aroma: lino recién lavado, lavanda sutil, y algo más… madera pulida con una nota cálida, como cera derretida al borde de una chimenea. Tranquilizante. Elegante.
Abrí los ojos lentamente, parpadeando contra una luz tenue que se filtraba por unas gruesas cortinas de burdeos profundo. El cuarto tenía una penumbra dorada, como si quisiera protegerme del día.
Pero este no era mi cuarto.
Me incorporé con torpeza, como si mi cuerpo aún no hubiera decidido si quería volver a la realidad. Una punzada aguda en la sien me hizo soltar un quejido y llevarme la mano instintivamente a la cabeza.
—Tranquila —dijo una voz femenina, firme, pero cargada de calidez.
Giré con lentitud. Una mujer de mediana edad estaba sentada junto a la cama, recogiendo una venda ensangrentada. Tenía el cabello gris recogido en un moño pulcro, y unos lentes con montura delgada le colgaban del cuello. Llevaba una bata blanca con una credencial discreta: Dra. Elaine Ward.
—¿Dónde…? —mi voz era un susurro ronco, más pensamiento que sonido. Mi garganta parecía hecha de papel lija.
—Estás en el hotel Regal Heights —dijo con serenidad—. Fuiste encontrada anoche cerca del Museo Sandmeier. Tenías una herida superficial en la sien. Te desmayaste. Fue breve, pero tu cuerpo necesitaba ese apagón.
Parpadeé, tratando de encajar los pedazos sueltos de la noche anterior: la lluvia, el callejón, los dos hombres, el grito... y luego él.
Dos ojos.
Azules.
Furiosos.
Inolvidables.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
—Unos cinco o diez minutos. No fue el golpe lo preocupante, sino el shock. El cuerpo tiene formas muy precisas de protegerse cuando todo se desborda.
Lentamente, llevé los dedos a mi sien. Toqué la venda con cuidado. No dolía tanto como esperaba. Era más bien… sensible. Como si confirmara que todo había sido real.
—¿Quién me trajo aquí?
La doctora ladeó la cabeza. Una sonrisa críptica, casi divertida, cruzó brevemente sus labios.
—El personal de seguridad te registró como ingreso de emergencia. Dijeron que un huésped del hotel te trajo. Se presentó en recepción y exigió atención inmediata. Luego desapareció. Me llamaron a mí, y el resto… es esto.
—¿Desapareció? —repetí, en un susurro. El corazón se me aceleró.
—Solo dijo que te dejaban en buenas manos.
—¿Me cambiaron la ropa?
—Yo lo hice —respondió sin pestañear—. Estabas empapada y con hipotermia leve. Tenías puestos tus panties. El sujetador estaba en tu bolso. Usé el mínimo de intervención necesario.
El rubor me subió a las mejillas como lava. Cerré los ojos un segundo, vencida por una mezcla de gratitud, vergüenza y desconcierto.
—Gracias… doctora.
Ella asintió con un gesto maternal.
—Descansa un poco más. Si sientes mareos o cualquier molestia, pulsa ese botón —señaló un discreto control sobre la mesita de noche—. Estaré cerca.
Me palmeó con suavidad el antebrazo y se retiró. El suave chasquido de la puerta al cerrarse dejó una calma densa, casi irreal.
Suspiré, echándome hacia atrás con lentitud.
Observé la habitación con atención. Todo rezumaba lujo: el dosel alto y elegante, las sábanas de marfil, la alfombra color carmesí que parecía tragar los pasos. Incluso el aire era distinto. Tranquilo. Rico.
No pertenecía a este lugar. No había forma de disfrazarlo. Y sin embargo… por primera vez desde el ataque, no sentía miedo. Me sentía fuera de lugar, sí, pero también protegida, como si estuviera en pausa dentro de una tormenta que aún rugía allá afuera.
Mis dedos se aferraron suavemente a las sábanas.
¿Dónde estaba él?
¿Quién era ese hombre?
Y lo más perturbador de todo…
¿Volvería?
Me deslicé hacia el borde de la cama, sintiendo el roce sedoso de la bata contra mis muslos. El suelo estaba frío bajo mis pies descalzos, y un leve mareo me hizo apoyar la mano en el colchón. Respiré hondo. Mi cuerpo protestaba, pero mi mente no iba a quedarse atrapada entre sábanas y dudas.
Me puse de pie, lenta pero decidida, con ese impulso extraño que mezcla vulnerabilidad con una curiosidad que arde bajo la piel.
Caminé hasta la puerta. Giré el picaporte.
Y entonces, una voz grave me detuvo como un lazo invisible alrededor del pecho.
—Eres persistente, ¿verdad?
Me sobresalté.
Ahí estaba. Él.
Apoyado contra el marco de la puerta, como si el umbral le perteneciera. Llevaba una camisa blanca, abierta en el cuello, apenas pegada al cuerpo por la humedad. Pantalones oscuros, botas de suela firme. El cabello n***o caía en mechones rebeldes sobre su frente, aún mojado. Pero lo que me detuvo —lo que me clavó al suelo— fueron sus ojos.
Azul profundo. Azul imposible. Azul peligroso.
—No esperaba a nadie —dije, cruzando los brazos como quien levanta una muralla. Aunque no me engañaba: él ya la había atravesado anoche.
—Primero caminas sola por la ciudad durante una tormenta —dijo, con una ceja alzada—. Luego ignoras las órdenes médicas y te levantas. ¿Siempre te saltas las advertencias?
—¿Quién me quitó la ropa? —espeté. Demasiado directo, pero no me importaba.
Una sonrisa, lenta y ladeada, se dibujó en sus labios. Desvergonzada. Provocadora.
Maldita sea.
—La doctora Ward. Te cambiaron porque estabas empapada, tiritando, y no quería que te despertaras con pulmonía. Tu modestia sigue intacta. No soy tan cabrón.
—Gracias… supongo —murmuré.
—¿Cómo te sientes?
—Confundida. Agradecida. Y curiosa —lo examiné sin disimulo, de la cabeza a los pies—. ¿Quién eres?
Dio un paso al frente. Yo también, sin pensar. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
—Caleb Ramsey.
El nombre cayó como una piedra en un pozo. Lo había escuchado antes. No sabía dónde, pero sabía que ese apellido pesaba.
Tragué saliva.
—¿Vives aquí?
—Más o menos —respondió, encogiéndose de hombros como si nada en el mundo le pesara.
—¿Y tú… eres el dueño?
Asintió. Despreocupado. Dueño no solo del hotel, sino del momento, del aire entre nosotros, del tiempo.
Fruncí el ceño, incrédula.
—No pareces el tipo de hombre que dirige hoteles de lujo.
—Y tú no pareces el tipo de mujer que se deja salvar.
Silencio.
Un silencio denso, tenso. Casi eléctrico. Las palabras se agolpaban en mi garganta pero no salían. Tal vez no hacían falta.
Di un paso más cerca. El aire se volvió más denso.
Él también se acercó. Sus ojos no se apartaban de los míos. Pude olerlo: cuero, jabón caro, y algo más primitivo. Peligroso. Real.
Mis labios se entreabrieron. Mi pulso se desbocó.
—Deberías estar descansando —susurró. La voz baja. Intensa.
—Debería —dije. Pero no me moví.
Y entonces, lo hizo.
Me besó.
Sus labios tocaron los míos con firmeza, pero también con una ternura inesperada. Fue como un incendio silencioso. Una chispa en la tormenta. No hubo tiempo para dudar. Mis brazos se movieron por cuenta propia y lo rodearon por el cuello.
Él me guió suavemente hacia atrás, hasta que mis piernas chocaron con el borde de la cama. Mis sentidos se volvieron locos. Su boca, cálida y exigente. Sus manos, firmes sobre mi cintura.
Caímos sobre las sábanas, juntos, atrapados en un torbellino de emoción, deseo… y algo más profundo que todavía no podía nombrar.
¿Qué demonios significaba esto?
¿Quién era él, realmente?
Y lo más peligroso: ¿por qué una parte de mí quería seguir besándolo, en vez de pedirle respuestas?
Seis semanas después
Por favor, por favor, por favor, pensé, mordiendo mi labio inferior. Que sea negativo. Me hundí en el suelo y me abracé con fuerza. Los azulejos bajo mis pies descalzos ya se habían calentado a estas alturas, y sin embargo todavía sentía frío hasta los huesos. Mis cejas se fruncieron mientras miraba el palito de plástico que descansaba al borde de la bañera. Mi estómago se revolvió, y sentí otra ola de náuseas. Cerrando los ojos, apreté los labios y respiré varias veces profundo por la nariz hasta que la sensación disminuyó.
Una respiración profunda. La segunda. La tercera. Para la cuarta, ya estaba lista para tomar el palito. Mi mente quedó en blanco al mirar el signo de más. En un instante, mi vida había cambiado para siempre. No estaba segura cuánto tiempo estuve mirando la prueba de embarazo, pero fue suficiente para pasar de no sentir nada a sentirlo todo de golpe. Me debatía entre estallar en lágrimas o sonreír de emoción.
Ser mamá siempre había estado en la lista de cosas que quería lograr en mi vida. Amaba a los niños—siempre lo había hecho, y la idea de criar a los míos había sido uno de mis sueños. Más adelante. Mucho más adelante en la vida. Derek estaría encantado. Era un buen novio—el hombre más amable con quien había salido. Incluso había mencionado la posibilidad de casarnos, aunque apenas llevábamos un mes saliendo oficialmente. Sí, Derek sería un buen padre.
Luego, mi sonrisa se desvaneció cuando los recuerdos de hace seis semanas surgieron con fuerza.
—No lo cuestiones —susurró—. Déjate llevar.
Me dejé rendir ante sus besos delicados y sus caricias tiernas, relajándome en la cama. Los dedos de Caleb se deslizaron bajo mi camisón, dejando sensaciones ligeras como plumas por mi estómago y alrededor de mis caderas. Me moví para que él pudiera quitarme la seda del camisón, que lanzó detrás de él. Gruñó juguetonamente y me empujó de nuevo sobre la cama. Jadeé mientras me miraba con una mirada peligrosa. Lentamente se frotó contra mí, provocando otro jadeo en mi garganta. Todo de él invadía mis sentidos: su olor, sus sonidos, su tacto…
Su mirada pasó de juguetona a seria, y apoyó sus manos sobre mis hombros, sujetándome en su lugar. Me cubrió con besos ardientes a lo largo de la clavícula, y los llevó entre mis pechos llenos. Me miraba con hambre, y me sentí indefensa y expuesta bajo él. Eso llenó mi cuerpo con intensos escalofríos de deseo. Las palmas cálidas de Caleb cubrieron mis pechos, y sus dedos agarraron mis pezones, sus pulgares rozándolos una y otra vez. Cuando los pellizcó, me estremecí y salté bajo su toque. Fue casi demasiado para soportar.
Nuestra respiración se volvió más pesada por la intensidad del momento, y la anticipación golpeaba contra mi caja torácica. Caleb pausó lo que hacía y se enderezó. Observé cómo su pecho subía y bajaba de manera constante. Puso sus dedos en mis panties y los bajó por mis piernas. Expuso la piel sensible escondida entre mis pliegues tiernos y bajó su boca para probarme.
—Oh, Caleb —jadeé ante sus lamidos suaves y besos sobre mi clítoris. Me empapó rápidamente con sus hábiles movimientos. —Te quiero, Caleb.
Incluso en la oscuridad de la suite penthouse del hotel, podía ver su sonrisa pícara. Estaba atrapada en el momento, mi cuerpo disfrutando y deleitándose con las sensaciones que me brindaba. Con cada movimiento de su lengua, un cosquilleo eléctrico recorría mi feminidad y llegaba a mi centro. En menos de un minuto, estaba mojada de deseo y latiendo por dentro, anhelando ser llenada.
Caleb se inclinó hacia arriba, se quitó la camisa en un solo movimiento fluido, y presionó sus pulgares sobre el botón de su pantalón, abriéndolo. Lo desabrochó y bajó los pantalones por sus muslos. Su erección se mostraba orgullosa desde su cuerpo mientras se revelaba, y sentí cómo el latido en mi centro crecía mientras admiraba su tamaño. Caleb se colocó entre mis piernas, y apenas sentí la punta de él contra mi entrada.
Caleb se empujó dentro de mí. Era grueso, y me estiraba hasta el punto de dolor, pero fue momentáneo. Incliné la cabeza hacia atrás y gemí con el movimiento. Caleb gimió por mi estrechez, y envolvió una mano alrededor de la parte trasera de mi cabeza para sostenerla. Movía sus caderas de forma constante, entrando y saliendo de mí.
—Eres mía —susurró.
—Ooo…ooo…sí —jadeé.
Las sensaciones eran de otro mundo, relajé mi cuerpo y lo dejé tomarme. Susurré su nombre y luché por aferrarme a él. El latido dentro de mí dolía, pero aún así se sentía maravilloso, como si mi cuerpo no pudiera tener suficiente.
—Oh, Dios mío —gemí, dejando caer la cabeza contra el colchón.
Se retiró un poco, solo para empujar todo de nuevo. —No del todo, pero casi.
Me reí mientras nos movíamos juntos. Me penetró una y otra vez, llegando tan profundo como pudo. Mi risa se convirtió en un grito sorprendido, pero era puro placer. Observé cómo su duro m*****o entraba y salía, sus caderas moviéndose más rápido que antes. Sus embestidas se hicieron más rápidas, y abrí la boca para gritar de nuevo, pero en cambio, mi grito fue silencioso. Mi centro se apretó alrededor de su grosor, y antes de poder decirle que se detuviera o fuera más lento, mi mente explotó en estrellas y mi cuerpo se tensó en un orgasmo estremecedor. Mis dedos de los pies se encogieron y caí en el olvido, aferrándome a él como si mi vida dependiera de eso.
Él siguió, siguió penetrándome, retrocediendo para mirarme a los ojos. Incluso cuando me llenaba con su calor, seguía mirándome como si fuera la criatura más hermosa que había visto…
Todo parecía un sueño. Un sueño maravilloso, sensual, que aún me perseguía. Incluso después de todo este tiempo, todavía podía sentir su toque. Aun así, el recuerdo de esa noche me recordaba algo mucho más importante que un encuentro de una sola noche.
Debería haber sido más cuidadosa. Debería haber esperado a que mi cuerpo se adaptara a mi nuevo método anticonceptivo. Las náuseas regresaron. Apenas pude levantar la tapa del inodoro antes de que mi desayuno hiciera una espectacular reaparición.
—Demasiado tarde ya…
Con un suspiro profundo, dejé caer la prueba al suelo. Aunque había solo una pequeña posibilidad, sabía que el bebé no era de Derek. Hice los cálculos, incluso revisé dos y tres veces. No. El bebé era de Caleb.
Suspiré. Sabía lo que tenía que hacer, pero no iba a ser fácil. No podía no decirle a Caleb que iba a ser papá. Tenía que encontrar por aquí unas bragas de mujer grande.
Y solo tenía que llamarlo. No era una conversación que esperaba con ganas. Quiero decir, ¿qué se supone que debía decir? —Hola, soy yo, Claire. ¿Te acuerdas de mí? Esa chica que salvaste y luego tuvimos...— No, eso sonaba fatal. No podía decir eso. Maldición. Solo necesitaba actuar como una adulta y hacer esto. Podía hacerlo.
Me levanté del suelo del baño, me enjuagué la boca y fui a mi habitación en busca del teléfono. Mientras vomitaba mi desayuno, me había perdido una llamada de Derek. Maldita sea. ¿Cómo le iba a decir que estaba embarazada del hijo de otro? Lo pensaría después. No ahora.
Busqué en mis contactos y encontré el número de Caleb. Cuando llamé, una mujer mayor contestó, pero sonaba como una secretaria. ¿Me habría dado su número de oficina? Qué idiota. Aun así, pedí hablar con él.
—El señor Ramsey no está disponible en este momento. ¿Puedo tomar un mensaje?
—Sí. Por favor dígale que Claire Donovan llamó y que necesita que me devuelva la llamada. 555-4367. Es urgente.
—Me aseguraré de hacerlo, Emma.
—No, me llamo Claire, es 555-4367, otra vez, 55...
—No es necesario que lo repita. Me aseguraré de que reciba su mensaje, Emma.
—Es Cla...
Y colgó. Qué perra.
Al día siguiente llamé de nuevo. Y esperé. Y volví a llamar. Esperé dos semanas. El verdadero problema era que nunca devolvió mis llamadas. Claramente, solo había sido otro número en su lista. Cuando no recibí respuesta, me juré a mí misma que nunca volvería a ver a Caleb Ramsey. Claro, me había salvado, me había protegido —y eso solo lo hacía peor. Pero sabía que tenía que seguir adelante, por doloroso que fuera.
Tenía que ser así, porque honestamente no veía futuro para nosotros. Como pronto descubrí, Caleb Ramsey tenía una reputación alimentada por la prensa y los chismes de la ciudad (sí, lo investigué y lo stalkée un poco en Internet), como exmiembro de una banda de motociclistas, chico malo y jugador. Nunca se molestó en negar los rumores y, de hecho, nuestro “encuentro” solo me mostró lo verdaderos que eran.
Además, los Ramsey eran una de las familias más poderosas de la ciudad. Entre eso y la reputación de Caleb, decidí que quería mantenerme lo más lejos posible de él. Estaba segura de que ya se había olvidado de mi nombre, igual que yo intentaría olvidar el suyo. Este bebé no cambiaría mi decisión.
Desde abajo escuché el sonido de la puerta principal abriéndose, y luego la voz de Derek llamándome. —Claire, ¿estás en casa?
—Sí, Derek. —Terminé de cepillarme el cabello y salí del baño, preparada para contarle sobre el bebé.
Él entró al dormitorio al mismo tiempo que yo. Su rostro se iluminó con una sonrisa amplia al verme. —¿Qué pasa?
Sonreí suavemente y tomé sus manos. —¿Adivina qué? —Lo acerqué a mí—. Vamos a ser una familia.