MIKE Daphne estaba acurrucada contra mi costado, su dedo trazando patrones extraños en mi pecho. Yo pasaba el mío por su cabello, enredando un rizo alrededor de la yema de mi dedo. No podía dejar de tocarla. Su hombro. Su brazo y mano. Su cintura. Sus muslos. Su clítoris. Estar con ella era incomparable. Tomaba todo lo que tenía para darle, moldeando su cuerpo al mío como si estuviera hecha para mí. —¿En qué estás pensando? —rompió el silencio por primera vez en quince minutos. La miré y extendí la mano para trazar la línea de su mandíbula. Por unos segundos pensé en decirle lo que tenía en mente, pero luego decidí mantener las cosas ligeras. —En ti. Todas las cosas que no puedo esperar a hacerte. Ella sonrió, inclinándose para besarme. —¿Qué tipo de cosas? La hice r

