II. Atrapados en Invierno (Parte 2)

2770 Words
¿Dice, que quiere que comamos juntos?” Por alguna razón me estaba tomando un momento procesar la pregunta del profesor. “Así es. Solo si no es inconveniente, claro está.” “Para nada lo es profesor, solo me pareció una propuesta algo… inusual.” La verdad era algo bastante inusual ya que nunca nos habíamos sentado a comer una comida juntos. Personalmente yo jamás uso el comedor, siempre tomo mis comidas en la cocina, y en cuanto a él, no tengo idea de lo que come ni en donde, ni en qué momento del día toma sus comidas, jamás lo he visto ahora que lo pienso. “Lo sé, también me parece algo inusual pero ahora que al parecer vamos a pasar algo más de tiempo encerrados durante el invierno, pensé que sería mejor empezar a convivir un poco más en lugar de simplemente ignorarnos o vivir como estatuas.” Era una lógica bastante razonable. Cuando entró la tarde, nos encontrábamos ocupando de la cocina, honestamente yo me rehusaba a estar sentada esperando así que me entrometí en los planes del profesor y lo terminé destituyendo y convirtiéndolo en ayudante. La cena fue una sopa con algo de carne y ensalada, nos sentamos en el comedor a comer mientras otra tormenta azotaba afuera. Me sentía inevitablemente extraña en ese lugar, en mi opinión, la cocina es mucho más acogedora. Después de la cena se formó un incómodo y ensordecedor silencio así que me pareció un buen momento para levantar los platos de la mesa. Al parecer el profesor había tenido la misma idea al mismo tiempo, lo que resulto en un evento algo cómico por la sincronización de nuestras acciones. Mientras el profesor terminaba de recoger la mesa yo decidí preparar un té. Disfrutamos del té, nuevamente en silencio, pero esta vez en un lugar más agradable, la cocina. Así que el silencio ya no se sentía tan incomodo; el ambiente también era más ligero. Estuvimos hablado de cosas sin mucha importancia con respecto al pueblo y cuando se acabaron los temas de conversación caímos víctimas del silencio nuevamente. Yo empecé a mirar hacia el suelo y mi vista aterrizo en su zapato de color marrón. Me parece que el profesor decía algo, pero no creo haberlo escuchado ya que, como cualquier mujer aburrida en el parque, comencé a escanearlo de pies a cabeza. Vestía con la misma ropa de siempre, unos pantalones negros con una camisa blanca con una corbata negra y su típico chaleco color café, lo cierto es que ese color le sienta de maravilla. Mis ojos repararon sus manos, las manos de un doctor, grandes y con dedos alargados y hábiles; y una ligera cantidad de bello que provenía de sus brazos. Los movimientos de sus manos eran hipnotizantes y muy agraciados, lo que se podría esperar de un doctor. Un reloj plateado y de cuero colgaba de su muñeca izquierda, este hombre lucía elegante todo el tiempo. Yo poco me veo al espejo esperando verme mínimamente decente. Su cuello era alargado con una manzana de Adán prominente, y su quijada cuadrada y filosa. Su nariz era recta. Había una perforación en su oreja izquierda que lucía un discreto arete plateado, inusual para un doctor, pero supondré que se debe a que es un hombre joven y un doctor moderno. Sus labios son dos montañas esponjadas, con un par de cejas gruesas y un set de pestañas largas y gruesas. Es entendible porque siempre que está el profesor presente hay alguna joven que siente un repentino “malestar.” Los ojos del profesor se encontraron con los míos y entré automáticamente en pánico al saberme descubierta por el profesor escrutándolo tan descaradamente. Una esquina de los labios del profesor se curvo ligeramente hacia arriba creando una flecha, y luego partió sus labios para hablar. “Señorita Georgin, me parece que tiene cierta tendencia a ponerse nerviosa cuando se sabe observada. ¿Dígame, es usted siempre así o se deberá tal vez a que… mi presencia la pone algo… incomoda?” Mis ojos se abrieron en incredulidad por lo que había dicho. “Para nada es así, profesor.” Levante mi taza de golpe poniéndome de pie para ponerla en el mesón y me dirigí a la salida de la cocina. “Espero que haya disfrutado de la comida.” “¡Señorita Georgin!” El profesor se levantó empujando la silla con la parte de atrás de sus piernas, provocando que la pequeña cuchara dentro de su taza temblara emitiendo un clink. “Que presuntuoso de mi parte, no era mi intención ofenderla. Ciertamente, disfruté de un rato agradable con usted.” “Esta bien profesor, pierda cuidado. Yo también pienso lo mismo.” Dije en un tono más calmado. Antes solo respondí sin pensar permitiendo que mi actitud le diera a entender al profesor que estoy molesta, ni siquiera sé por qué reaccione de tal manera. “Me retiro profesor, que tenga buenas noches.” En cuanto crucé el umbral de la cocina mis pasos se aceleraron como si estuviese caminando sobre carbón, lo cierto es que no estaba ofendida, simplemente estaba completamente abochornada y sorprendida por el tamaño de mi descaro, mismo que ahora me había metido en este lío con el profesor. Sinceramente pienso que tengo una habilidad para causarme vergüenza a mí misma muchas veces. Por fin después de lo que pareció interminables nevadas, llegó una mañana serena y radiante, ni siquiera se sentía tan fría. Admito que aquello me dio mucho ánimo, además era la oportunidad perfecta para salir a hacer mis diligencias al pueblo y visitar la iglesia. Cuando bajé las escaleras me encontré con algo de lo mas extraño, el profesor se había quedado dormido sobre el sofá largo con un libro entre sus manos que descansaba sobre su pecho. Jamás lo había visto tan sereno, de hecho, jamás lo había visto descansando, era todo un espectáculo. Puse sobre sobre sus piensas la ligera manta que colgaba de uno de los muebles del salón y deje una nota en un lugar visible informándole que hoy estaría en el pueblo. La esponjosa nieve brillaba como escarcha con la luz del sol que estaba posado en lo alto, esto era bueno, era señal de que pronto acabaría el invierno. El camino al pueblo se sintió un poco mas duro que de costumbre, supongo que se debe a las capas de nieve que hay por todo el camino así que para cuando llegue al pueblo mi frente y mi espalda estaban cubiertas de gotas de sudor. Al parecer yo no era la única de buen ánimo hoy, había mucha gente afuera en el pueblo y no encerrados en sus casas como es costumbre en el invierno. Puedo presumir de que tuve buena suerte con mis mandados hoy y algunas cosas que hacer en la florería. Después me dirigí a la iglesia para visitar a los niños y a las hermanas, hicimos guerras de bolas de nieve, muñecos de nieve y ángeles de nieve; traté de regresar a casa antes de que oscureciera, pero no a mucho de haber partido comenzó a nevar junto a una brisa tan fría que me quemaba las mejillas. Con la intensidad del clima que aumentaba cada vez más me, vi obligada a regresar a la iglesia para pasar la noche allí, pronto iba a oscurecer e imposiblemente podría llegar a tiempo en estas condiciones. Quise irme temprano la mañana siguiente, pero fui atrapada por la habladora hermana Merry, puedo decir que si hay algo que la hermana Merry ame más que a Dios es hablar. Desde lejos parece una monja reservada, pero si le das un tema de conversación ella hablara hasta por los codos. Después de tres intentos fallidos de terminar con la conversación para despedirme, terminé caminando junto a la hermana Merry por el sendero de grava. Honestamente olvidé lo que la hermana estaba diciendo ya que mi atención se fijó en el señor Ernest, el conserje, que se encontraba en medio de la nieve con una pala en su mano; inconsciente mis ojos fueron en la dirección en la que el señor Ernest estaba mirando. Miraba hacia el profesor que al parecer estaba dirigiéndose en esta dirección con su habitual atuendo una gabardina larga de cuero color marrón. Sorprendida, me quedé simplemente mirándolo en silencio hasta que sentí que mi brazo estaba siendo tirado por la hermana que seguía en sus pasos. “Mira, pero si es el profesor, hija. Vamos, vamos a saludarlo.” La hermana Merry engancho su mano en mi brazo y me arrastro hasta el profesor. “¡Buenos días profesor, pero que agradable sorpresa!” La hermana lo saludó enérgica. “Buenos días hermana.” El profesor le respondió el saludó con una sonrisa suave y amigable. Yo estaba a punto de intercambiar mi saludo cuando sentí que me deslicé al pisar el hielo fino bajo mi pie, terminé cayendo sobre mi trasero no sin darme un buen golpe de paso. Todo pasó muy rápido, todo se tornó blanco cuando aterricé sobre el suelo. “¡Dios mío, hija!!” “¿¡Señorita Georgin, está bien!? Tanto el profesor como la hermana Merry corrieron a asistirme para ayudarme a levantar del suelo, uno por cada lado. “Ay Dios mío, estoy segura de haberle pedido a-” La hermana no termino su oración cuando se dio cuenta de la pequeña sombra que se escondía detrás de un poste. “¡HERB!!” gritó histérica “¡Te dije que esparcieras la sal esta mañana!” La hermana distraída con Herb, se olvidó completamente de mí soltando el apoyo que me estaba dando para ponerme en pie. “¡HERMANA!” Chillé mientras resbalaba nuevamente, sintiendo mi cuerpo caer al vacío. La diferencia es que esta vez el profesor me atrapó en el aire evitando que cayera nuevamente al suelo. “¡Huff!” Suspiré con alivio recuperando mi apoyo en el suelo. “Gracias profesor.” Dije tratando de componer mi vestido. “Georgin, mi niña, discúlpame. Era tarea de este jovencito esparcir la sal para evitar este tipo de accidentes.” La hermana regresó rápidamente a mí ayudándome a sacudir. “Pierda cuidado hermana. Sabe que pudo habérmelo pedido a mi” Inconscientemente puse mi mano en mi retaguardia tratando de apaciguar la molestia. “¡Ni hablar! Este muchachito hace todo lo posible para evadir sus responsabilidades.” La hermana giró para ver al niño que salió corriendo al verla voltear. “¡Herb ven para acá! ¡La señorita Georgin se cayó por tu culpa, ven a disculparte!” La hermana gritó mientras caminaba en su dirección alzando su falda para atravesar la nieve. “Este niño.” La hermana refunfuñó y se detuvo en sus pasos para dar media vuelta y despedir al profesor. “Cuídate mi niña. Buenos días profesor, por favor vuelva pronto.” La hermana movió su mano en el aire y continuo su camino hacia adentro. “Por supuesto hermana, que tenga buenos días.” El profesor le respondió él con una cálida sonrisa moviendo su mano en el aire. Buscando en la cara del profesor pude ver que sus labios curveados hacia arriba reflejaban que estaba bastante entretenido con todo el evento sucedido no más llegar aquí. Para mi suerte, tal vez el espectáculo de la hermana Merry le habría hecho olvidar mi humillante caída. “¿Se encuentra bien?” No. Me equivoqué. “Sí. No-no fue nada.” cambie rápidamente de tema. “Es una sorpresa encontrarlo aquí, profesor.” “Supongo que sí. Vi su nota.” Dijo juntando sus manos. “Me di cuenta que ayer no regresó por la tormenta así que supuse que podría encontrarla aquí, así que solo pasaba para asegurarme de que estaba bien.” Me sorprendió un poco, lo admito. “Lo estoy, gracias por su consideración.” “Parece que el único peligro que la acecha son caídas en el hielo.” Seguramente esa penosa escena ahora estaba grabada en su memoria. “Profesor, por favor no exagere.” El profesor rió con ligereza enseñando levemente su blanca caja de dientes. De esas sonrisas que es inusual verle. El profesor esperaba por mi mientras yo regresaba por una bolsa que olvide adentro, en eso el señor Ernest se me acercó. “Niña.” Me llamó en voz baja acercándose a mí. “Aquel hombre no me inspira confianza y tú deberías ser cuidarte de él. Ve y dile que no es bienvenido aquí.” Y sin más, se fue a atender sus asuntos... El comentario del señor Ernest me puso algo nerviosa pese a ser bien conocido por ser un hombre gruñón y poco sociable, especialmente con los desconocidos así que, terminé por descartarlo ya que además de eso, el señor Ernest puede llegar a desvariar ocasionalmente. Es un viejo inofensivo, pero con los años su mente se ha deteriorado y en consecuencia puede llegar a delirar en ocasiones. Caminé con el profesor hasta el pueblo donde se separaron nuestros caminos, el profesor se dirigía al consultorio y yo a casa. De regreso a la mansión, un cosquilleo en el estómago de lo más ridículo, me invadió, acompañado de algunos pensamientos inútiles; parecía ser que a algo dentro de me mi le hacía feliz saber que el profesor también se preocupaba por mí. Pero no era realmente para tanto, quiero decir, el profesor es un hombre muy correcto y decente, vivimos juntos así que simplemente estaba siendo un caballero. Aquella noche en mis sueños ocurrió algo de lo más inusual, vi sangre... Todo alrededor de mi estaba cubierto de un n***o absoluto, apenas si se podía distinguir un charco de sangre que fluía hasta mis pies manchando de rojo mis plantas y el borde de mi falda. Giré las palmas de mis manos hacia mí, también estaban cubiertas de sangre y mi cuerpo empezó a arder obligándome a despertar. Abrí mis ojos confundida y llegué a pensar que ese sueño tendría que ver con aquel día del mes, pero me equivoqué, no era eso. Ya era algo tarde, pero me dolía mucho la cabeza, no podía mantener mis ojos abiertos. Supuse que no importaría si seguía durmiendo un poco más. Me dejé llevar por la pesadez de mis ojos y mi cabeza. Debí quejarme mucho mientras daba vueltas en la cama, no me sentía bien, estaba adolorida y casi sentía que me asfixiaba. Dos delicados golpes en la puerta me ayudaron a regresar. “Señorita Georgin, ¿se encuentra bien? No ha salido de su habitación en todo el día.” Congregué toda mi fuerza para lograr levantarme, tomé el chal que dejé sobre la silla y con los pies arrastrando me dirigí hacia la puerta. “Buenos días profesor” Trataba de no apretar mis parpados cuando abrí la puerta. “Ciertamente es más de media tarde.” ¿Lo era? Giré mi cabeza hacia la ventana, pero estaba igual de gris a la última vez que abrí los ojos. “Señorita Georgin, ¿se encuentra bien?” Mire al profesor con dificultad. Supongo que debo traer una cara cadavérica para que lo haya notado enseguida. “No del todo, honestamente.” Admití. “Desperté sintiéndome algo mal.” “Puede ser que haya enfermado, ¿Le importaría si la reviso?” “Por favor, adelante” Abrí la puerta dando un paso atrás para que el profesor diera uno hacia adelante. “Está ardiendo. Señorita Georgin, tiene una fiebre alta.” Lo único que tuvo que hacer para diagnosticarlo fue poner sus manos alrededor de mi rostro y mi cuello. Estaban frías, se sentía agradable, pero al darse cuenta de la fiebre las retiró enseguida. “Fiebre.” Me sentía tan sosa que hasta se me dificultaba entender palabras tan simples como esa. El asintió. “Supongo que… se debe… a que estuve expuesta al mal clima la otra vez.” dije arrastrando mi lengua. Un mareo se apoderaba de mi impidiendo seguir consiente del todo. “Ahí lo tiene señorita Georgin, necesita reposo y atención.” El profesor cuidó diligentemente de mi fiebre por el siguiente día y medio, para cuando desperté el tercero ya me encontraba del todo bien, solo tenía una pequeña molestia en la cabeza seguramente causada por pasar tanto tiempo en cama. Al correr las cortinas pude observar la nieve empezando a derretirse afuera así que sin dudarlo me puse mi abrigo y un par de botas. Me dirigía directamente al jardín cuando una voz detrás de mí me detuvo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD