Me martillaba la cabeza. No quería nisiquiera abrir los ojos por miedo a lo que el sol pudiera provocarme. Me moví en la cama y sentí muy suaves las sabanas contra mi cuerpo. Era raro. Moví una mano y me toqué las costillas, luego la cintura y por último las nalgas. Estaba desnuda. Abrí los ojos con pánico para ver donde estaba, pero sorpresa. Estaba en mi cama, en mi pieza. Y aún así estaba desnuda. Levanté a cabeza asustada, no me sentía preparada para lo que iba a hacer pero lo hice. Me giré lista para encontrar a alguien al otro lado de la cama, pero no había nadie. Raro. —¿Qué hice anoche? —susurré con la voz ronca. Necesitaba beber algo, estaba seca. Me senté con cuidado en la cama, soportando el dolor de cabeza que me provocaba cada movimiento. Busqué mi bata de seda y salí de m

