CAPITULO II: Ecos del Pasado

1759 Words
Stefan Nowack El sonido del despertador retumba en mi reducida habitación, marcando el inicio de un nuevo día, sentado en el borde de la cama estiro los brazos y sacudo un poco la cabeza para tratar de ordenar de alguna forma mis ideas. Mi mente a estado atrapada en la conversación que sostuve con Arthur la tarde de ayer, sus palabras parecen estar flotando a mi alrededor y las escucho en mi cabeza todo el tiempo, como si estuviera atrapado en un maldito bucle, como un eco persistente que no puedo ignorar. “Tu padre está a nada de desfallecer." Paso mi mano por mi cabello y luego por mi rostro para tratar de disipar los pensamientos recurrentes. El sol empieza a brindar sus primeros rayos de la mañana, poco a poco ilumina la habitación llena de recuerdos de toda mi vida, fotografías pegadas en las paredes, objetos que he conservado desde siempre, las cuatro paredes que hoy albergan los recuerdos de mi vida. Me pongo en pie estirando más mi cuerpo, necesito aire y desaforar mis sentimientos, aún cuento con tiempo para ir a la oficina, por lo que me calzo mis zapatillas deportivas, me coloco una sudadera y salgo de casa dispuesto a correr todo lo que pueda para sentirme mejor, recorro todo el vecindario, las personas empiezan sus jornadas diarias, los niños a la escuela y los padres a sus oficios, cuando le he dado tres vueltas a la manzana regreso a casa y entro directo a la ducha. Bajo el agua cierro los ojos un instante, todavía debo procesar algunas cosas, pero si de algo estoy seguro, es que no voy a abandonar a mi familia, tengo un trabajo bien pagado, un hogar y una familia estable, no necesito el dinero de un hombre que jamás me quiso, no voy a cumplir los caprichos de un millonario idiota, si quisiera enmendar sus errores del pasado, no me exigiría alejarme de mi familia. Después de todo, ¿Quién era realmente el hombre que contribuyó en mi creación? ¿Por qué hasta ahora se “preocupa” por mí? Las preguntas no hacen más que multiplicarse, pero más que eso, la idea de convertirme en alguien como él me aterra, toda la vida he tenido hambre, hambre de poder, hambre de dinero, hambre. Mamá no permitió que me convirtiera en un idiota arrogante, y estoy seguro que de haber crecido con mi padre, lo sería, si el sigue irrumpiendo en mi vida, van a haber consecuencias, estoy seguro. Salgo del agua, me arreglo frente al espejo y tomo los papeles que imprimí en la noche, debo entregárselos a Raquel hoy, podría enviarlos con mi secretaria o con Jared, pero prefiero entregarlos yo mismo. En el camino me detengo en la librería café para pedir un expreso, no desayuné y no dormí, necesito la cafeína, entro, hago mi pedido y mientras espero, alguien toca mi hombro. – Stefan, ¿estás bien? – La voz de Raquel me saca de mis pensamientos, se acerca mirándome con preocupación. – Sí, solo... pensando – respondo forzando una sonrisa, que estoy seguro se ve demasiado falsa. – Lo que sea que llene tu cabeza, debe ser bastante malo – dice sin apartar la mirada, desvío la mía a la pared detrás de ella - ¿Nuevo caso grave? – pregunta con curiosidad. – Un caso grave sería perfecto, pero no, no es eso – contesto recibiendo mi café al mismo tiempo que Raquel recibe su latte – se trata del hombre que me dio la vida, al parecer está muy enfermo y quiere que vaya a verlo, pero no quiero ir, no creo que deba ir – suelto con sinceridad, decirlo en voz alta se siente bien, como si me hubiese quitado un bulto de los hombros. – Tal vez deberías ir – sugiere Raquel cuando salimos a la calle. – No, ese hombre nunca me ha querido, ahora necesita que lo ayude con un asunto, pero no lo haré. – ¿Puedo saber cuál es el asunto? – pregunta Raquel cuando estamos a unos metros del edificio en donde laboro. – Dinero, en el mundo de los ricos, siempre se trata de dinero – suspiro mostrando mi identificación al guardia de seguridad de la entrada. – Eso es algo que he escuchado en varios juicios – intenta bromear al entrar al ascensor. – Pues es una realidad absoluta – respondo. – No existen las verdades absolutas – dice con una leve risa. – Decir eso en afirmación es como si la establecieras como una verdad absoluta, lo que derrocaría tu argumento inicial – contrataco, el ascensor llega a mi piso, las puertas se abren y salgo, Raquel se queda dentro. – Bien, te dejaré ganar esta – sonríe, las puertas empiezan a cerrarse – te vere luego Stefan – dice justo antes de que las puertas terminen de cerrarse, camino a mi oficina y me encierro con mis papeles. Veo el sobre amarrillo que no he soltado en toda la mañana y me siento idiota por no haberlos entregado cuando estaba con Raquel. Le envío un texto pidiéndole que almorcemos juntos, le entregaré los papeles y podré seguir nuestra conversación, ella es muy elocuente y logra hacerme olvidar las cosas que me agobian. Reviso los correos redirigidos de mi secretaria, Jared redacta los escritos que debe enviar al juzgado por la tarde, asisto a una junta sobre un caso y para el medio día me siento a esperar a Raquel en un restaurante de comida vegetariana, no soy fan, pero Raquel parece ser el tipo de chica que cuida mucho lo que come. Al pasar un par de minutos, veo a Raquel ingresar en el restaurante, levanto la mano para que me vea, abro la silla para ella cuando llega y la mesera se acerca a entregar las cartas del menú. – ¿Un restaurante vegetariano? – pregunta Raquel cuando hacemos el pedido. – Creí que sería la indicado, siempre que te veo tienes una botella de agua y alguna fruta contigo – murmuro un poco apenado, parece que elegí mal. – Eres un hombre muy observador – ríe – aunque tu intuición no es la mejor de todas con las mujeres – dice colocando su botella de agua ya casi terminada sobre la mesa – es agua con limón, es refrescante y rica, las frutas, son para balancear lo que como en el día, ingiero mucha porquería y mi nutrióloga me dijo que la fruta me ayudaría con la ansiedad. – Vaya, en mi defensa, las únicas mujeres en mi vida son mi hermana y mi madre – la mesera se acerca a dejar nuestros platos, la pasta verde se ve un poco extraña, pero huele bien. – Bueno, ahora ya podrías contarme dentro del grupo selecto, te daré un par de clases – dice sonriendo mientras aparta los espárragos cortados de su plato. – Te tomaré la palabra – digo. – Hablando de tu madre, creo que deberías dialogar con ella sobre lo que te pide tu padre – dice de la anda, mi cuchara queda a mitad de camino y mis ojos se quedan fijos en ella – mira, no conozco toda la historia de tu familia, pero una madre es sabía, siempre saben que hacer y como hacerlo, así que deberías hablar con ella. – Tienes razón, no le he dicho nada porque no quiero preocuparla, pero necesito sus consejos – acepto. Continuamos el almuerzo entre risas y comentarios sobre la comida, está claro que no volveremos, pago la cuenta y al salir de ahí tomamos caminos diferentes, ella al juzgado, yo a mi oficina. La tarde me la paso entre correos y escritos en los que estampo mi firma y sello antes de enviarlos, al llegar la hora de volver a casa paso por una pastelería por unos panes dulces que le gustan mucho a mi hermana y a mi mamá. Al llegar a casa huelo la carne desde la entrada, voy directo a la cocina y hallo a mi madre preparando lasaña mientras mi hermana pelea con las naranjas para obtener todo su jugo. - ¿Cómo están las mujeres más hermosas de este planeta? – pregunto dejando mi maletín y los panes sobre la mesa. - Hermanito – Alessia saluda alegre - ¿me ayudas? – pide haciendo un puchero que me hace reír, mi madre la regaña antes de recibir el beso que le doy en la mejilla a modo de saludo. - Tu hermano viene de trabajar, está cansado, déjalo terminar de llegar a casa – le dice mamá reprendiéndola. - Está bien mamá, yo me encargo – le digo lavándome las manos, mi hermana sonríe y huye de la escena, mamá niega con la cabeza. - Tienes que dejar de consentirla tanto – me regaña. - Madre, es una niña antes mis ojos, déjame consentirla un poco más, cuando madure y se vaya, la vamos a extrañar – le digo haciéndola sonreír, empiezo con la tarea de hacer el jugo de naranja, tomo un poco de aire antes de empezar. Ordeno las ideas por un segundo en mi cabeza, no quiero alterarla por su presión. - ¿Qué es lo que te acompleja cariño? – pregunta mamá sin acercarse, vuelvo a tomar aire con más fuerza. - Mamá, tengo que contarte algo – inicio sin apartar la vista de las naranjas. - Te escucho. - Arthur ha hablado conmigo – suelto, los movimientos de sus manos cesan, pero no me mira – me ha contado todo – agrego. - ¿Qué te dijo? - Todo lo que no me has dicho sobre mi padre – respondo exprimiendo con fuerza la naranja en mis manos – al parecer está en su lecho de muerte y quiere que vaya a verlo. - ¿Cómo? – pregunta esta vez girándose para verme de frente. - Eso fue lo que me dijo Arthur, me contactó ayer y no he podido procesar toda la información aún. - Bien, pues… Arthur no miente, eso es seguro – dice con la voz un poco temblorosa - ¿Para qué quiere verte Gerald? – pregunta un poco nerviosa. - Quiere que me mude a la mansión y me separe de ustedes para siempre – suelto con rabia, la misma rabia que me invade cada que recuerdo las palabras de Arthur. Mamá no me quita la mirada de encima, pero no dice nada, la tensión podría cortarse con un cuchillo en este momento, es Alessia quien rompe el silencio incómodo.
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