Yo estaba en la lujosa área de piscinas del Club Campestre de Bucaramanga, mientras que Fernando estaba jugando al golf con sus clientes y socios. Incluso se había dado cita en ese lugar con el gerente del Banco de la República, para tratar no sé qué tipo de negocio financiero para Café Bustamante.
Siempre que venía a este tipo de lugares para acompañar a Fernando a hacer su vida social con la élite bumanguesa, yo sentía que no encajaba, pero tenía que empezarme a acostumbrar de una vez por todas si iba a ser su mujer.
Fer ya había hecho muchas concesiones conmigo, y lo más justo era que yo también las hiciera.
Mi fallecido suegro había tenido que pasar exactamente por lo mismo cuando se casó con doña Lina, “la reina del café”. Él podría haberme dado consejos sobre cómo sobrellevar este proceso de transición de niña pobre a mujer de un millonario, pero lamentablemente no está.
Don Carlos muy seguramente le hubiera dicho desde el principio a su hijo que no me presionara con exhibirme ante la élite colombiana tan rápido, como Fer había hecho desde nuestro primer día de relación, y me hubiera acompañado en este complicado proceso, pero tengo que vérmelas por mí misma en esto.
Y no es que yo me sienta presionada por Fer, claro que no. Ya habíamos hablado muy bien sobre el tema desde aquel pequeño incidente en Bogotá, y aunque él no me pedía que lo acompañara a este club frecuentado por la gente más asquerosamente rica de la región, yo era la que insistía en acompañarlo, porque era lo que una buena esposa hacía.
Ya incluso me había hecho amiga de una de las esposas de los socios de Fer, una agradable mujer de 38 años llamada Letizia, que, al igual que yo, venía de familia humilde, y le había costado un poco adaptarse a este estilo de vida; pero su esposo, un cariñoso arquitecto, el dueño de la constructora más importante de la región, fue paciente y comprensivo con ella, como lo está siendo Fernando conmigo.
Yo hice muy mal al pensar que todas las esposas de los millonarios eran iguales. Operadas, clasistas, inútiles y que les encantaba usar a sus maridos como cajeros.
Letizia no era así. Era una agradable mujer que todavía tenía ese corazón humilde que muy seguramente hizo que su esposo se enamorara de ella, no tenía un solo rastro de cirugía estética en su cuerpo, y de hecho tenía una notoria tripita que daba cuenta de los dos embarazos que había tenido.
Fue inevitable hacerme amiga de esa mujer. Todo empezó hace un mes cuando yo vine con Fernando a un elegante cóctel, y yo me había sentido tan fuera de base al ver tanta opulencia, que salí a tomar aire al sentirme sofocada. Letizia al parecer se había dado cuenta de la situación desde que me vio llegar con Fernando al elegante salón, y salió a darme ánimos, y a decirme que podía contar con ella por si necesitaba consejos de “cómo ser una esposa de millonario sin morir en el intento”.
—No soy su esposa —le había dicho en esa ocasión a Leti, tratando de no sonar tan grosera, y mientras hacía un gran esfuerzo por no vomitar y arruinar mi caro vestido de Valentino.
—Vives con él, eso ya te hace ser su esposa, y si lo sigues negando, te vas a demorar en hacerte a la idea —dijo ella, tratando de no sonar muy dura, pero tal vez, solo tal vez, eso era lo que yo estaba necesitando. Que alguien al fin me hiciera aterrizar de una vez por todas —. No quiero sonar muy dura, cariño, pero, a pesar de que eres muy joven, tú solita tomaste la decisión de compartir tu vida con él, nadie te obligó, ¿o sí?
Casos se veían todavía de matrimonios arreglados en la élite, pero por supuesto que ese no era mi caso, así que negué con la cabeza, y ella continuó:
—Pues bien, si nadie te obligó, tienes que aceptar que esta va a ser tu vida de ahora en adelante —extendió sus manos, como queriendo abarcar todo el lujoso club —, y tienes que empezar por aceptar que eres su esposa, tengas o no una sortija en tu dedo, que apuesto a que él no te la ha dado precisamente porque te ve asustada, y no quiere asustarte más.
Por supuesto que lo que había evitado que Fernando me propusiera matrimonio había sido su comprensión por mi proceso de adaptación, más no porque en serio quisiera esperarse. Lo nuestro desde el principio fue algo rápido. A los dos meses de conocernos ya éramos novios, y prácticamente una semana después de ennoviarnos yo ya estaba viviendo con él, así que la gente ya me estaba empezando a preguntar indirectamente “¿y el anillo pa’ cuando?”, como la canción de Jennifer López.
Vlad fue el primero en preguntarlo, y él sí que estaba yendo rapidísimo con Alejandro, porque él prácticamente que ya le había propuesto matrimonio a Alejo, solo que veían estúpido eso de los anillos de compromiso. Si no fuera porque Fernando, Carlos y el papá ruso de Vlad les pusieron un tate quieto y les dijeron que debían esperarse hasta que Alejo terminara la universidad, ya se hubieran casado y estarían viviendo juntos.
Fernando y Carlos no querían que Alejandro prácticamente echara su vida a perder por casarse siendo más joven que yo. Joder, tiene solo 20 añitos, es un orejuelita bebé. Hasta yo tuve algo que ver en no permitir semejante locura cuando Vlad me pidió que fuera uno de los testigos de la boda, porque en serio que estuvieron a punto hace dos semanas de ir a la oficina del registro civil y casarse a escondidas de sus familiares.
Esa “locura” de Alejandro fue lo único que pudo hacer que Carlos despegara un momento su atención de los deberes presidenciales, y llamara a su hermanito para darle un monumental regaño que duró una hora, en donde le dijo que lo único en lo que tenía que pensar ahora era en terminar su carrera universitaria, y que en vez de andar pensando en jugar a la casita, pensara en dónde iba a hacer su máster en Bellas Artes.
No me sorprendería entonces que fuese Carlos el que le hubiera echado el discurso a Fernando de que todavía no me amarrara a un matrimonio, no cuando yo todavía no había empezado a ejercer mi carrera formalmente, y cuando todavía me hacía falta hacer un máster.
O tal vez...tal vez Carlos me quería solo para él.
Me gustaba pensar en que fuera esa la razón por la que Fernando no me había propuesto matrimonio todavía.
El caso es que, por el momento, Fer y yo estábamos bien así. No necesitábamos un anillo o un papel que confirmaran que legalmente éramos esposos, porque ya nos sentíamos así. Fer incluso ya me estaba empezando a presentar a sus clientes y socios como tal.
Mi esposa. Sonó bonito la primera vez que lo dijo. Fue hace tres semanas, durante un evento al frente de la gobernación. Así fue como me presentó frente a varios diputados de la región, y el vídeo fue a parar a r************* , y fue a partir de ahí que empecé a notar a Carlos tan esquivo conmigo.
Yo había querido pensar que mi cuñado-amante, o lo que sea que fuera Carlos para mí, me estaba ignorando porque en serio estaba muy ocupado con sus labores de presidente de la república, pero al notar que anoche había estado en línea en w******p por más de dos horas..., eso me hizo sentir una opresión en el pecho.
—¿Estás bien, cariño? Te noto un poco triste —dijo Letizia, mientras nos cambiábamos en el vestidor.
—No es nada, solo...me terminé de leer un libro anoche con final triste —mentí, y ella optó por creerme.
Me había llevado puesto un vestido juvenil y unos tenis Chanel que costaban más que un semestre universitario, pero que debía admitir que se me veían bien, ya que me quedaban con todo, ya fuera con oufits elegantes o domingueros, como el de hoy.
Peiné mi cabello en una trenza, y ahí sí que me vi como una niña. La niña inocente y virginal que era cuando recién conocí a Fernando.
Cielos. En cuestión de meses yo ya sentía que había pasado por muchas cosas con ese hombre.
Con mis dos hombres.
Era domingo. Se suponía que Carlos estaba descansando. Bueno, los presidentes en realidad no tenían descanso, y Carlos en realidad no había sabido lo que era eso desde que se unió al ejército, pero a menos que hubiera una emergencia de orden público, él estaba descansando hoy.
Mientras Letizia buscaba a sus hijos, yo le envié un mensaje a Carlos, y aunque sabía que ni siquiera los leía, algo se tenía que reflejar en la vista previa de la pantalla de su celular, así que fui muy contundente al escribirle:
Si no me respondes en un minuto al menos con un “déjame en paz”, no te volveré a hablar en tu puta vida.
Pasaron 30 segundos, y mi celular sonó. Era Carlos.
Casi que di un brinco de la emoción, como una tonta quinceañera que se emocionaba cuando su novio la llamaba, pero no demostraría lo necesitaba que estaba de Carlos, así que dejé que diera cinco timbres, hasta que al fin contesté, con una fingida voz de enojo:
—Hasta que al fin te dignas a mostrar señales de vida.
—No soy Carlos —escuché una voz femenina al otro lado de la línea, y yo sentí un frío recorrer todo mi cuerpo.
Una mujer. Con el celular de Carlos. En un domingo por la mañana. Eso solo podía significar que...
—No lo sigas llamando, ya no le interesas —dijo la mujer, para después colgar.
Me quedé mirando la pantalla de mi celular, sintiendo las lágrimas agolparse en mis ojos.
Podría haberme puesto a llorar como una niña tonta al que su fuckboy le había roto el corazón. Pero no. Yo ya había aprendido a tener un corazón de acero, como Fernando, y aunque en realidad estaba que me desmoronaba, tenía que encarar a Carlos, y decirle que, si era cierto que yo ya no le interesaba, pues que no fuera tan cobarde y me lo dijera de frente.
Y me importaba una mierda robarle un tiempo preciado en su apretada agenda como presidente interino. Ese idiota me iba a escuchar. Nadie le terminaba a Daniela Torres por celular, mucho menos por medio de una de las putas que contrataba los fines de semana.