UN NUEVO AMANECER

1221 Words
La muerte de Cosme primero y de Rita seis meses más tarde, hizo un viraje de proporciones en la vida de Ángel, el cual tuvo la precaución y la valentía de preparar el terreno con esmero y dedicación, sabedor de lo que acontecería, porque ambos habían ingresado en una pendiente de difícil retroceso, pero de final abrupto y veloz. Primero fue Cosme, presa de una diabetes que vino padeciendo desde niño y con la cual sufrió y peleó sus setenta y cinco años. Y a pesar del historial sembrado por él, o que el pueblo se encargó se regar, un número bastante significativo de habitantes lo despidió en el cementerio San Blas, al fondo de Los Alerces, ese 25 de mayo, bajo un cielo gris plomo que durante la oración desplegó sus lágrimas poderosas sobre el ataúd del viejo y encima de más de medio poblado. El 29 de noviembre Rita se despidió de sus demonios y pudo encontrarse definitivamente con esa muerte amiga que, durante siete décadas, le rogó pasionalmente estrecharse en esa destrucción final, una cueva negra y mal oliente que la muerte salvaje y engañosa, le vendió como si se tratase de un paraíso deslumbrante ¿Valía la pena continuar muriendo en vida, presa de una cama hundida por el sopor permanente de cargar con esta mujer? La pobre Rita ya se había ido hacía más de tres décadas, y sólo el movimiento compulsivo de su pecho y el hamacar de sus ojos se transformaron en sus aliados para no ser enterrada en San Blas. Ángel debió barajar y dar otra vez. Su paso por la casa, desde que Sofía lo echó a volar, se había remitido a un tránsito lento y apagado, una especie de círculo vicioso en donde sólo cabían el trabajo, el orden en su hogar y la salud de su madre. Al quedarse completamente solo debió reciclarse, reinventarse y cambiar los cables de su cabeza, porque estaba condenado a caer en una depresión que lo llevaría de la punta de los pelos al mismo hueco de sus progenitores. Con el paso del tiempo y a un ritmo cansino y cadencioso, se fue abriendo a una vida más normal, arreglando la vivienda destrozada en un ochenta por ciento, tirando macetas de otros tiempos y engalanando el patio y el jardín del frente con flores cálidas, frescas y vistosas, mejorando su aspecto personal y sociabilizando nuevamente con sus vecinos abandonados y con amigos olvidados. De a poco todo fue tomando un nuevo color y la ayuda de muchos de aquellos que el propio Ángel había decidido apartar casi definitivamente de su lado, fue crucial para lograr la remontada y asomar resolutivamente la cabeza a la superficie. Una espléndida tarde de invierno Ángel llegaba a su casa agotado ciertamente de su faena laboral, con sus pies hechos un infierno de dolor por la larga caminata desde la ruta, en donde se encontraba la garita del transporte. De pie junto al ingreso mismo de la casa, y ocultándose de la fresca ventisca, doña Ramona Freites, la esposa número cuatro de don Fito, el dueño de la tienda principal en Los Alerces, parecía esperar por él. - Buenas tardes, Ramona, ¿me está esperando?, preguntó Ángel mientras llegaba a su hogar soplándose sus manos. - Hola, hijo, ¿cómo estás?, respondió con retraimiento la mujer. Y continuó: - “Necesito hablar con vos de algo muy extraño que ha sucedido hoy en la tienda”, completó creando en Ángel un clima de suspenso que le hizo deponer su actitud principal. - Como no, Ramona, pase por favor, le ofreció amablemente a la mujer. Una vez adentro de la casa Ángel le pidió aguardar algunos minutos en el living mientras él preparaba un café bien caliente y encendía la calefacción. Ramona miraba y recordaba seguramente aquellos días pasados, previos al ocaso de Rita, junto a su amiga del alma, cuando juntas hacían las largas caminatas por las calles del pueblo, tomadas de sus brazos, saludando a los vecinos y recordando la niñez de ambas. - Bien, Ramona, cuénteme, ¿qué la trae por aquí?, abrió Ángel depositando dos pocillos bien calientes de café sobre la mesita. - Hijo, dijo la mujer, y tras cartón, un sorbo largo y caliente le dio impulso para hablar. Ella siguió: - “Ayer, Fito y yo, estábamos concentrados en nuestros quehaceres aprovechando que, a esa hora, cerca de las dos de la tarde, merma muchísimo la afluencia de la gente. Ambos le estábamos dando la espalda al ingreso del negocio, y sólo alcanzamos a oir que un hombre y una mujer, ingresaron y nos dieron un caluroso saludo. Hasta ahí, todo en perfectas condiciones. Pero yo, como buena vieja zorra que soy, me sequé las manos y fui tras ellos, disimuladamente, como haciendo parte de mi rutina. Cuando estuve próximos a ellos, juro por mi santísima madre, que Dios la tenga en su gloria, que sentí desmayarme, Ángel” -. - ¿Qué fue lo que sucedió, Ramona? ¿Quiénes eran?, preguntó asombrado. - Eran Cosme y Rita. Un estruendo inaudible, pero eficaz y sicológicamente destructivo, sacudió las paredes del living de la casa y sepultó en sus escombros a los dos. Ángel se puso de pie tan rápido que Ramona no se percató jamás de esa acción. Caminó hasta cerca de la puerta que conducía a la cocina, tomándose malamente la cabeza, y antes de llegar giró y se detuvo a observar fijamente a la mujer como si tuviese deseos de ahorcarla allí mismo. - ¿Usted se está escuchando, Ramona? ¿Se da cuenta de lo que me está confesando? ¿Entiende usted, acaso, que son dichos sin sentido alguno?, vociferó Ángel sacado completamente. - No te pongas así, querido, respondió sumisamente Ramona. Continuó: - “Dejame decirte que ellos no me vieron, entonces, regresé sobre mis pasos, y fui directo a comentarle la situación a mi esposo. Él bajó de una escalerita que tenemos para sacar las cosas que están más altas, y con sigilo fuimos caminando hasta el fondo de la tienda. Sin que nos vean pudimos observarlos. Eran ellos. Estaban extraños. Fito sentía morirse de pie, pero decidió no amilanarse y tomó las riendas del asunto: ‘Cosme’, le dijo firme y seguro. Ambos giraron sus cuerpos y nos echaron un saludo envuelto en una sonrisa muda. Juro por lo más sagrado, mi querido Ángel, que nunca en mi vida viví algo semejante. Estaban ahí, parados los dos, con sus brazos entrecruzados y dispuestos de una forma extraña y peculiar, saludando todavía como si se tratara de personas despidiéndose desde un barco para realizar un largo viaje. Y en el único segundo que Fito y yo nos miramos intentando hallar una explicación racional, dejaron de estar frente a nuestras miradas. Nos arrimamos muy despacio, casi sin tocar el piso, y lo único que pudimos advertir con mi marido, fue el exquisito perfume que alguna vez supe regalarle a mi amiga flotando en el aire” -. Las lágrimas de Ángel brotaban desconsoladas sentado en el sillón frente a esta revelación de Ramona. Ella se levantó y se sentó a su lado para darle un poco de compañía, puso entre sus manos las de él en una actitud maternal, y lo dejó llorar el recuerdo de sus viejos.
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