Felipe, el viejo gallo de la casa de los Lopresti, se empezó a hacer sentir desde las cinco y media como lo venía haciendo sistemáticamente desde principio de año, con ese cantar agrietado y desacompasado, pero chillón y enfermizo, dando esa vaga sensación de estar siendo sacrificado sobre el grueso tronco que don Abundio tenía bajo la higuera, pegado al mugroso gallinero. Días atrás Ángel había estado con el vecino hablando de bueyes perdidos y no pudo dejar de preguntarle a cerca de este nuevo horario que Felipe había adquirido para su serenata matinal, cuestión que Abundio ignoró en primera instancia y desestimó posteriormente, aventurando sólo la posibilidad de creer que el animal ya estaría viendo, en las primeras tinieblas de las mañanas, la imagen del creador aguardando por él. Y Felipe arrancó esa mañana sin importarle las quejas y las confrontaciones bien habidas que su dueño debía soportar hasta casi llegando el mediodía.
El reloj digital que Ángel aún mantenía con vida sobre la vieja mesa de luz se despachó con un par de chirridos que éste enmudeció de un manotazo firme, como una especie de reto impulsivo queriendo hacerle entender al aparato que Felipe ya lo había adelantado. Un sábado fresco y oscuro todavía que Ángel deseó tener para con él hasta cerca de las nueve, pero que el viejo gallo impidió con su cántico desastroso y esa sinfonía amarga y agrietada de gritos impiadosos.
Un tipo de reflejo o algo similar a un haz de luz ingresaba con timidez por el espacio que quedaba entre la puerta y el piso de la habitación, iluminando tenuemente el suelo y perdiendo ese fajo fuerza y claridad conforme se iba desparramando por el cuarto. Mientras comenzaba el trabajo de vestirse, Ángel recorría mentalmente su accionar previo a meterse a la cama horas antes tratando de imaginar si, por descuido o por cansancio propiamente dicho, se había olvidado alguna luz encendida o si este reflejo vendría desde afuera luego de haber atravesado la ventana, por lo que, al tiempo que caminaba por aquella hipótesis, otra, - la de haber dejado las persianas levantadas – se le estaba empezando a colar por su memoria. La bronca de haber olvidado algún reflector encendido o de no haber bajado la cortina, dejando expuesta su casa a la vista de todos, lo hizo salir como un tiro al encuentro de alguna de sus presunciones. Pero una vez en la cocina, encendió la luz – la oscuridad de la mañana aún reinaba en el cielo – y una extraña sensación de haber descubierto o de haberse topado con algo con lo cual no debía encontrarse, lo golpeó de lleno en el rostro. Ya convencido – por haberlo corroborado él mismo con sus propios ojos – de no haber sido él el del descuido, tomó de nuevo el camino hacia su habitación. Al ingresar en el pasillo que lo conducía directo al cuarto debió pasar por el de sus padres, y no sólo determinó que ese haz provenía del velador encendido sobre la mesa de luz de Cosme, sino, que los vio a ambos durmiendo plácidamente, abrazados como cuando alguna vez supieron estar profundamente enamorados.
La reacción lógica de miedo y horror aunados en el cuerpo de Ángel lo aventó a su habitación como si un par de brazos hercúleos lo hubiesen tomado de los hombros y lo hubiesen tironeado hacia adentro, cubriéndolo para que deje de observar semejante espectáculo. Rápidamente encendió la luz y se sentó presto a huir si era necesario en la punta misma de la cama. El corazón era un galope dentro de su pecho y sus manos se aferraban al colchón más para tomar impulso y así poder escapar, que por temor propiamente dicho. Se levantó, y de un solo brinco, llegó hasta el comando de la luz y lo bajó con el objetivo de quedar a oscuras para seguir, por el espacio entre la puerta y el piso, movimientos, ruidos o murmullos que vinieran del cuarto de sus padres.
Tenía miedo, era su papá y su mamá, pero tenía miedo. Ellos deberían estar enterrados en San Blas, él los sepultó, él vio cuando los cuerpos muertos de sus padres descendían al hueco horrendo y él, junto a un gran puñado de pueblerinos, le arrojó flores que cayeron marchitas por el dolor sobre la tapa del ataúd. No podía ser, no tenía sentido alguno, se decía mentalmente mientras su vista no se despegaba del suelo iluminado y su corazón no paraba de ahuecarle los huesos del esternón. Pensaba en doña Ramona y en su experiencia descarnada que en esta misma casa ella había volcado frente al odio momentáneo de éste. Necesitaba poner su cabeza en funcionamiento, salirse de esas rejas en las que se hallaba atrapado, enfriar el cerebro y enfrentar lo que parecía seguir vigente conforme acusaba el suelo de la habitación.
Tomó coraje, se puso de pie, y antes de accionar el picaporte, se quedó apoyado en la puerta intentando agudizar el oído, aprovechando el silencio sepulcral que danzaba en la mañana todavía. Una sutil música que Ángel no alcanzaba a interpretar y menos que menos podía determinar, ingresaba por la ranura que dejaban puerta y marco e ingresaban por el oído de aquel sin precisar detalles, pero seguro de que esa música provenía de la casa. Abrió con suma precaución la puerta valiéndose de que era la única en todo el hogar que no emitía chillidos a la hora de ser abierta, asomó su cabeza y, tras sacar todo su cuerpo, sólo la dejó entornada para que el ruido clásico de la pestaña ingresando en su ranura no sea advertido. Empezó su caminata a lo largo del corto pasadizo. Sabía perfectamente que debía atravesar la habitación de sus padres. Lo hizo con precaución y llegó hasta la puerta misma del cuarto de ellos. No podía entender que Rita permaneciera durmiendo totalmente desnuda como si una orgía hubiese hecho de ella un mundo fantástico, atravesada en la cama y con su pelo renegrido cayendo como una catarata por el borde de la misma. Y era ella, era Rita, era su madre la que estaba ahí, tirada como una prostituta mal paga, como una hetaira desagradable sin importarle acaso el sentido de la vida. Podía verla respirar, podía ver que su pecho se inflaba y se desinflaba al ritmo de un sueño auténtico y tangible, y que ciertos estertores leves y comunes, la ponían de manera realista tirada en esa cama.
Aquella orquesta musical continuaba navegando en su preciosa melodía. Ángel, sin emitir sonido alguno y tomando los mayores recaudos para no estropear lo insólito, se despegó del marco de la puerta de la habitación de sus padres y se dirigió hacia la cadencia que parecía llamarlo desde su erotismo musical. Y a medida que sus pasos lo conducían bajo una precaución extrema, esa armonía excelsa y exquisita, se iba haciendo cada vez más cercana y más real, permitiéndole a él descifrarla y encontrarle sentido segundo tras segundo. La música lo transportaba hacia la cocina y una vez parado en el ingreso mismo, vio a Cosme confortablemente sentado en esa silla que parecía ser solamente de él, frente a su viejo espejo que estaba sostenido por una base de madera, con su brocha de pelo de tejón y su mango de madera laqueada deslizándose placenteramente y embebida en una gruesa espuma, por los pliegues de su rostro. Una saliva profusa y doliente le atravesó malamente la garganta y lo dejó sin más, entregado y turbado, aprisionado contra la pared en un claro intento de ni si quiera desear movimientos, de clavarse, de anclarse ahí, y hasta de pedirle a ese Dios de todos los días, que se acuerde de él y que no lo siga haciendo vivir más este momento aciago de su existencia. Rita, entregada a un sueño profundo aventada en la cama como una puta de baja estirpe; Cosme, embelesado y perdido en las notas tristes y oscuras de un tango de Piazzola, al ritmo de una brocha húmeda impregnada en su cara.
Ángel era una estampa viva, un cuadro triste y emblemático de Picasso sin reacción alguna, un hombre empotrado en su estatismo decadente y poco racional, un signo de interrogación buscando desaparecer de este mundo sucio que le estaba jugando una chanza macabra en vez de intentar sortear a los demonios y darle rienda suelta a la imaginación, para escapar de esas ataduras y hallarle un merecido resquicio a su incomprensión. Pareció entenderlo, pero necesitó de un tiempo más largo para caer en la cuenta y empezar a destrabar el conflicto.
De a poco, y con todo el tiempo del mundo, fue reacomodándose en clara señal de entender esta locura que aparecía increíblemente real delante de sus ojos. Él sabía – porque lo sabía perfectamente – que sus padres no podrían jamás estar vivos, porque mientras se reajustaba llegó a extraer la hipótesis de ignorar que sus padres no habían muerto, que primero Cosme lo había preparado todo con la empresa funeraria para sepultar el ataúd sin su cuerpo dentro, y que meses después, habría hecho lo mismo con Rita, bajo engaños burdos revestidos de intenciones que sólo ellos sabrían. Pero de inmediato recordó el velatorio de ambos, en distintos tiempos, y la sacudida de su cabeza lo hizo extirpar ese pensamiento inicial, un supuesto estúpido y sin sentido alguno desprendido de su poca frescura, hecho con el minúsculo gramo de claridad que portaba mientras comenzaba a desprenderse de los brazos de la incomprensión.
Cosme parecía mecerse en las lianas de las melodías vertidas por Ástor, y hasta daba la sensación, de, realmente, no haber reparado en la presencia de su hijo. Ángel caminó una vez más en dirección de la habitación de sus padres para corroborar la verdadera existencia de su madre allí tirada, porque, por un instante, tuvo la leve impresión de estar siendo presa de visiones paranormales. Pero en contrapartida, Rita persistía en su descanso bajo esa postura que nunca le fue frecuente y que Ángel detestaba y desechaba de plano. Su madre fue una mujer muy cuidadosa y pulcra, y siempre bregaba por mantener las formas, las enseñanzas y los mandatos impuestos, los buenos modales, el respeto y las buenas costumbres.
En medio de ese instante de recuerdos de Ángel, un ruido como de un motor de camioneta, lo trajo ásperamente de sus cavilaciones, lo arrancó de su recogimiento y lo centró violentamente en la estampida, llevándolo casi de inmediato y sin dudarlo, a levantar la cortina de la ventana del living. Allá, unos treinta metros más adelante, caminando por el medio de la calle, Cosme parecía dirigirse hacia algún lugar, munido de su ropa de trabajo y del clásico bolso con el que, muchísimos años antes, solía viajar rumbo a Viejo Santo, un pequeño pueblo situado a unos sesenta kilómetros de Los Alerces.
Pero Ángel, velozmente, hizo un giro y regresó volando a la cocina, descubriendo que Cosme ya no seguía allí, pero sí, su espejo, su base, su brocha y la voz perpetua de Carlos Gardel. Con la misma velocidad con la que había disparado hacia la cocina, regresó de nuevo hacia la ventana del living: Cosme brillaba por su ausencia y eso resonó en Ángel de manera sospechosa, porque desde la salida de su casa, hasta la primera curva, no sólo no existían atajos, sino que restaban unos cuatrocientos metros, y en ese largo trecho no había casas en donde él pudiera meterse.
- Tu padre decidió dejarnos, dijo Rita de repente apoyada en una de las paredes de la sala. Ángel volteó su mirada y el miedo cruel, sumado a la incomprensión y al descreimiento, lo dejaron estancado en un estado de parálisis que le hacía sentir los brazos entumecidos, la sangre helada, la lengua anudada a su estómago y el cerebro disperso dentro de su cabeza en millones de partículas. Ella continuó: - “Sus amoríos lo llevaron a tomar la decisión. Ya ves, he hecho de todo, hasta de vestirme de puta ejemplar, pero no alcanzó para nada” -, terminó de decir mientras encendía un cigarrillo y lo fumaba aún desnuda apoyada en esa pared.
- ¡Mamá!... alcanzó a balbucear su hijo al tiempo que inconscientemente una mano parecía desprenderse sin que él lo deseara buscando denodadamente hacer contacto con ella. Pero Rita daba la sensación de no atenderlo, de seguir metida en sus frustraciones y en el despacho de su mala fortuna. Un rosario extenso brotaba por la boca de ella sin percatarse que su hijo la pedía con desesperación y amor desde la otra punta de la sala. ‘¡Mamá, mamita!’, insistía él ya estirando como un elástico su cuerpo para acompañar a su brazo en la búsqueda, pero ella continuaba renegando en soledad la huida de Cosme y la soledad en la que habitaría a partir de hoy. Pero Rita no se daría por vencida tan fácilmente, no lo iba a permitir, ni iba a torcer el brazo: pelearía por su amor y lucharía a destajo para que su familia no se quiebre, así como así. De pronto se despegó como un rayo de la pared y salió corriendo detrás de su esposo que había sido tragado literalmente por la tierra. Abrió la puerta y en medio de la mañana aún oscura, emprendió una corrida gritando al cielo el nombre de su marido por esa calle de aroma infinito por la cual Cosme había salido minutos antes. Ángel observó la escena a través de la ventana, y vio a los vecinos lindantes agolparse en las inmediaciones asustados por los gritos desencajados de una mujer clamando por Cosme. Todos dirigían sus ojos hacia la casa de los Broghi buscando claramente respuestas que salieran desde adentro, desde Ángel, pero la conmoción de éste era de tal magnitud que sólo tuvo reacción para cerrar cautelosamente las cortinas de la ventana sin que aquellos lo notaran acaso. Ángel quedó deshecho observando la nada en el suelo mismo de la sala, respirando con dificultad y buscando en algún rincón de ese lugar en donde había caído, una sana y lógica explicación a esta insania vivida.
Desde adentro podía advertirse que los vecinos regresaban a sus hogares bajo murmullos que pertenecían al instante reciente. Ángel corrió levemente la cortina, se cercioró de la ausencia de gente y, apoyándolos codos en la ventana, quedó a la espera, sin saber a la perfección, qué esperaba.
- Tu madre nunca entendió lo que yo quería para nosotros, dijo Cosme desde la oscuridad de la sala, sentado cómodamente en uno de los sillones, mientras la braza encendida de un cigarrillo armado por él mismo, era lo único que podía avistarse de manera precisa.
- Papá, ¿sos vos?, preguntó desencajado y deslumbrado en un punto extremo de sensibilidad, incredulidad e impiedad, su hijo.
- Sí, hijo mío, soy yo, tu padre, Cosme: tu guardián, respondió el viejo desde su posición extremadamente difícil de descifrar. Él prosiguió: - “Has hecho un trabajo excepcional, hijo mío: pusiste la casa en orden, arreglaste las plantas de tu madre, le diste un sentido al cuarto del fondo y te libraste de todo lo que hacía mal y que, yo en vida, no pude advertir. Caíste en la cuenta de que vivir es lo más hermoso y gratificante que posee esta vida: trocaste tu destino, limpiaste prolijamente tu aspecto y volviste a ser ese muchacho brillante y ganador que siempre fuiste” -. Las lágrimas de Ángel caían sobre sus piernas y resbalaban en derrota hacia el suelo oscuro de la sala. Cosme continuó: - “Quiero pedirte disculpas por no haber sido tu eje central, tu espejo en donde mirarte y ese hombre que debió haber caminado mucho más tiempo junto a vos. No fui perfecto. Tampoco fui un ánima sin sentido en la vida de ustedes. Llegué a esta etapa de mi vida creyendo que lo tenía todo claro y resuelto, y recién, sentado en este sillón, puedo darme cuenta de que, si no pude resolver mi vida a lo largo de mi existencia, poco podía hacer con la tuya y la de tu madre. Pero hoy estoy muy orgulloso, hijo de mi alma, y puedo regresar tranquilo al lugar en donde las luces y las montañas parecen tener un brillo y un color diferentes, en donde la paz me habla al oído y en donde tu madre y yo hemos hallado la redención total” -. Cosme se levantó después de cachetearse las piernas, dando a entender que debía partir, y agregó: - “Perdoná, hijo mío, si hemos sido algo revoltosos y si hemos invadido tu privacidad” -, terminó por decir Cosme. Abrió la puerta y partió por esa calle eterna que recién tenía una curva cuatrocientos metros más adelante y ningún atajo a sus costados. El aire del pueblo, en esta mañana que empezaba a mostrar sus primeras luces, pareció engullirlo con cuidado y disimulo, desapareciendo de la faz de la tierra. Ángel se tomó el rostro y lloró desconsolado hasta quedarse dormido a lo largo del sillón.
Felipe pegó un alarido que movió las placas del pueblo. Era el mediodía en Los Alerces, pero Felipe ya gritaba por gritar por el sólo hecho de sentirse vivo todavía. Ángel se levantó del incómodo sillón, se desperezó y se dirigió al baño para acicalarse. En el sillón en donde había estado sentado Cosme con su cigarro armado, un papel, común y silvestre, descansaba allí como si realmente al viejo se le hubiese olvidado. Ángel lo levantó con esmero y cuidado y no pudo dejar de leerlo: “Perdoná, hijo mío, si hemos sido algo revoltosos y si hemos invadido tu privacidad, pero sabés bien que siempre fuimos así con mamá”.