Acuclillado me miró con los ojos encendidos, y a la vez, desorbitados, flotando en ellos una sola y única pregunta: ¿Por qué? Aprisionado a la hierba, como si fuera un gran imán, mi cuerpo sudaba íntegro y no hallaba ninguna respuesta a su mirada, solamente un inquietante temblor era la única expresión de mi existir. Don Miguel se deshizo en llanto sobre los cuerpos, besando a su esposa y acariciando a su hijo. Se puso de pie, me observó y no dudó en venir hacia mí.
- ¿Qué sucedió, Cándido?, me preguntó. Me bastó sólo un segundo para darme cuenta de que no era lo que yo suponía, y otro más, para esgrimir la respuesta.
- No lo sé, respondí en esa sintonía absorta en la que él transitaba. Y proseguí: - “Cuando entré los encontré muertos, por eso era mi demora, y en el intento de ver qué podía hacer o cómo debía actuar, entró usted, don Miguel”-.
No podía, no debía decirle algo que él jamás, en sus sesenta y ocho años, podría haberse imaginado.
- Quedate aquí, hijo, yo llamaré al médico del pueblo, dijo con una grandeza elocuente sabiendo que quedarse estancado no ayudaría en mucho.
Salió corriendo del galpón sin perder la cordura, y se dirigió hacia la casa a llamar al doctor Aquino. En una poderosa iluminación de mi cerebro, me acordé dela pala, y en el momento en que intenté deshacerme de ella, me vi los guantes puestos y, de algún modo, comenzó a funcionar mi cabeza. No la tomé, pero miré mis ropas buscando vestigios de sangre y no hallé nada. Debió haber sido un golpe muy seco y firme, preciso, contundente, y esa falta de pruebas me dejaba exento de cualquier señalamiento, y sólo pasaba a ser un sospechoso más. Me arriesgué, no me preocupé. De inmediato ingresó don Miguel notoriamente desencajado, alarmantemente fuera de sí.
- En unos minutos llega el doctor Aquino, muchacho, sentenció y se desplomó, una vez más, sobre el cuerpo de doña Alicia y si hijo. Él agregó: - “¿Quién pudo haber hecho esto si yo soy un hombre bueno y no le debo nada nadie”? -, decía mirando al cielo a través del techo del galpón. Volvió a levantarse y me dijo: - “También llamé al oficial Muñoz, él es mi amigo de toda la vida y sé que va a desplegar lo que deba desplegar hasta llegar al hueso de todo este misterio. Pronto, muy pronto, hijo, sabremos quién fue el autor o los autores de toda esta locura” -.
Un soleado y hermoso día de enero, estando en una hierra, don Miguel me mandó presuroso en su camioneta a avisarle a doña Alicia que no vendríamos a almorzar porque él y Joaquín estaban con mucho atraso en el trabajo y se les estaba complicando ciertamente la jornada. El vehículo, como nunca, se quedó sin gasolina a pocos metros de la entrada de la finca. Hice esfuerzos denodados en el intento de querer hacerla arrancar de nuevo, pero la vieja camioneta quedó muda a la vera de la ruta. De todos los atajos que me podían conducir, tomé el más corto hacia la casa. Ingresé por la parte de atrás para hincarle mis índices en las caderas a doña Alicia, cosa que ella detestaba, pero que la hacía descomponer de risa. Acto seguido, una vez recuperada, salía a correrme descontrolada por el campo con la cacerola dura en sus manos decididas.
Ingresé a la cocina como un alma en pena para sorprenderla, acariciando el suelo con mis pies, intentando que ni si quiera el perfume de mi aliento le trastocara su concentración en la comida. Pero ella no estaba allí. Entonces tomé una hoja y un lápiz y le dejé escrito el mensaje que don Miguel me había ordenado darle, adherido a la vieja heladera celeste. En el instante preciso de emprender la retirada oí quejidos que no sabía a ciencia cierta de dónde provenían. Con sumo sigilo busqué envuelto en un sentimiento parecido al miedo, y vi a doña Alicia en su habitación confundida en un solo cuerpo y en un solo gemir. Yo quedé estupefacto, helado, porque fue como ver a mi madre. Doña Alicia prácticamente me crio de purrete, y el amor que yo le tenía, era el amor y la pasión de un hijo agradecido de por vida. Ella me vio. Yo desaparecí como la luz, pero ella, tropezándose y llevándose todo por delante, salió en mi búsqueda para darme, seguramente, una explicación o para comprar, de alguna manera, mi silencio.
Me detuve. Quería escuchar lo que tenía para decirme más allá que yo no era nadie para que ella se pusiera en esos menesteres. Me rogó como un esclavo y me explicó arrodillada, cubierta de nervios, que no le dijera nada a don Miguel, que existía una crisis entre ellos y que ella pronto iba a ponerle punto final a este calvario. Yo estaba ahí, parado como una estatua, sin emitir palabra alguna. De pronto la voz de un hombre me trajo de mi mundo ajetreado y me dijo: “Pensá bien, pibe, pensá en el corazón de tu patrón”. Lo miré con asco, con demasiada repugnancia, lo observé de arriba hacia abajo como se mira a un deshecho. No podía creer, no podía entender que el oficial Muñoz, su amigo de toda la vida, me estuviera pidiendo esto.
Don Miguel se inclinó una vez más y se apoyó sobre el c*****r de doña Alicia y el de Joaquín, al tiempo que lograba otear por un resquicio de la ventana del galpón que el oficial Muñoz se estaba haciendo presente en el lugar acompañado por tres policías más: “Ahí está llegando su amigo, el oficial Muñoz, le dije a don Miguel. El viejo salió con prisa a su encuentro tocándose el pecho en clara muestra de apesadumbramiento. Abrió la puerta del galpón y se fundió en un abrazo interminable con el oficial. En ese abrazo de una hermandad única él me miró y yo le devolví la misma mirada, con el mismo tenor que él me propinó. Había un secreto entre los dos y ésta era mi oportunidad para salir limpio e indemne usando ese secreto, porque en breves minutos, él se daría cuenta de lo que había ocurrido en ese galpón, aferrado a su experiencia y utilizando la inmaculada inocencia de don Miguel. A él también le convendría porque sería, sino, el fin de su vida. Ayudarme era ayudarse a sí mismo, y aunque yo no tuvieras pruebas de su revolcada con doña Alicia, no iba a arriesgar absolutamente nada.
Él lo soltó con cuidado a don Miguel y se acercó hasta donde se hallaban los cuerpos. De rodillas frente a ellos husmeó unos segundos, vio la pala y leyó mi estado de ánimo. Volteó hacia don Miguel y le dijo: “No te preocupes, Miguel, trabajaremos duro para dar con el o los asesinos.
En esos momentos se hizo presente el doctor Aquino y pidió que despejáramos el lugar. Los tres policías que secundaban a Muñoz, bajo un respeto cordial, sacaron del galpón a don Miguel envuelto en un solo mar de lágrimas, y cuando me disponía yo también a emprender mi retirada, el oficial Muñoz me detuvo tomando con fuerza mi hombro derecho y me dijo: “Ganaste, Cándido…Ganaste".