En realidad, no fue la alarma quien le hizo abrir los ojos. Acaso ya había sonado o estaba en proceso de hacerlo, dilema que resultó ser siempre un acertijo interesante para Luis y que ya hacía tiempo había dejado de resultarle un problema. Una vez más, como cada día, detestando que su descanso se corte y se frustre a la misma hora, comenzó con su ritual de estirar lo que más podía el desgano, de girar y girar hasta volver a encontrar esa posición que durante toda la noche le había servido para estar en éxtasis con él mismo, de despotricar bajo una voz ronca y en un tono no muy audible, de provocar en su mujer un envenenamiento innecesario, un odio atroz y el trabajo arduo e infeliz de tener que lidiar con su infantilidad.
Ella, desde su posición de confortabilidad, observaba todo y se regocijaba. Despertó un par de segundos después que él, y hasta llegó a preguntarse en silencio, qué diablos estaba haciendo allí, pero de inmediato sacudió su modorra pestilente y se percató de que estaba a punto de enfrentar y de llevar a cabo una nueva misión. Echada como desparpajo se rascaba su cuero cabelludo con sus uñas enormes y se llevaba a la boca la mugre desprendida, casi como en un acto premeditado pero inconsciente. Olía a mierda, a putrefacción, a pesar de sus collares ridículos y de su maquillaje exagerado. Estaba tirada sobre el sillón de pana verde con esa actitud de siempre, con ese dejo de burlona asquerosa, su arrogancia desmedida y su hambre descontrolado, babeante, desorbitada por deglutir sus placeres más oscuros. Y parecía disfrutar – mientras se masturbaba con sus garras al límite de la vejación – del desencuentro entre él y su esposa como cada mañana a la misma hora, y hasta parecía que un halo de maldad y fuego, emanaba de su aura renegrida, y avivaba aún más en descontrol entre ellos.
Luis prefirió calzar sus pantuflas, acomodar su pelo y levantarse con vehemencia, antes que seguir discutiendo con Esther como dos locos medio dormidos. Ella bajó sus patas del sillón, se mofó de la pobre mujer – que quedó discutiendo sola y aventando insultos horrendos y maldiciendo aquellos días en que tuvo la mala fortuna de cruzarse con este sujeto – y prefirió continuar con el plan encomendado para este día.
Sería una jornada larga y cargada para el pobre Luis: diez horas extenuantes de trabajo, máquinas decadentes por arreglar, seguros reemplazos por ausencias lo que significaba un desdoblamiento de tareas, y el estudio médico media hora después de haber concluido su jornada laboral. Ella debía estar en cada paso dado por él, ahí, sellada a su respiración, sin quitarle un solo ojo de encima, presta a actuar en cualquier instante si algo se salía de carril o intentaba tomar otros rumbos. No podía fallar. Era un trabajo arduo, agotador. Era su trabajo de cada día, el encomendado, el que debía cargar sobre sus hombros hasta el fin de los tiempos; un trabajo descomunal e inhumano más allá de la lógica predeterminada, molesto y agraviante, sucio, hostil, desagradable y malicioso. Pero ella parecía disfrutarlo con su alma desalmada, ya sea aferrada malamente a ese sillón que hoy le tocó o a cualquier otro lugar. Lo necesitaba. Era su alimento diario, su almuerzo y su cena. Necesitaba que su putrefacción tomara reales dimensiones, y necesitaba oler cada vez peor, y deseaba con todas sus fuerzas que su aliento pestilente y vomitivo fuera el manjar de su propio deseo, y buscaba que Luis, hoy, fuera el gran trofeo levantado por ella, luego de darle batalla, una vez más, a esta competencia sórdida y nefasta.
A pesar de haberse quedado sola con sus improperios, Esther, como todos los días, se levantó arrastrando sus pies, casi al borde de desclavar el parqué, y preparó el desayuno, mientras Luis se acicalaba en el baño. Esos preparativos distendieron las aguas y mágicamente todo volvió a la normalidad, al punto de tener un buen diálogo durante el refrigerio y posterior a él, con algunas caricias subidas de tono y promesas de una noche fatal. Ella pellizcaba su brazo derecho y saboreaba las larvas que desprendía de él, emulando quizás, un tentempié para ella sola. Ella hoy amaba a Luis. No podía quitarle la mirada de aquellos ojos verdes y profundos que él tenía, y se acariciaba su propio cuerpo, en clara señal de deseo, cuando lo veía moverse por la casa.
Como no podía ser de otra manera, se sentó en la parte de atrás y aguardó ansiosa la salida de Luis. Miraba hacia sus costados y le rogaba a su Dios maléfico que nadie hiciera contacto con su presencia desagradable y osara denunciarla o hacerla desaparecer. Tomó una manta azul que accidentalmente habían olvidado los Bruners en los asientos traseros, y se cubrió hasta convencerse de que el peligro estaría bien lejos de ella. Luis se trepó y emprendió el viaje hacia su trabajo, sin saber que ella lo seguía teniendo en la mira y que iba a continuar de esa manera costara lo que costara.
El día laboral fue peor de lo previamente diagramado por Luis. Ella se mantuvo escondida entre las máquinas en desuso y desde allí, durante diez horas, alimentó su suciedad s****l y su perversión, volando sin más por las mugres más irreverentes, saciando minuto a minuto su avidez mórbida y expeliendo risotadas y gritos de placer, sin que nadie la oyera, sin que nadie lo notara.
A las seis en punto de la tarde, Esther lo estaba esperando a la salida de la empresa. Ella, una vez más, tomó rápidamente la decisión de colarse en la parte trasera del auto para no perderle pisada y, menos aún, después de una jornada excitante y placentera.
Luis estacionó el auto en el estacionamiento del sanatorio. Ella los siguió por detrás, camuflada en su sudor ansioso y espantoso, pero ellos nunca notaron su presencia. Luis y Esther, luego de presentar sus papeles y credenciales, se dispusieron a espera el llamado para la realización de la endoscopía. Ella no podía ocultarse esta vez de la forma en que ella lo deseaba, así que echó mano a ciertos artilugios y finalmente logró disfrazar su presencia inmunda para no ser vista en su actitud harto sospechosa. Ella sabía lo que estaba a punto de suceder, por eso apareció sentada en su mugre fétida sobre el delicado sillón de pana verde, burlándose arteramente de los entredichos del matrimonio, hurgando sus partes y oliendo a morbosidad, persiguiendo a Luis como una sombra y ofreciéndole su nefasta compañía durante horas y horas en la empresa. Ella tenía una misión y no iba a detenerse sino hasta conseguirla. A esto había sido enviada; esto era su alimento de cada día, su almuerzo y su cena, y el aire de sus pulmones y la inyección de vida que acarrea desde tiempos memorables.
Esther notó de repente que los médicos del sanatorio ingresaron en una carrera loca de desesperación y que, a su alrededor, nadie entendía nada. Finalmente, después de unos minutos de descontrol, un cuerpo médico fue en busca de Esther. Allí le informaron que Luis había sufrido un paro cardiorrespiratorio producto de no haber resistido el estudio y que todos los esfuerzos que debieron hacer, habían sido puestos en práctica, pero que a sí mismo, no pudieron sacarlo. Esther se transformó en una bolsa de tristeza y de dolor, y de inmediato los médicos la asistieron para darle las contenciones necesarias y los cuidados merecidos. Ella se sentó junto a él, cumplió su cometido y se llevó, como cada día de su parasitaria vida, un trofeo más a su cueva de muerte.