EL GRITO

1261 Words
De pronto la noche se tornó fría y desapacible, cuestión que no estaba prevista ni en los más pesimistas. Como siempre yo fui el único en la aceitera que, a pesar del calor extremo que reinaba en el pueblo, llevaba un abrigo conmigo. Esa noche ya no fui ‘El loco’, como me decían en la fábrica, sino que fui el precavido, el tipo que abre el paraguas por si las moscas. Durante unos veinte minutos quedamos amuchados en el portón de ingreso y egreso del personal, haciéndonos bromas, contando anécdotas, en fin, tratando de calentar el ambiente o, más bien, de rogar un giro intempestivo en el clima, aunque sea de media hora, para que cada uno pudiese llegar a casa lo mejor posible. Pero por las condiciones que se vislumbraban, daba la sensación certera de que iba a mantenerse así toda la noche y gran parte de la madrugada. De a poco cada uno de los muchachos empezaron a tomar diversas decisiones y terminaron emprendiendo la retirada. Y yo debí hacer lo mismo. Mientras caminaba, barajaba opciones. Tenía algunas: o seguir derecho por la ruta veintidós, aprovechando la nueva iluminación y, por qué no, la posibilidad de un alma caritativa que pase con su auto y ose llevarme hasta el centro; caminar unos mil metros hacia la parte de atrás de la fábrica, en donde pasaba otra de las carreteras, y esperar unas tres horas por el transporte, o cortar por el viejo e inseguro camino del bosque. Ésta, sin lugar a dudas, era la mejor de las tres chances, porque pasaba a ser el atajo ideal. Con el primero, tenía más seguridad, pero el trecho se triplicaba. Con el segundo, debía aguantar una caminata larga y fría para después congelarme durante tres horas largas al aguardo del transporte. El camino del bosque era lejos la opción a tomar, más allá de los mitos y leyendas que, a lo largo de los años, se tejieron y que fueron los cuentos negros de nuestros abuelos. Pero todo eso quedó calcinado en las manos del frío. Sólo deseaba llegar a casa sabiendo que mi esposa, seguramente, me estaría esperando para recibirme con su deliciosa sopa de verduras. Ni bien llegué a la mitad del bosque un grito desenfrenado me paralizó en seco, pero fue sólo un instante, apenas un suspiro. La tranquilidad extrema del lugar no me permitía hacer conjeturas estrafalarias, y esa paz me sacó de ese supuesto grito que escuché segundos antes con demasiada claridad. Pero una vez más, el mismo aullido, pero en un tono más lastimoso, pareció tomarme del cuero de la nuca, aplastarme y hundirme, en la tierra húmeda. Lo sentí firme, seguro. Concreto. Y no olía a nada paranormal o venido de un mundo desconocido: olía a algo sencillamente terrenal, a un grito descomunal de alguien con su alma metida aún en su vida. Me debatía entre seguir mi camino y buscar al grito, que cada vez se hacía más poderoso e hiriente, y que a medida que mis pasos de plomo avanzaban, lo sentía comiéndome la espalda, como una mano gigantesca aproximándose dolosa y sin piedad. Ese grito, de repente, dejó de ser un mero alarido en medio del bosque y se transformó en un acto suplicante, en un llamado infernal, en una voz que parecía salir de las entrañas mismas de la corteza terrestre y que, a sabiendas de mi existencia, clamaba por mí, porque me olía, porque su terror le potenció su acto de aspirar en sus enormes fosas nasales y le dio la facultad, desprendida del terror, de vislumbrar presencias para lograr su salvación. Entonces entendí recién ahí que la vida, Dios, o quién fuese, me estaba poniendo en un lugar de medición y estaba siendo escrutado para ver hasta dónde podía llegar yo en mis actitudes hacia la humanidad. O tal vez no era así, y las enseñanzas y sentencias de mis padres y abuelos, estaban comenzando a mostrar sus raíces, para continuar con su maleficio de siempre y hacerme sentir culpable por no haber sido una buena persona. El grito continuaba ahí, y hasta parecía no querer desaparecer sin antes ver mi verdadera cara de sorpresa. Y esta vez el arte del olfato viajó desde sus cuencas e invadieron las mías, y se metieron sin pedir permiso, irrespetuosas, por mis fosas nasales. Lo seguí, como un avezado sabueso, y en el medio de la noche helada, la luna – que decidió permanecer como un gran farol para echarme una mano -, alumbró al viejo incrustado en medio de la Laguna de los Osos. Ese era el grito infernal y cortante que cruzó de punta a punta mi cabeza. Y ahí estaba, dentro de ese pobre anciano que luchaba a destajo por no ser engullido por los brazos del agua congelada. Era un grito macabro, sucio y desigual, un clamor áspero con forma de serpiente, de reptil abrazando con amor el proceso de una muerte segura, mientras la olfateaba en lo más íntimo de su ser, mientras apretaba más y más conforme el tiempo caminaba y los lamentos del viejo eran vomitados. Era un grito que de seguro asomaba por vez primera en las cuerdas vocales del pobre hombre, un baladro atípico en él, un sonido que ni en sus más locas fantasías pensó llegar a tener Y estaba ahí, comiéndole de a poco el hilo de vida que lo sostenía, ese hilo que sólo le estaba sirviendo para mirarme con sus ojos salidos de sus cuencas y para pedirme, rogarme y suplicarme sin decirlo, porque hasta las palabras parecían estar atoradas en el fondo de su estómago, que le tendiera una mano y lo saque a como dé lugar de esas lianas heladas que sonreían y disfrutaban este momento tan esperados por ese costado nefasto de las aguas, ese lado n***o, esa cara reversa de todo lo aparentemente bueno. El terreno era peligroso, tenía una leve inclinación hacia abajo y estaba demasiado barrosa. De seguro el pobre hombre fue presa de esta trampa y, solo en el medio del bosque, no tuvo más remedio que entregarse a una caída irremediable. Pero estaba ahí todavía, luchando palmo a palmo con esas aguas que poseían toda la maldad del planeta en su quietud pintoresca, porque bajo su calma aparente parecía dormir el verdadero monstruo que devoraba insaciable con sus dientes de acero, mientras su superficie, era una invitación a echarse en la hierba y disfrutar de su serenidad. La voz indescifrable del hombre retumbaba en mi mente como el estallido de una bomba. Solamente mis ojos interpretaban el significado del dolor, la congoja y el sufrimiento. Yo sabía que el hombre deseaba fervientemente que una de mis manos se acercara a él, le apretujara una de las suyas y lo arrastrara a tierra firme. Pero era una cuestión que sólo parecía entender mi mirada y no el resto de mi ser, menos aún, mi mente. De a poco, lentamente, los brazos malditos que lo mostraban al viejo moribundo, y que lo sostenían presumidos de su proeza, lo fueron llevando hacia sus cavernas de muerte, sabedores de su bravura, de su potencia, de su desalmada locura y de mi inacción, porque pude haber hecho algo más, pude haberme acuclillado en el fango y tenderle la mano que tanto clamaba. Pero no lo hice. Mi mirada lo sabía, pero mi mente nunca lo entendió. Y como un tronco viejo y pesado, el hombre dejó su sello en mi vida para siempre con un último grito que la laguna festejó en su intimidad desgarradora. 
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