DEBÍA SER HOY

1349 Words
Debía ser hoy. Los de la banda del otro barrio no me esperarían ni un día más, y me lo habían advertido la semana anterior. Demasiado me habían esperado, especialmente, Johnny, que si bien era parte fundamental del trío que manejaba toda la droga en los alrededores, alguna vez supo ser un leal amigo y un excelente compañero de escuela antes de ingresar en el circuito del narcotráfico. Días previos al exhorto, Johnny me había puesto en aviso y me había pintado un panorama n***o si yo continuaba dilatando el pago. Me podrían haber liquidado en cualquier momento, pero Johnny puso en juego su pellejo por mí en más de una ocasión, prometiendo cumplir él en el supuesto de que, a mí, como ahora, se me complicara hacerlo. Esa mañana desayunaba tirado en el sofá mientras pergeñaba un plan para conseguir el dinero y terminar de una vez con esta sombra que me venía persiguiendo desde hacía casi un año, cuando le solicité a Tommy, el jefe principal, un préstamo para comprarle a él mismo un poco más de lo que necesitaba imperiosamente. Se había transformado en un círculo vicioso del cual se me hacía cada vez más dificultoso escapar, no sólo por ver cerradas las posibilidades de conseguir cómo afrontarlo, sino, porque mi cuerpo y mi vida entera parecían necesitarlo con más ahínco y frecuencia. Los tres golpes en seco dados en la puerta me hicieron erguir como un resorte. Sabía o al menos intuía quién podía ser. Me acerqué a la puerta y alcancé a divisar por el ojo de buey a Johnny con sus manos en los bolsillos de su campera de cuero y en una actitud nerviosa. Mis dos golpes, separados entre ellos por un tiempo de tres segundos, le dio a entender que yo ya sabía que era él y que debía acomodar aquí adentro la situación para poder conversar tranquilamente. Yo sabía que abuela dormía profundamente hasta cerca de las once de la mañana. Adoraba remolonear con las sábanas y taparse una y otra vez su cabeza con la almohada hasta que volvía a quedar dormida plácidamente, sabiendo que yo me haría cargo de todo desde temprano, como lo venía haciendo desde hacía siete años. A esa edad, a los diez, ya hacía otros siete que vivía con mi abuela, después de perder a su hija tras una enfermedad terminal, y a su yerno luego de descerrajarse un disparo en la cabeza, sentado sobre la tumba de mi madre. Fueron años muy duros en los que abuela debió lidiar a destajo para no verme caer en las garras de una perdición segura, batalla cruenta que al final, se fue diluyendo en mi propia inacción y en mi falta de lucha para no caer en lo que ahora me persigue como un fantasma y me tiene entre sus redes, descontrolado y sumido en una deuda que debo liquidar para no pagar con mi vida. Johnny me esperaba cada más impaciente, y como todo estaba en orden, decidí abrirle para tener la conversación que ambos sabíamos. - No puedo estirarlo más, abrió Johnny sin decir ni buenos días. - Necesito al menos una semana, dije en tono suplicante. - No hay más plazos, Edu, y sabés que es así. Demasiado puse mi piel en juego, pero ya no puedo cubrirte más. Vas a tener que conseguir ese dinero y pagar porque mi garantía de vida sos vos. - Pero Johnny… Me atajó de inmediato. - Johnny nada, Edu: Nada…Sabés que así es esto. Lo que necesitaste, lo tuviste en tiempo y forma, y por ser amigo mío, a lo largo de todo este tiempo, ellos hicieron muchas concesiones con vos, y algunas veces dejaron pasar puntos pocos claros por extremo pedido mío. Pero la acumulación de tus deudas llegó a un límite que yo ya no puedo defender ni justificar, porque hasta parece como si te estuvieras burlando de mí y aprovechando nuestra amistad para hacerte el tonto. - No es así, Johnny… Esta vez bastó con sólo poner su mano sobre mi boca a modo de sello final. - No tiene sentido seguir dilatando esto, Edu. Yo sólo vine a advertirte, cuestión que tampoco debería haber hecho, porque si ellos se enteran de mis apercibimientos, la voy a ligar yo, y creo, Edu, que eso sería demasiado injusto después de todo lo yo he hecho por vos. Yo asentía con mi cabeza sin dejar de mirar a Johnny que, con una serenidad envidiable y un tono hasta fraternal en su voz, intentaba que todo se terminara ahí, que enfrente mis deudas y sigamos siendo grandes amigos en la posteridad. Él se levantó, me dio un fuerte abrazo y me dijo: “La vieja es tu carta de salvación”. Regresé a mi sillón y me eché malamente a masticar y a desglosar la frase que me aventó Johnny. El televisor sonaba, pero no en mi cabeza. Sonaba en la sala y las paredes se impregnaban de su sonido, pero mi cabeza, de pronto, se ausentó y se dedicó a poner en marcha la idea de mi amigo. Una línea descomunal y placentera me llevó a empezar a ver otra realidad, la que él me había planteado antes de desaparecer.  Todo cambió de pronto, todo tomó el color que a mí me agradaba. Necesitaba masturbarme, pero las palabras de Johnny me perforaban los sentidos y me sacaban de cualquier otra acción. Y era verdad lo que él me dijo parado en esa puerta: “¿Hasta cuándo querrá vivir? ¿no le bastó a acaso con j***r durante setenta y nueve años? ¿quién va a reclamarla si la única familia que tenía se fue hace siete años? Hacelo…Después arreglamos todo con la policía, no te preocupes, me dijo”. Era mi momento. Era el plan ¡Cómo no se me ocurrió antes! Que ingenuo, que estúpido… La última aspirada me atravesó las cavernas cerebrales y me dio el impulso que necesitaba. Con sigilo ingresé en la habitación de mi abuela. Ella seguía metida en su sueño largo y placentero, y eso me daba la total seguridad de que el trabajo sería sólo un mero trámite, algo rápido y eficiente para luego dar con el dinero que me llevaría a salvarme para siempre y salvar la integridad de Johnny. La tomé por los hombros aprovechando su delgadez extrema y sus escasas fuerzas, pero ella no dio señales de haberse despertado totalmente. No parecía querer abrir los ojos del todo, y eso me dio la ventaja que necesitaba para llevar a cabo la idea que constantemente me hablaba al oído. Con una gruesa cinta de embalaje comencé a rodearle el rostro. Ella se despertó súbitamente y empezó a dar batalla dentro de lo que podía con su cuerpo escuálido. Yo, con mi inmenso físico y mi carga brutal, la sostenía para que no se me dificultara la labor y para lograr en ella un abandono definitivo de su lucha. Después de incontables vueltas de cinta en su rostro, decidí apretujarla contra la almohada hasta sentir que sus brazos se desbarrancaran sin piedad a los costados de la cama y su pecho dejara de empujar hacia arriba y hacia abajo. Los ojos de la vieja habían quedado abiertos y sus bolsas, debajo de ellos, moradas, casi negras. Me alejé y desde la distancia podía notarla perfectamente muerta. Sonreí. Yo sabía que en una cartera antiquísima tenía celosamente guardado sus ahorros y hacia ella me dirigí totalmente extraviado de mi vida, bajo un sudor extremo y con las venas de mis brazos henchidas de pasión y de pujanza. Hallé el paquete y, antes de salir corriendo a lo de Johnny, le pegué una última mirada a mi pobre abuela que seguía igual de muerta que hacía unos minutos. Salvé mi vida, gracias a Dios. Y la de Johnny. Ahora sólo debíamos sentarnos en el garaje de su casa a preparar, como él me lo había prometido, el libreto de mi actuación, para llorar frente a la policía el hallazgo de la muerte de mi pobre abuela.  
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD