CATALINA, LA INGENUA

1263 Words
Encendí la luz del living y, al mismo tiempo, el teléfono n***o y antiguo, soltó su sonido clamoroso, un sonido que podía oírse a kilómetros de distancia. Por un instante, la situación me sacó una mueca feliz porque dio la sensación de que el aparato añejo había vibrado por obra y gracia de haber subido la perilla de la luz, pero cuando volvió a chirrear de nuevo, la fantasía desapareció y la realidad me hizo ir velozmente hacia el teléfono y atender. Estaba en la casa de Ofelia, mi suegra, y al ver que desde la cocina hacían oídos sordos a semejante locura de ruido, no tuve más opción que cortar con el castigo. - Hola, ¿sí?, dije asaltado por una fritura que soltaba el llamado. - Hola, ¿Renato?, respondió una voz de mujer. - Sí, él habla, ¿quién llama? - Soy yo, Catalina Méndez. Me sorprendió sobremanera que Cata, como le decíamos en nuestro círculo de amigos, llamara y, más aún, al teléfono de la casa de mi suegra. Catalina era una de las amigas más antiguas (por el tiempo que llevábamos nuestra amistad, no por su edad) que tenía. Era alta, hermosa, de piel morena, labios carnosos y delicados, un cabello largo y muy bien cuidado, y una inocencia digna de un niño de cinco años, pecaminosamente buena y un ser humano excepcional. Por lo general, casi todos los domingos, el grupo grande de amigos nos alistábamos y nos enclaustrábamos en lo de Cata desde las cuatro de la tarde hasta cerca de la medianoche, y Nina, la mamá de Cata, nos atendía como si fuésemos los empleados de un grupo empresarial alojados en un hotel: Diez perfectos caraduras…Pero para Nina y Cata, especialmente, esa actitud de servidumbre para con nosotros, hacernos sentir bien y proporcionarnos el placer de disfrutar de un domingo, era una caricia que querían darse una vez por semana, Cata, por tenernos como sus hermanos y Nina, por sentirse nuestra madre sustituta. Alex, junto a mí, era uno de los más grandes del grupo y el amor platónico de Cata. Enamorada desde niña de él, siempre mantuvo su perfil bajo con respecto a ese tema, y amén de su inocencia y de su imagen ensimismada, nosotros – si bien éramos unos demonios – no hacíamos alarde ni nos mofábamos de lo que volara por el aire entre ellos dos. Éramos adolescentes, pero de alguna manera conocíamos los límites y los respetábamos. - Cata, ¿cómo estás?, respondí gustoso después de caer en la cuenta de que era ella. Desde mi posición, apoyado en una de las paredes del living, con mi hombro sosteniendo el tubo y mis manos ocupadas en quitarle los gajos a una enorme y jugosa naranja, podía observar que allá, unos veinte metros más al fondo, la vida continuaba sin remordimientos entre mi suegra, mi suegro, mi esposa, mi cuñada y mi bebé. Ellos ni se habían enterado que aquí el teléfono había sonado, y ni se habían percatado de que yo continuaba aquí sin regresar allá con ellos. - Bien, Renato, muy bien, extrañándolos. Hace dos domingos que no vienen y mi mamá ya está empezando a tejer todo tipo de conjeturas: que se han olvidado de ella, que así le pagan, que seguramente alguno de los postres no salió bien… Nina era una mujer demasiado especial, y lo que Cata estaba soltando, no estaba muy distante de la realidad. A veces volcaba sus lamentos delante nuestro, y si bien ella los disfrazaba para que nosotros no nos pongamos mal, sabíamos que Nina precisaba de aplausos constantes y de una catarata de abrazos y de agradecimientos, al punto de soltar algunos lagrimones y de quedarse alarmantemente triste cuando, cerca de la medianoche, emprendíamos el regreso a nuestros hogares. - Es verdad, Cata, dije con cierto dolor, entendiendo que lo que ella me decía era así nomás. Continué: - “Debe ser, Cata, que los demás han adquirido compromisos con sus familiares o amigos. El domingo es un día de descanso, de regocijo, y muchos aprovechan para la clásica reunión familiar o para distraerse en diferentes lugares” -. - Sí, tenés razón, es así, pero viste como es mamá: ustedes son el alimento de ella y los adora de tal forma que, para ella, es como si sus hijos le estuviesen fallando un domingo familiar. - ¡Pobre Nina!, dije en un tono agradable lamentando en cierto modo la nostalgia de la madre de Cata. - ¿Tenés novedades de Axel?, preguntó como pisoteando definitivamente la conversación anterior y dándole paso a ésta, que de seguro le agradaba más. El último domingo que estuvimos en lo de Cata, Axel comentó que en esos días debía realizar un viaje relámpago a Cerro n***o para llevar unos materiales a un cliente de la empresa que pertenecía a su padre y en la cual él trabajaba. Era ir y venir en el día, pero cada vez que Axel realizaba esos viajes, de inmediato, como si se tratara de una obligación, él nos informaba su llegada. Y Cata parecía tener razón: ya habían pasado unos cuántos días y Axel no nos había anoticiado de su situación. De repente, como solía ser mi costumbre, una chanza cruenta y amarga se me instaló en la mente y necesitaba echarla a volar. Catalina, sumado a su inocencia y a su ingenuidad, era demasiado crédula, y nosotros – especialmente yo – usábamos esa condición para pegarnos unas divertidas rápidas. Luego, una vez que notábamos que el espectáculo se empezaba a tornar lastimoso, nos entregábamos a la verdad y a los insultos y carcajadas de ella. Y a los de Nina también. Y esta vez, como tantas otras no podía ser la excepción. No podía dejar pasar semejante oportunidad, una chance inmejorable que se me estaba poniendo frente a mis narices. - ¿Acaso no te enteraste lo de Axel?, pregunté con una voz lúgubre, envuelta en un halo de misterio. - ¡No!, ¿qué pasó? ¿está bien?, preguntó con el tono de su voz notoriamente cambiado. Apoyé la naranja sobre la mesita del teléfono y, mientras veía que en la cocina todo seguía igual, cubrí mi boca para que ella no notara mi risa camuflada. - Renato, ¿estás ahí todavía?, cuestionó con la voz entrecortada. - Sí, Cata, respondí serio y provoqué una pausa macabra. - ¿Qué me has querido decir cuando me preguntaste si sabía lo de Axel? No podía más. Mientras las carcajadas quitaban las capas de pintura allá, en la cocina, aquí no tenía más opción que guardarlas en el fondo de mi estómago. Todo iba a concluir, pero este acto – hasta que llegase el momento de ponerle fin – debía ser un placer de los Dioses. - Sinceramente pensé que la noticia ya te había llegado, Cata, pero veo que ni vos ni tu mamá, saben absolutamente nada. - ¿Nada de qué, Renato? ¡Hablá por favor! ¿Le sucedió algo a Alex? Para encarar lo que mi mente había pergeñado en estos minutos mientras armaba la trama, debía estar en sintonía con la seriedad y concentrado, de otro modo, todo se terminaría en contados segundos. Cata era demasiado inocente, pero no al punto de creer que existen elefantes naranjas y que vuelan por los cielos. Recobré el disfraz, lo hice mío y salí a escena. - Alex sufrió un espantoso accidente de regreso a Colonia, Cata. En este momento – proseguí – se está debatiendo entre la vida y la muerte en un hospital de Cerro n***o.
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