Sólo el murmullo y las risotadas que venían desde la cocina llenaban este espacio que se había instalado en medio de la conversación. Yo aguardaba ansioso – mientras luchaba por arrancar otro gajo de mi naranja – por una reacción de Cata, pero de alguna manera, el silencio extraño dejado por ella, me hizo reanudar a mí el diálogo.
- Cata, ¿estás bien?, pregunté con cuidado.
- ¿Estás completamente seguro de lo que decís, Renato? Repetilo por favor. Repetilo.
- Sí, Catalina, lo que oíste. No tengo más información que la que acabo de darte. Sólo sé que se está debatiendo entre la vida y la muerte, agregué mientras sentía que alguien, desde la cocina, se hacía presente. Era Sara, mi esposa, que, desde la puerta de ingreso al living, y en idioma de señas, me preguntaba con quién estaba al teléfono. Con mi mano derecha y parcialmente melosa cubrí el tubo para que Catalina (que despotricaba y echaba humos por las narices) no advirtiera nada del otro lado, y contagiándome del mismo idioma que Sara había propuesto, le dije – silabando cada frase – que hablaba con ella.
- Bueno, Cata, quedate tranquila, por favor, respondí intentando darle un final a esta broma demasiado pesada. Y proseguí: - “Cualquier información nueva que me llegue te la haré saber” -. Sara, enamorada del idioma, me hacía señas queriendo enterarse de lo que estaba sucediendo y yo, sin palabras, le pedía un instante para más tarde contarle todo. Después de hablar con ella, ya camino hacia la cocina, Sara me exigió una explicación a mis dichos de ofrecerle a mi amiga nueva información que llegara a mí, y junto a los demás, las otras charlas, los chistes y los relatos del pasado, fueron opacando y ocultando la carnavalada con Catalina.
Por la noche, ya metidos en la cama, Sara me refrescó su insistencia por conocer los pormenores de la charla con Catalina, provocando en mí la clásica palmada en la frente de quien se olvidó de llevar algo a cabo.
- ¿Qué ocurre, Renato?, preguntó Sara.
- Me olvidé de decirle a Cata lo de la broma, respondí disgustado conmigo mismo.
- ¿Qué broma? ¿De qué me estás hablando?, dijo Sara sin comprender absolutamente nada.
Una avalancha de injurias y denuestos, de quejas y lamentos sin orden y sin sentido, partieron de la boca de Sara después de escuchar la estupidez que había cometido con Catalina, una sinfonía atonal de afrentas, recalcando, como en tantas otras ocasiones, esa debilidad mía de crear, sostener y no saber escapar de situaciones urticantes y dramáticas, cuestiones que, en diversas oportunidades, me trajeron y nos trajeron más de un mal entendido.
Me dejó tirado por el piso, y bien merecido lo tenía. De igual modo traté de minimizarlo explicándole que al otro día le haría una llamada y la pondría al tanto a cerca de la macana que me había mandado. Sara me echó un último baldazo de agua hirviendo en la cara, me dio la espalda y apagó su velador: “No cambiás más” …
Yo llegaba primero a casa del trabajo y Sara una hora después. Ni bien dejé mi maletín tirado en el sofá y mi saco colgado en la silla, el timbre prácticamente me golpeó en la nuca. Soltando un berreo y llevando mi cabeza de lado a lado para descontracturar mis vértebras, abrí: era Mimí, otra de las integrantes de nuestro gran círculo de amigos.
- Mimí, ¿cómo estás? ¿Qué te trae por aquí?, dije mientras me descomprimía el nudo de la corbata.
- ¿Puedo?, me dijo invitándose ella sola a pasar.
- Sí, sí, por favor, respondí y me maldije en silencio por ser un perfecto descortés.
- Hace cinco minutos te llamé, pero tu teléfono no sonó, me dijo mientras se ubicaba confortablemente en el sillón.
- No, Mimí, pasa que lo tenemos cortado y no sabemos la razón. Esta mañana hablé a la compañía y me respondieron que en esta semana nos iban a estar aclarando todo ¿Sucede algo?, pregunté curioso.
- Hoy, en cuatro o cinco oportunidades, llamó a casa el padre de Alex, diciéndome que había estado intentando comunicarse con vos de manera infructuosa.
Mágicamente, como si se tratara de un alud de proporciones, maligno y devastador, toda la conversación con Catalina me aprisionó contra el sillón. Debí haber quedado demasiado expuesto porque Mimí no dudo un segundo en averiguarlo.
- ¿Ocurre algo, Renato? Te noto pálido, asestó de manera categórica.
- No, Mimí, todo está bien, sólo que hoy ha sido uno de esos días y recién ahora estoy sintiendo los golpeteos.
- Yo solamente venía a decirte que en una hora el papá de Alex llamará de nuevo porque le comenté que, seguramente, ya estarías acá, me dijo Mimí creída de haber hecho algo sin mi consentimiento. Y agregó: - “Me pareció la mejor idea ofrecerles mi casa para que hablen ya que él no se podía comunicar con vos” -.
- Bueno, te lo agradezco infinitamente, Mimí, le dije desabridamente. Ella pareció notar algo en mí que lo sonó a molestia, y prefirió retirarse: - “Te espero en una hora entonces” -.
Ella sola abrió la puerta y se fue observando mi comportamiento extraño. Un adiós seco y a medias brotó de mi garganta agrietada. La puerta se cerró dejándome maltrecho y delineando los pasos a seguir, sabiendo con total precisión, que una tormenta caudalosa estaba soplando del otro lado.
Cuando el sonido del teléfono de la casa de Mimí apareció cortando el silencio que reinaba entre nosotros en ese instante, una gota inmensa y gélida se me incrustó en la nuca y se deslizó hasta los talones: - “Atendé” – me dijo Mimí, casi en un tono de orden y oliendo una idiotez más de parte mía.
- Hola, Renato, hijo, ¿sos vos?, se adelantó el papá de Alex.
- Sí, Francisco, dije tembloroso mientras Mimí secaba sus manos con un repasador y me hundía aún más en su expresión de enfado.
- Renato, continuó Francisco, anoche nos enteramos, luego de un llamado de Catalina, que Alex ha sufrido un severo accidente en Cerro n***o y que, en algún nosocomio de la zona, está internado. Sentía desmayarme; sentía que mis piernas no me iban a dar las respuestas necesarias, y sabía, además, que el aguacero iba a ser imponente. Él continuó: - “Hijo, por favor, quiero que me digas cómo te llegó y cuándo te llegó la noticia, si sabés algo más, qué últimas novedades tenés y que me pongas en contacto con la o las personas que te dieron la información a cerca del accidente de mi hijo” -.
Quería que la muerte se acordara de mí y que me echara en una hoguera eterna para desaparecer y no volver a ver la luz del día. No tenía reacción, ni una sola mueca osaba asomar por ninguna parte de mi cuerpo y de mi vida abatidos. El sopor era tan angustiante y gigante que las voces del otro lado y la imagen de Mimí, empezaban a caer en distorsiones agobiantes, desencadenando errores en mi presión que estaban cambiando seriamente mi estado general.
- Fue todo una broma de mi parte, Francisco.
Después de decirlo un espacio sideral se instaló entre nosotros. Yo esperaba el revés mientras Mimí seguía con su trapo entre sus manos y sus ojos acuosos desprendidos del momento, contrariada y adherida a la pared, sin poder desprenderse para escapar y dejar de llenarse los oídos y el alma con la catarata de locura que la estaba embriagando.
Cinco días más tarde llegué del trabajo. Alex me esperaba sentado en la escalinata con su decisión firme. Francisco, su papá, estaba aún internado en una clínica bajo intensivos cuidados luego de un infarto posterior a nuestra comunicación días atrás. María, su mamá, permanecía en su casa arruinada por una parálisis media de su rostro, debido a la noticia que Catalina le había, prácticamente, escupido en carne viva. Nuestra amistad había llegado a su fin, pero me dejó como un sello perpetuo, una marca arraigada a mi alma que será mi fantasma persecutor por el resto de mis días, un lacre que a la postre terminó con mi matrimonio, cansada Sara de lidiar con un imbécil y atiborrada de ser parte de las lenguas bífidas que sólo debían ser trompadas aventadas para mí, y alejado de por vida del resto de aquel grupo con el cual crecí y fui feliz hasta el día de mi estupidez.