Cuando se sentó a esperar que por esa bocina dijeran trescientos cuarenta y tres, tuvo demasiado tiempo, casi cincuenta números, para analizar sus movimientos, su mirada, la fidelidad de sus palabras, la honestidad de su sonrisa y la calidez de su atención. No tenía apuros. Era su día libre para hacer de su vida lo que él quisiera, y éstos trámites farmacéuticos, siempre solían quedar descolgados de su cronograma debido a la escasez de tiempo con el que contaba. Y como no tenía más nada para hoy, sólo llegar a su casa y hacer las cosas de costumbre, haber venido hasta acá y tener frente a él a una mujer que le pareció demasiado interesante, era una propuesta que no quería dejar pasar.
Ella, desde su puesto de trabajo, se dio cuenta de que, en frente y a escasos metros, alguien la estaba acechando, y con disimulo femenino tiró una pregunta al aire, pero entre todos se miraron y ninguno acusó recibo. Pero Elías sí se percató de su acción simuladora, se llevó su mano a la boca, cubrió su tentación e hizo sonrojar a Violeta, que se estacionó en una actitud vencida, mientras su cliente de turno, terminaba de firmar unos papeles.
¿Causalidades de la vida? Violeta apretó el botón y Elías le mostró el trescientos cuarenta y tres como aquel triunfador que arriba a la meta. Corrió suave y cuidadosamente la silla, dijo buenos días, saludo que ella devolvió gentilmente ataviada en esa voz única y refrescante, colocó algunos papeles en el asiento de al lado, y se quedaron observando por breves segundos.
- Lo escucho, señor, ¿en qué puedo serle útil?, abrió ella con sus antebrazos apoyados en el escritorio y sus pechos dibujados sobre ellos.
- A partir de hoy y todos los jueves, debo venir a retirar estos remedios que me han recetado, respondió disimulando él ahora su actitud nerviosa ante la postura de aquella.
- ¿Me permite, por favor?, preguntó Violeta solicitando los únicos papeles con los que se había quedado Elías. Él se los entregó. Ella los recorrió de arriba hacia abajo y de inmediato cogió el teléfono pidiéndole un instante para corroborar ciertos datos y dar paso al trámite de él.
- ¿Me da un instante, por favor? Llevaré estos pedidos para que el director los confirme y estoy de regreso, dijo a medida que iba levantándose de su asiento.
Verla caminar terminó por aprobarla en ese examen que Elías venía tomando desde temprano. Era demasiado difícil ignorar su andar, desviar la mirada y quedarse pegado al cuadro decrépito que mostraba el historial de la empresa a lo largo de los años colgado en la pared de enfrente. Elías se sintió perseguido y observado, pero al girar con un disimulo no muy eficaz, se tranquilizó al ver que todos continuaban en sus sueños superficiales al aguardo del bocinazo.
- Muy bien, señor Kasabian…
- Elías queda mejor, ¿no le parece?
- Bueno, señor Elías, como usted desee, respondió Violeta intentando no perder su compostura.
- Y lo de ‘señor’, también se puede obviar, ¿verdad?
Ella se detuvo repentinamente y lo observó con una mirada que él recién descubría. Y si bien, sus sugerencias danzaron dentro del respeto, le pareció demasiado invasivo, cuestión que, de alguna manera, justificaba la actitud de Violeta.
- Y lo de ‘usted’, también, si vamos al caso, ¿no?, agregó ella y formó en el aire un instante de silencio dejando a Elías al borde del precipicio y a Violeta con la decisión puesta en su dedo índice, para empujar solamente y tirarlo de lleno al vacío sideral.
- ¿Qué sucede, Elías, se te quemaron los libros en dos horas sentado ahí a la espera de mi llamado?
Estaba aplastado contra la silla, sin reacción alguna, cabizbajo y ensimismado, con la actitud de quien cree tener sobre sí, cien témpanos a punto de horadarle la cabeza.
- ‘De lejos todos somos guapos’, sentenció Violeta, segura y confiada, y agregó regresando a su papel de asistente social: - “Estaría todo listo, Elías. Deberías firmar estos tres papeles y luego dirigirte a la ventanilla tres en donde te van a hacer entrega de los medicamentos. Recordá que para que puedas retirarlos cada jueves, debés pasar primero por aquí, con estos mismos papeles, para llevarlos al director y que él los autorice. Luego, sí, dirigirte a dicha ventanilla y proceder a retirar, ¿de acuerdo?
- Muchas gracias…
- Violeta es mi nombre, dijo ella adivinando la intención de aquel. Continuó: - “Ahí lo tenés escrito en la placa grabada por las dudas” -.
- Sí, lo vi, muy amable.
- ¡Ah!, te pusiste caballero, respetuoso, cortés y de buenos modales, dijo con sorna Violeta.
- ¿Con un pedido de disculpa se arregla?, dijo Elías sintiendo que ya era demasiado.
- No sé, ponelo en práctica y fijate qué resultados te da, le respondió metida en una postura que se asemejaba más a la cordialidad y detrás de una mueca más feliz.
- ¿Puedo hacerte una pregunta?, dijo Elías inflando su pecho.
- ¿A ver?
- ¿De qué debería disculparme?
- No sé, vos preguntaste si con un pedido de disculpa se arreglaba todo. Yo sólo escucho.
- ¿Sabías que estas conversaciones sólo son la antesala para ejercer supremacía y medir el déficit y el superávit de tu interlocutor?, pregunto Elías con cierta altanería.
- Por lo que pude ver te desempeñás como gerente en una empresa, ¿no es así?, preguntó Violeta mientras intentaba dar con algún papel que avale sus dichos.
- Sí, así es, pero ¿qué tiene que ver una cosa con otra?, preguntó Elías desubicado ante la duda de aquella.
- ¡Aquí está!, dijo ella y prosiguió: - “No, perdón, no sabía que, además de gerente, eras sicólogo ¿No probaste con instalar un consultorio?, respondió con un gesto casi rozando la asquerosidad.
Él soltó una risa burlona y descreída que ella acompañó de inmediato con una carcajada camuflada que sirvió definitivamente para descontracturar estos diez minutos de tira y afloje. Luego de unos segundos ambos parecieron notar cierta histeria en el resto de los que esperaban, por lo que decidieron guardar las formas y regresar, cada uno, al papel inicial.
- ¿Siempre sos así?, abrió él señalando un papel sobre el escritorio para enmascarar el diálogo.
- ¿Así cómo?, respondió ella observando con seriedad ese papel.
- Así, tal cual, así como sos, decía mientras corría su dedo índice por un nuevo papel.
- ¿Y vos sos así cuando te presentás en reparticiones públicas? ¿Te sentás a estudiar a los demás como un perfecto sicópata y te divertís con lo que hacen?
Elías no pudo evitar que una débil risotada le brotara como la sangre de una vena rota, mientras Violeta no tuvo más remedio que camuflarse en la apertura de algunos cajones buscando cualquier cosa.
- Te juro por lo más sagrado que tengo…Ella lo detuvo.
- ¿Qué? ¿un hijo? ¿Tu madre? ¿Tu esposa? ¿Un nieto?...
- ¿Algún día me dejarás terminar?
- ¡Epa!, ¿así sos siempre? ¡Qué atrevido!
Parecía una misión complicada y ardua seguir a Violeta por los laberintos en donde se movía. Él se quedó mirándola y sabía que ella se sentía con autoridad por estar detrás de ese escritorio y en un hábitat que parecía pertenecerle.
- Creo que lo mejor será que sigas atendiendo a esta pobre gente antes de que nos acuchillen, dijo serio y en un mundo más real Elías.
- Es verdad, tenés razón, sentenció ella y agregó: - “Al menos disconforme no te vas. Creo haberte atendido bien” -.
- De maravillas, respondió Elías tomándose del posa brazos listo para retirarse. Antes de hacerlo definitivamente, se inclinó un poco más y muy disimuladamente y le dijo: - “No compres nada el jueves que viene: yo te invito a cenar” -.