JUEGO DE TITANES

1267 Words
En más de una oportunidad, mientras atendía a los clientes, Violeta desviaba con marcado tino su atención y oteaba el recinto con el fin único de hallar en algún punto a Elías. Podía hacer ambas cosas al mismo tiempo ya que, salvo casos verdaderamente excepcionales, su trabajo íntegramente se centraba en hacer firmar y autorizar los pedidos de fármacos, y después de tantos años haciendo una y otra vez lo mismo, su trabajo prácticamente se había robotizado. Ella sabía que, de un momento a otro, él debía aparecer para retirar su pedido. Era jueves, su paquete de seguro ya estaría preparado y, fundamentalmente, eran remedios – por lo que ella averiguó días atrás – que él debía tomar de por vida religiosamente cada día. Violeta miraba el reloj de enfrente, de vez en cuando el propio, observaba la hora en su computadora personal, y hasta se preocupó cuando detectó que el visor llamador ya había marcado el trescientos cuarenta y tres. De pronto, como si se tratase de un fantasma que estuvo todo el tiempo sentado y observando, y que repentinamente se corporizó, Elías estaba sentado en la misma línea de ella, a unos cinco metros y en primera fila, mirándola como hacía siete días, con sus piernas y brazos cruzados y un poco inclinado hacia su izquierda, bajo una inspección fustigante y una ansiedad quieta, calma y serena que parecía romperse en cualquier momento. El visor nombró el número trescientos setenta y uno, y envuelto en su parsimonia natural con todo el tiempo del mundo a su favor, Elías se dirigió al puesto de Violeta. - Buen día, Elías, ¿cómo estás hoy? - Buen día, Violeta, respondió mientras dejaba pudorosamente sus pertenencias en la silla vecina. Continuó: - “¿Pudiste encontrar lo que se te ha perdido?” -. Violeta lo observó y, como si se hubiese dado de frente con una columna de concreto, no tuvo reacción ante la pregunta descolgada de aquel. - ¿Perdón?, dijo ella obnubilada. - Es que te estaba viendo desde mi asiento mirar aquel reloj – señalaba Elías el reloj que Violeta tenía en frente de ella -, y observar obsesivamente el tuyo, y escudriñar por todos los sectores casi compulsivamente…Entonces me pregunté: ¿Qué se le habrá perdido a esta mujer? - Me estás mintiendo, dijo ella percibiendo una burla sutil. - ¿Mentirte? ¿Por qué debería hacerlo? ¿Con qué finalidad? - Yo también, además de secretaria en este lugar, me desempeño como sicóloga, respondió al tiempo que quitaba sus gafas y acomodaba su pelo largo, bajo una postura de dejar claramente sentado lo que estaba diciendo. Una vez más el silencio y el espacio que se había formado el jueves anterior, se dio cita en éste, el mismo, uno calcado, y eso aventaba a Elías de bruces por el suelo, y una sensación de derrota comenzaba a hacerse realidad en él cada vez que ellos se enfrentaban en estas aguas porque Violeta estaba dejando muy claro que era muy audaz, tanto para ponerlo entre las piolas, como para escapar de ellas. Él se deshizo de ese personaje estático y se puso a hurgar su mochila para entregarle los papeles que ella debía presentar ante el director de la empresa y pedir su autorización. - ¡Qué carucha!, aplicó ella dibujándole una mueca alegre a Elías, y prosiguió: - “Creo que con una cena entre velas podríamos empezar de nuevo, ¿no te parece?” -. Elías se detuvo en su búsqueda y lentamente fue rastreando con su mirada a Violeta, incrédulo, turbado y embelesado, con un gesto que era una mezcla de alborozo y confusión al mismo tiempo. Sus manos parecían haber olvidado su cometido y su cuerpo sólo se movía porque su corazón seguía palpitando. - ¿Propuse algo indebido?, infirió Violeta con un hálito seductor. - Me parece una buena proposición, respondió él mientras ubicaba sobre el escritorio los papeles que ella necesitaba. Prosiguió: - “¿Y qué creés que deberíamos empezar de nuevo?” -. Ahora parecía ser ella la de los libros quemados. No se le cruzó por la cabeza que Elías la contrarrestaría con una pregunta justamente como la que acababa de tirar. Pero debía salir airosa, y para ello contaba con herramientas que no era precisamente rudimentarias. - Ser vos y yo, ni más, ni menos. - No estaría entendiendo muy bien. Disculpá si soy un poco lento. - No es tan complicado, mirá: convengamos, como primera medida, que éste no es justamente un sitio para que dos personas tengan una charla amena y desprovista de muchas cosas, segundo, ambos sabemos que, en un lugar neutral, tranquilos y sin las presiones que ahora estamos sufriendo, vamos a poder ser nosotros dos tal cual somos, y en eso, debo darte toda la razón. Tu olfato de sicólogo no te falló, y apuesto a que nunca te falle. Violeta imprimía en Elías sensaciones nuevas, costados que él debía lidiar primero con su cabeza y, posteriormente, con su boca, para enfrentarla y, así, darle equilibrio a sus conversaciones. No era nada sencillo pararse frente a una mujer de éstas características, dominante, segura de sí misma, inteligente y audaz, precisa, correcta, con un don grácil difícil de hallar, bajo un costado de feminidad carismática que sólo adquieren personas puntuales. - ¿Se puede agregar algo más? ¿Serviría hacerlo?, dijo Elías. - ¿Así serán tus respuestas siempre?, contestó mientras acomodaba los papeles. - ¿Y así serás siempre vos? Parece que todo lo tenés perfectamente aceitado. - ¿Y eso está mal? ¿Es desagradable que una persona sea así?, respondió desprendiéndose de su butaca, lista para dirigirse con los papeles a sus superiores. - No, al contrario: es fascinante, aplicó bajo un tono que provocó cierto temblor estructural en ella. Y prosiguió: - “Hay una magia en vos que puede mover montañas; un aura poderosa, un encanto y una fascinación que provocan la entrega desinteresada y que obligan a una desnudez espiritual. Pero también, detrás de todo ese atavío formidable, existe una mujer de carne y hueso, con sentimientos verdaderos, una mujer que ríe y llora como todas las demás, que sueña y que al final, termina despertando como el resto de los mortales. Y yo veo eso, no la expresión puntual que tengo parada frente a mis ojos. Esa, que ahora se va a dirigir hacia sus superiores, meneando su cuerpo como una deidad única e irresistible en este mundo, es la que me vende esa inseguridad que cree disfrazar adoptando ese personaje, y es con la que no deseo cenar entre velas. Quisiera tener una cita divina y distinguida con la otra, con la que vengo aspirando desde hace siete días, con esa que vive también detrás de este uniforme precioso que esconde un cuerpo y un alma magistrales. Ella es la que me interesa, por eso, tal vez, se me acaben los recursos o se me quemen los libros delante de ésta que ahora me observa como se mira a un insecto digno de ser pisoteado, porque prefiero guardar mi pólvora y la totalidad de mi repertorio para enseñártelo esta noche, envueltos en los aromas más deliciosos y rodeados de esas velas románticas que propusiste hace unos minutos” -. - ¿Se puede agregar algo más? ¿Serviría hacerlo? - ¿Así serán tus respuestas siempre?, contestó Elías emulando la respuesta pasada de ella. - ¿Y así serás siempre vos? Parece que todo lo tenés perfectamente aceitado. - ¿Y eso está mal? ¿Es desagradable que una persona sea así?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD