‘Il Gino’ lucía resplandeciente, un restaurante de fina categoría, con una entrada larga y adornada con flores naturales y luces empotradas en el suelo que acompañaban el ingreso de los comensales. Adentro, unas delicadas mesas de algarrobo con sus sillas de estilo, y unas velas aromatizadas metidas en candelabros rústicos, pero con un aroma excelso a modernidad, que se conjugaban en un placer excepcional con el clima que danzaba en el ambiente, terminaba de darle un marco de honor y placer al lugar.
Un muchacho joven, elegante y de buen porte vestido para la ocasión, de exquisito frac y guantes dorados, los recibió en el ingreso mismo y acompañó a Violeta y a Elías hasta su sitio reservado. Una vez ubicados, el mancebo extrajo una delicada cajita gris perla con su tapa transparente, en donde descansaba una pequeña rosa roja y, en nombre de su partenaire, se la obsequió grácilmente.
- ¡Por Dios!, exclamó alborozada, y prosiguió: - “Juro por lo más sagrado que tengo en la vida que, en mis cuarenta y dos años, nadie me agasajó y me sorprendió de esta forma” -, confesaba Violeta sumida en una algarabía que se mezclaba con otros sentimientos y sensaciones que ni ella podía descifrar. Él sólo pasó a transformarse, por propia decisión, en un espectador maravillado. Decidió sentarse confortablemente y observar, como escondido en las penumbras, el deleite de su invitada de lujo. Ella parecía perdida y confundida ante semejante ofrenda de un hombre que conocía hacía siete días y que sólo los unía unas pocas conversaciones banales y encuadradas en una importancia que parecía diluirse ni bien sus confrontaciones desaparecían.
- ¿Lo merezco realmente?, preguntó con sinceridad.
- Creo que no se trata de merecimientos justamente, respondió Elías aún metido en su postura. Continuó: - “Yo no me pondría a buscarles los porqués. Simplemente lo disfrutemos como dos buenas personas que somos y que nos conocimos. Será el comienzo de una amistad o de una simple relación entre un hombre y una mujer; un regalo que nos estamos dando, un recreo en la vida de cada uno” -.
- Gracias, Elías, dijo ella apoyando sus brazos desnudos sobre la mesa y escapando lentamente de los brazos de la sorpresa. Y prosiguió: - “Ha sido un gesto maravilloso de tu parte, algo de lo que, seguramente, jamás podré olvidarme. No cualquiera hace esto y por ninguna razón valedera y firme. No sé cuál será la tuya, pero sea cual sea, es realmente una actitud para destacar y llevar por siempre metida en nuestros recuerdos” -.
- Pero es simplemente una cena, Violeta.
- No, Elías, no es simplemente una cena: esta maravilla guarda otra historia, esconde algo mucho más profundo como para titularlo ‘una simple cena’.
- ¿Y qué creés vos que esconde todo esto?
- No lo sé, sólo el que lo pergeñó lo sabe. Yo solamente puedo imaginar, suponer, conjeturar.
- Bien, y ¿Qué suponés, imaginás o conjeturás?
La cabeza de Violeta se escondió entre sus manos delgadas y de uñas extensas a modo de rendición y dejando de ofrecer resistencia. Elías sintió que la asfixia le estaba cortando las alas y, ante la posible incomodidad de aquella, bajó un cambio y regresó un poco solamente sobre sus pasos.
- Bueno, te cuento un poco de historia, ¿te parece?, descomprimió Elías.
- ¿A ver?, exclamó ella.
- Este lugar cumplió cincuenta años. Hace tres meses se hizo una gran celebración, con lleno completo y una orquesta de jazz acompañó el evento hasta casi las cinco de la madrugada. La familia Crozzoli arrancó en agosto de 1971, con Don Gino a la cabeza, secundado por su esposa Brunella y sus hijos que, años más tarde, luego de fallecidos sus padres, se pusieron al hombro la empresa y no ha parado de ser un éxito a lo largo de estas cinco décadas. Aquí, los menús, son exclusivamente italianos, hechos a mano, respetando la tradición a lo largo de los años, y cuentan con una vasta variedad de exquisiteces, así como también una cartilla extensa de postres y vinos. Aquí no existen escalafones a nivel laboral, porque si bien, los hijos son los dueños, a la hora del trabajo propiamente dicho, ellos se arremangan como todos y trabajan palmo a palmo con el resto de los empleados. Es una familia y, como tal, mantienen ese respeto que es parte de la costumbre italiana.
- ¡Guau, me dejaste estupefacta, Elías! ¿cómo sabés tanto de la historia de este lugar?
- Desde chico mis padres solían traernos a mí y a mi hermana a cenar viernes de por medio, y conforme fueron pasando los años, se transformó en un lugar común para todos nosotros, si hasta nos sucedía que, si uno de esos viernes no asistíamos, parecía que algo nos faltaba. Don Gino fue un caballero como ya no existen, muy amigo de mi padre, y Doña Brunella, confidente a muerte de mi madre y una amiga incondicional.
- Entonces tus padres y ellos ya se conocían…
- Papá tenía una empresa que arreglaba, puntualmente, heladeras comerciales, y la amistad comenzó allí, desde el momento en que Don Gino dio con mi padre para que se encargara él de hacerle el mantenimiento a sus heladeras. Luego de consolidada esa amistad, para Gino, vernos sentados en una de sus mesas, era la frutilla del postre en su jornada. Y se fue de este mundo creído de que todos esos años su invitación era aceptada, así como así, por papá. Mi viejo, durante todos esos años de hermosa y sincera amistad, tuvo amenazada a Brunella de presentarle otra mujer a Gino, si ella no le aceptaba el dinero de la cena, negociación que mi madre sabía y avalaba. Brunella adoraba a mi padre, pero se fue de este mundo también creída de que él era un Don Juan.
- ¡Qué historia interesante, por Dios!, exclamó Violeta llena de entusiasmo. Y prosiguió: - “Debo decirte, con total franqueza, que no esperé encontrarme con este costado tuyo. Si no te molesta, tenía la impresión da hallar a un hombre de genio corto y de pocas palabras, a un tipo simple y sencillo, como lo que veo en realidad, pero algo vacío, con un mundo limitado y con una vida entre cuatro paredes” -.
- ¿Por qué me buscabas esta mañana con tanta exasperación en tu trabajo?, arremetió Elías.
- ¿Cómo? No entiendo, aplicó Violeta queriendo simular un desconcierto sin darse cuenta de que dejó escapar su enrojecimiento.
Un instante blanco se formó y se unió a una exquisita canción de Chris Botti que danzaba como una divinidad por los aires de Il Gino.
Parecía ser el segundo golpe certero y sin represalias de Elías. Ya había quedado atrás la falta de respuesta de Violeta a cerca de las conjeturas armadas con respecto a la verdadera finalidad de una cita de esta naturaleza. Ahora, la mudez inmediata a la falta de respuesta para esta pregunta de Elías, la ponía a Violeta en una situación de caminar mucho mejor por el filo de la navaja cuando se trataba de experimentarlo con él. Ella sintió el golpe en la quijada y se decidió a no callar tantas veces.
- ¿Realmente te interesa saberlo?