EL SECUESTRO

1229 Words
Los ojos de Elías estaban clavados a un vaso de vidrio que estaba sobre una mesita de luz, muy al borde, a punto de caerse. Una mano delgada, con uñas largas, vertía en el recipiente unas cuantas gotas que salían de un frasquito oscuro, luego se detenía y, por último, la misma mano abría el cajón de la mesita y guardaba el frasco dentro. Sonaba a esas películas de suspenso, pero en realidad, los esfuerzos mentales y físicos que Elías hacía, no lo movían ni un milímetro para observar a la persona detrás de la mano. Instantes más tarde el rostro de Violeta apareció en su foco, en esa sola línea de avistamiento que le permitía a Elías observar tres o cuatro cosas puntuales. Ella le preguntaba algo, pero la voz propiamente dicha de Violeta, le resultaba lejana, tardía, opaca y sin sentido, al punto de tener que hacer sacrificios verdaderos para intentar descifrar al menos una sílaba. - ¿Podés oírme?, preguntó Violeta sentada a un costado de él y cacheteando levemente su mejilla derecha - Sí, respondió Elías, pero su respuesta fue pobre, ajada, vana y desnuda, encuadrada en un tono apagado y áspero, un tono lastimoso dentro de una voz hiriente y silenciosa. - Veo que no estás acostumbrado a que una mujer te deje fulminado después de una noche larga, dijo ella con cierta sorna. Él notó que ciertos movimientos estaban regresando naturalmente a su cuerpo, y pudo observarse a sí mismo recostado en una elegante cama matrimonial, de finas sábanas, totalmente desnudo y atado de pies y manos a los esquineros del lecho romántico. Hizo el intento de soltarse, pero advirtió que, hasta los más pequeños e imperceptibles movimientos, le arrancaban el alma del cuerpo. Entonces miles de preguntas y de imágenes atravesaron su cabeza en ese momento, al tiempo que veía salir de lo que parecía un baño, al director de la empresa en donde Violeta trabajaba. Ya había recobrado gran parte de su conciencia y de sus movilidades, pero sus ataduras no le permitían ni si quiera respirar con holgura. - ¿Qué está sucediendo acá?, preguntó agitado, mientras Violeta se acercaba a él luego de un coqueteo caliente con su superior. - Tus trescientos cincuenta mil dólares, sólo eso, respondió Violeta rozando seductoramente su nariz en la de Elías. - ¿De qué estás hablando? Violeta, ¿esto es una broma?, increpó dolido por las lastimaduras que las sogas le estaban proporcionando. - No, mi amor, yo no juego a las bromas. Eso es juego de niños y de adolescentes. Yo ya soy una mujer adulta, y prefiero jugar a hacer cosas que me otorguen un beneficio, ¿no te parece más lógico a estas alturas de la vida de uno? - ¿Quién sos? ¿qué me hiciste? ¿Qué clase de hija de puta te creés que sos para estarme haciendo esto? - No, no, no, no…Con insultos y agravios no nos vamos a entender y no vamos a llegar a ningún puerto, le dijo Violeta apoyando su dedo índice en la boca de él en clara señal de despojarlo de su ira, barajar y volver a repartir. Ella prosiguió: - “Esto es demasiado simple, Elías: o me das el dinero, o desaparecés, ¿se entiende, o debo escribírtelo en un papel? - ¿De qué dinero me estás hablando, Violeta? Una carcajada burlista saltó de la boca de Violeta y contagió a su jefe que aguardaba sentado una silla junto a la puerta de salida de la casa. Elías parecía estar ausente y verdaderamente perdido, alternando su mirada nerviosa entre ella y el hombre, impregnado de miedo y de furia, desorientado ciertamente de la realidad que le estaba tocando padecer. - Anoche, en tu bonito restaurante, entre tantas idioteces que tuve que soportar de tu maldita lengua, hiciste mención a ese dinero ahorrado que tenés, que es mucho, por cierto, y que me interesa en demasía. Pues bien, sólo debés decirme en dónde está guardado y aquí se terminaría todo, te desato, te dejo en libertad de acción y nos veremos el jueves que viene para que el señor (giró y señaló al hombre en la silla) autorice y firme tus pedidos, ¿te parece buena idea? Desde el extremo de la habitación, cómodamente desparramado en la silla, el hombre extrajo de entre sus ropas un arma, apuntó hacia Elías sosteniendo la misma con sus dos manos y sus codos apoyados en sus piernas. - No tenés muchas opciones, amigo mío, dijo el director de la empresa inmiscuyéndose de lleno en la conversación. Él continuó: - “Si nos decís y nos das ese dinero, tu vida podrá continuar normalmente como cada día, eso sí, no cometas errores, no te presentes en la policía, no hagas chiquilinadas que podrían traerte consecuencias nefastas ¿Por qué te aclaro este punto? Simple: porque la policía está de nuestro lado. Así mismo podés acudir a quien se te plazca para solicitar ayuda y apoyo. Pero nosotros vamos a estar siguiendo cada uno de tus pasos, y en el más mínimo y estúpido error que veamos que cometés, tus horas quedarán contadas” -. La mirada con atisbos de sangre y embarrada en lágrimas de Elías era una escena elocuente del terror que estaba pasando. Pareció desarmarse repentinamente, como si aquellas palabras del hombre, hubiesen sido su real sentencia. Él se quedó observando fijamente a Violeta y ella, sin notarlo y sin sentirlo, se despojó unos breves segundos de su rol maléfico y una mueca triste le recorrió la mirada. De inmediato se repuso y regresó a su atuendo de maldad. - Juro que creí que la vida me estaba dando una nueva oportunidad, dijo con su voz quebrada Elías, todavía inserto en la mirada de ella. El estallido le nubló los sentidos a Violeta y el fogonazo se dispersó por la habitación. La bala ingresó en el centro de la frente de Elías dejándolo prácticamente en la misma posición, con sus ojos abiertos y clavados en los de Violeta, y un hilo de sangre recorriendo amargamente la comisura de sus labios. - ¡Qué hiciste, hijo de puta!, arremetió ella enfundada en gritos de locura y descuajeringada por el suelo. - Se iba a transformar en un verdadero problema, exclamó el hombre con una calma demoníaca mientras se acomodaba las ropas, ya parado, lejos de esa comodidad tirado en la silla. El teléfono de la habitación del hotel sonó como prendiéndose fuego. Ambos se miraron buscando saber quién lo atendería. En seguida, alguien llamó a la puerta y exclamó desde afuera ‘Perdón, ¿sucede algo?’ La postura estática de Violeta y de su jefe incrementaban aún más las sospechas y la desesperación del empleado del hotel, entretanto el teléfono persistía en su locura rabiosa, gritando como un animal en su instante de muerte. Rápidamente, el director de la empresa, soltó las amarras de Elías y lo vistió con una velocidad suprema, proclamando con vehemencia que desde afuera aguardaran un instante. Acomodó el cuerpo como para no levantar más sospechas todavía y abrió la puerta metido en un personaje destrozado, conmovido, atiborrado de miedo y a punto de un estallido emocional. - ¿Qué sucedió aquí?, preguntó conmovido el empleado al ver semejante escena. Él prosiguió: - “¿Se encuentran bien? ¿Qué es todo esto?” -.
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