LA HORA DE LA COMPLICIDAD

1231 Words
Gran parte del personal, incluido el encargado del hotel, se hicieron presentes en la habitación ciento cuatro. Desde la silla en donde minutos antes se encontraba sentado el jefe de Violeta, podía ver el estallido de mi cabeza, la salpicadura de sangre como si alguien con su mano furiosa hubiera descargado su ira contra la pared, mis ojos ya vidriosos clavados en la nada misma y mi cuerpo acomodado para enfrentar la situación bajo una serie de actuaciones memorables con el objetivo único de ambos de lograr sortear y persuadir las sospechas y acusaciones que lógicamente caerían sobre ellos. Todos los presentes tuvieron que abandonar la habitación, salvo el encargado, que permanecía horrorizado buscando darle un empellón a su cuerpo para intentar dilucidar o echar un poco de luz a semejante espectáculo dantesco, mientras Violeta y su superior ya estaban desandando su faceta actoral. Ella, sentada sobre el suelo, con sus piernas cruzadas, su codo apoyado sobre su pierna derecha, y su cabeza descansando sobre la mano de ese brazo, con su voz cortada y un llanto lastimoso dando la sensación de hacerle explotar el pecho en cualquier momento. El hombre, su jefe, permanecía apoyado con sus manos grandes sobre el lavabo del baño y llorisqueaba con un vaivén de su cabeza como descreído de estar viviendo tamaño infierno. El encargado, con sutileza, fue acercándose a donde Violeta se encontraba, se acuclilló junto a ella y, casi en secreto, le susurró algo al oído: “¡No puedo, perdón, no puedo!”, exclamó ella vomitando un llanto más terrible. Podían sentirse pasos y murmullos acercándose a la habitación. De pronto, lo que parecía ser el dueño del hotel, junto a un hombre vestido de fino traje y tres efectivos policiales, irrumpieron en el cuarto y una pared transparente pero concreta, los detuvo, quedando anonadados ante mi muerte horrenda y desagradable. El encargado volvió sobre sus pasos y le dio lugar al hombre de fino traje. - Disculpe, señora, me presento: Oficial Graham, a sus órdenes. Violeta persistía en su estado calamitoso sin desprender su cabeza de su mano. El oficial continuó: - “¿Podría ser tan amable de explicarme lo ocurrido?” -. La leve oscilación de la cabeza de ella, como un acto de seguir incrédula, hizo deponer la actitud del oficial en continuar con un intento de confesión. Apoyando su mano sobre su rodilla, tomó impulso, y se dirigió al baño en donde se encontraba todavía clavando sus puños sobre el lavabo, el jefe de Violeta. - Señor, buenas noches, dijo Graham con cierto respeto en su tono. - Hola, señor oficial, respondió con su voz claramente quebrada y haciendo sólo una mirada de soslayo, regresando automáticamente a su postura original. - La señora, ¿es su esposa? - No, oficial: mi pareja. - Bien, respondió Graham, mientras sus ojos recorrían detalladamente la escena. Continuó: Intenté hablar con ella, pero es preferible que la conmoción pase. A usted lo veo parado, al menos. ¿Podría explicarme lo acontecido? Miguel, tal era el nombre del superior de Violeta, permaneció breves segundos más apoyado sobre el lavabo intentando, como buen actor que estaba encarnando el papel, renovar el aire en sus pulmones. Graham lo esperó. Él entendía que éstas situaciones debían ser afrontadas con tino y con paciencia, mientras tanto, aprovechaba para otear, estudiar y formarse una idea inicial de lo sucedido. - Vinimos con mi pareja a pasar unas horas, a distendernos, a despegarnos un poco de la rutina, a pasar un momento juntos, lisa y llanamente. Ni bien entramos, unos instantes después, llamaron a la puerta. Yo me acerqué y pregunté quién tocaba, y desde afuera me respondieron que el servicio del hotel nos traía unas bebidas, como un gesto de agradecimiento. Se imaginará, oficial, que, con toda la confianza del mundo, abrí de inmediato. Apenas se despegó la puerta, este hombre (dijo señalando mi c*****r) ingresó loco y furioso, me aventó hacia un costado a mí y, prácticamente, tomo de rehén a Violeta, amenazándola de muerte, mientras la tenía por el cuello, si no le daba los dólares verdaderos y no los falsos que él tenía. No podía creer lo que este tipo había pergeñado durante el tiempo que transcurrió desde que me asesinó hasta esta conversación con el oficial. Violeta, lejos de sorprenderse - por más que lo estuviera – y como buena fabuladora, sólo inclinó un poco su postura y un acuerdo tácito nació entre ellos: Ella debía seguirle el juego. - Le pedí que se calmara, que no la lastimara, que le íbamos a entregar las llaves del departamento de ella para que el fuera hasta allá y se llevara lo que quisiera, pero que, por favor, no nos haga daño, continuó con su relato pormenorizado Miguel. Y reanudó: - “Yo no tenía idea de qué dinero me hablaba ni la tengo ahora”, explicaba mientras observaba a Violeta como pidiéndole una explicación: “Yo siempre ando armado, señor Graham, mi arma es reglamentaria, tengo los papeles y siempre me acompaña. Apenas llegamos la puse en el cajoncito de la mesa de luz, y fue lo único a lo que pude echar mano: era él o la vida de ella. Cuando le prometí las llaves del departamento la sola idea me ganó, abrí el cajón, como quién busca unas llaves, saqué el arma y no la pensé”. Se quebró. Se apoyó contra el marco de la puerta del baño y se deslizó apretando sus ojos en un claro intento por tapar el llanto y llevarlo con él hasta el piso. Graham se acercó a sus súbditos y les dio la orden de ubicar a los forenses y al cuerpo especializado, además de pedir la cobertura de mis restos. - ¿Violeta, ¿no?, preguntó el oficial acercándose a ella. - Sesma, Violeta Sesma, oficial. - ¿Nos podría aclarar – digo nos podría porque su pareja acaba de decirme que estaba ausente de toda ésta cuestión – qué fue lo que sucedió con este sujeto y esos ‘dólares’? - Antes que pase a contarle, oficial, déjeme pedirle disculpas a él, refiriéndose a su jefe. - Por favor… - No quise preocuparte, Miguel. Sé que debí decírtelo y que juntos lo íbamos a solucionar, pero preferí que sea así y no meternos en un problema mayor. Espero que me entiendas. Miguel la observaba desde el piso, sentado con sus manos tomando la incredulidad de su cabeza, metido en un llanto ahogado, con la expresión cabal de quien perdona. - ¿Podrá responderme ahora, señora? Infirió Graham. - El jueves pasado este tipo se hizo presente en la repartición pública en donde yo trabajo, cuyo director y presidente es Miguel, mi pareja. Extrajo unos papeles de un maletín y, de inmediato, me di cuenta de que eran los clásicos pedidos médicos que deben autorizarse y firmarse para que ellos puedan retirar sus drogas del mismo establecimiento. Entendía a la perfección el comienzo de la obra y sabía con total certeza el nudo y el desenlace. Graham permanecía muy atento a la confesión de Violeta, mientras afuera, en los pasillos, el dueño del hotel, el encargado y los uniformados, chequeaban otras cuestiones. - Continúe, señora, dijo el oficial luego de una breve pausa en ella, pausa que necesitó imperiosamente para seguir encastrando la historia y darle sentido a la mentira.
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