- Regresé de efectuar los trámites correspondientes, le di los papeles, se los hice firmar y, cuando todo parecía estar bien para que él se dirigiera al sector en donde se hacen las entregas de los medicamentos, me dijo en un tono secreto que me causó estupor, que él sabía que yo guardaba en mi casa, treinta y cinco millones de pesos, que no intentara hacer ningún movimiento brusco o sospechoso, y que le diera mi dirección para ir a buscarlos, que él me estaría vigilando y que, si algo se filtraba o salía mal, terminaría muerta en un barranco.
Un brote caliente y descomunal de lágrimas asaltó el rostro de Violeta y obligó a Graham a tomar un poco de aire ¿Cómo pude cruzarme en el camino de esta mal nacida? ¿Cómo pude tener tanta mala suerte y encontrar sin quererlo el camino de mi muerte? A simple vista parecían tenerlo todo aceitado más allá de que tuvieron que ponerse a improvisar. Mi muerte no estaba en los planes de Violeta. Tampoco en los de Miguel. Pero su cabeza le hizo disparar y le trocó arteramente los planes a seguir. Sólo unos pocos minutos en el baño le sirvieron para trazar una maquinación alternativa, o tal vez, días atrás, poniendo en la balanza la posibilidad de liquidarme, dibujó a mano alzada este proyecto que hoy estaba poniendo en marcha.
- Necesito que prosiga, abrió el oficial.
- Ese jueves por la noche, siguió Violeta breves segundos después del pedido de Graham, se apersonó en mi departamento. Él ingresó, pero yo ya tenía el dinero que con tanto sacrificio ahorré año tras año, puesto en una mochila, listo para que él se lo lleve. Estaba nervioso, pero no fuera de sí. Me gritó que no moviera un pie y antes de irse le pedí que me dejara en paz, previo a jurarle y a comprometerme a no decir a nadie ni una sola palabra. Así lo hice. Todos esos días asistía al trabajo haciendo un sacrificio enorme para que no se me notara el malestar, incluso, ese fin de semana, estuvimos juntos (señalaba a su jefe) y él no se percató de nada. Yo sabía que hoy por la mañana debía regresar a buscar nuevos medicamentos y a que se le autoricen y firmen esos papeles. Le rogaba a Dios que no apareciera, pero de pronto, lo tuve sentado frente a mí. Cuando fue su turno, tomó asiento, acomodó sus cosas en la butaca contigua y sacó sus papeles mientras, en voz muy baja, me fue diciendo que los billetes que yo le había entregado, eran falsos, cuestión que distaba de la verdad, porque yo había sido muy precavida en los instantes en que me dieron el dinero y puedo asegurar que, de falsos, no tenía nada.
- Discúlpeme, señora, intercedió el oficial: ¿De dónde proviene ese dinero? ¿Cómo lo obtuvo usted y por qué?
Desde mi confortabilidad y desde mis nuevas sensaciones podía advertir el rechinar de los dientes de Violeta y la presión en las mandíbulas de Miguel. Pero también pude observar a Graham en el comienzo de una actitud suspicaz y metido en una vaga sensación de aparente duda.
- Ya le dije que eran mis ahorros de muchos años, y una vez que me encontré con semejante monto, decidí entregarlos en el banco para que ellos me dieran el mismo, pero en menor cantidad de billetes. Una vez que obtuve eso, los dejé en un lugar seguro en mi departamento.
- ¿Y cómo supo este hombre que usted tenía esa cantidad abismal ahorrada en su casa?, preguntó el oficial cruzándose de brazos.
- ¡Si lo supiera!... sentenció ella.
- ¿Nunca antes había visto a este hombre?
- Jamás en mi vida, oficial, respondió con un llanto que estaba empezando a asomarle. Continuó: - “Imagínese, veo mil caras por día y se me haría muy difícil darme cuenta si este hombre anduvo en alguna otra ocasión merodeando por la zona” -.
Graham hizo un silencio seguido de un suspiro largo, desató sus brazos entrelazados, metió sus manos en los bolsillos del sacón y se dirigió hacia donde estaba aún sentado en el piso, Miguel.
- ¿Conocía usted al occiso?, dijo el oficial observando mi c*****r.
- No, señor, es más, hace siete días, el jueves anterior, fue la primera vez que este hombre apareció en los registros. No lo tenía agendado en el sistema.
- ¿Cómo supo este hombre que ustedes estaban acá? Peguntó Graham mientras extraía del bolsillo interno de su tapado una pequeña libreta forrada en cuero n***o.
- No lo sabemos, oficial. Sólo puedo llegar a conjeturar que nos ha estado siguiendo los pasos desesperado por sus ansias de querer los billetes que él cree reales, y totalmente loco por haberse sentido burlado y engañado.
Graham se acercó prudentemente a mi muerte. Me destapó hasta cerca de la mitad de mi cuerpo mientras Violeta giraba su cabeza para no seguir horrorizada frente a mi imagen.
¿Por qué yo? ¿A quién hice mal en esta vida para haber terminado de esta manera? Después de un matrimonio frustrado, que sólo navegó en las aguas de la violencia porque ella creyó que la vida no le daba lo que ella pensaba que debía ofrecerle y porque vivió arrepentida de haberse casado con un tipo como yo, que sólo le alcanzaba para vivir con lo justo, sin darle vacaciones estrafalarias en los lugares más exóticos y sin tenerla como a una verdadera heredera de un trono, destruido, pero inmensamente orgulloso, por tener a mi único hijo acomodado y con una buena vida en Noruega, sólo me dediqué a trabajar y a cuidar de mi pobre viejo que debe estar desesperado lo que no me ve desde anoche, cuando lo despedí con un beso en la frente, antes de ir a encontrarme con lo que, inocentemente pensé, podía llegar a ser una puerta nueva a mi futuro.
Hacía siete días se me había presentado como un regalo de la vida detrás de su escritorio. Nuestras miradas se cruzaron, nuestras palabras se entrelazaron, algunas bromas inocentes y otras no tanto, comenzaron a gestar entre nosotros una relación que parecía tener sustento y buen futuro. Nada me decía al oído que detrás de esta mujer bella, inteligente, culta y sagaz, se escondía una serpiente bífida capaz de llegar a los rincones más inesperados, unida a éste hijo de puta, con el sólo objetivo de destruir los sueños y las vidas ajenas.
Nunca sabré cómo llegué hasta este lugar, quién o quiénes me trajeron, cómo lo planificaron, de qué forma me sacaron del restaurante de Gino, bajo qué pretextos. Sólo sé, sentado en este sillón y enfundado en mi nueva versión, que ingresé en la vida y en los planes macabros de ésta mujer y de éste asesino, en el momento justo y en el lugar indicado, que a ellos poco les importó – de hecho, me quitaron la vida – mi porvenir y mis sueños. Sólo encontraron con buen olfato la presa ideal, el pez débil para ensartar el anzuelo y acarrearlo hacia la orilla.
Y ahí estaban ellos dos, sentados frente a mí, sin imaginar si quiera, que yo los estoy observando desde mi falta de vida ¿Cómo pudiste, reina de mi corazón? ¿Por qué me enamoraste como a un adolescente? Te hubiese desprendido cada una de las estrellas y hubiese cortado un gran pedazo de luna nueva, para decorar cada uno de los pasos por dar. No creas que me fui sin saber nada. Sólo quiero que sepas que, desde mi muerte, he escuchado todo, y ahora sé que no volvería a elegirte.