El 24 de agosto tomé el teléfono y la llamé para dejarle un saludo cordial por su cumpleaños. Desde aquel octubre, diez meses antes, cuando tomé la decisión de irme con ella, Susana comenzó paulatinamente a desprenderse de un disfraz que de a poco la fue exhibiendo tal cual era. En un alto porcentaje ella fue siempre la misma persona, pero en este lapso, muchos costados negros y diversos comportamientos opuestos a los anteriormente mostrados, fueron tomando forma y poder, quedando expuestos ante mi verdadera incredulidad. Y uno de esos procederes era el pretender que, después de insistir, y de rogar, y de volver a insistir, y de rogar nuevamente, esa súplica de mi parte, se coronara con un pedido humillante de perdón por haber sido una máquina imparable de violencia y de acusaciones graves

