CAPÍTULO 1
MARILYN
El hombre me llenó la garganta con su polla y casi me ahogo con ella.
Pero la sacó y me echó el semen en la cara. «¡Chúpalo, zorra! Lame hasta la última gota de mi semen, porque también he pagado por eso».
Tal y como se me exigía como trabajadora s****l a la que le pagaban por follar, saqué pecho y dejé que me corriera encima, con la lengua fuera mientras lo hacía.
Gracias a la venda que llevaba puesta, no vio las lágrimas que amenazaban con caer de mis ojos, llegando incluso a abofetearme las mejillas con su polla.
«Joder, eres buena, zorra. Quizá te lo pida la próxima vez», dijo antes de irse al baño, y yo me quité la mordaza, derrotada.
Las lágrimas brotaron de mi rostro sin control; me desplomé sobre la cama con jadeos de agotamiento. Mi coño palpitaba de dolor y mis tetas me hormigueaban por sus chupetones bruscos; literalmente no tenía a nadie que me sacara de ese infierno.
Unos minutos más tarde, salió del baño empapado, y yo me di la vuelta rápidamente para ponerme la venda en los ojos.
Luego se vistió y me lanzó unos cuantos billetes: «Ya he pagado en recepción, pero eso es para ti. Eres una zorra con mucho talento».
«Gracias», logré murmurar mientras se marchaba.
Me quité la venda y caminé, con las piernas temblorosas, hacia el baño. Mi rostro era lo único que nuestra madame nos permitía conservar. Lo único que los hombres nunca pueden ver, por mucho que paguen. Lo mismo que me salvó cuando me follé al mejor amigo de mi padre el mes pasado, mientras él gemía como un búfalo, sin saber que yo era la chica a la que una vez llamó «pequeña»
En el baño, Dorothy McAllen —mi yo de antaño— me miraba fijamente ahora en el espejo.
La licenciada con matrícula de honor por Oxford, hija de una celebridad y la chica que lo tenía todo menos un lobo y el amor de su familia.
«No. Ya no soy Dorothy», susurré salpicando agua sobre mi reflejo. Ahora soy Marilyn Paltan, una puta como Jezabel que no tiene nada que perder.
Yo nunca elegí esto. Solo quería ser diferente de mi familia, obsesionada con la riqueza: convertirme en médica solidaria, curar a gente que no tenía nada, pero no sabía que el simple hecho de desear algo haría que me persiguieran.
Mis padres y mi hermana se negaron a venir a rescatarme; o mejor dicho, me abandonaron, ya que era como una mancha para su imagen.
Si hubiera sabido que acabaría aquí, no habría salido de casa el día que me secuestraron y me vendieron aquí.
Llamé a mis padres tres días después de llegar aquí. Sollozando, suplicando, apenas capaz de hablar porque había perdido mi virginidad con un anciano.
Pero mamá siseó: «Te lo dije, Dorothy. Ser diferente te metería en problemas, y ahí estás».
«Pero mamá, yo…»
«Ya no eres mi hija», declaró papá. «Si tuvieras un lobo, quizá valdría la pena salvarte».
Desde entonces, solo curo coños infectados en lugar de niños enfermos. Vivo con los ojos vendados y amordazada mientras unos desconocidos se apropian de mi cuerpo a cambio de dinero.
Me arrepiento cada día de haberme ido de casa y a veces pienso en acabar con todo, pero ¿para qué? A nadie le importaría. Ni siquiera a mi familia.
Después de asearme, me puse la bata de seda roja y me uní a las otras mujeres en nuestro patio.
«Oye, Marilyn, ¿qué tal estaba esa polla?», gritó una de ellas.
Puse los ojos en blanco, sin ganas de cotilleos. Pero antes de que pudiera escaparme a mi cama, la señora Diana entró dando un portazo, con un tono de voz cortante como una cuchilla.
«¡Ahora hay cuatro chicas en la habitación 9!».
—Deja de gritar, vieja —espetó una chica—. No te sienta bien a la tensión arterial.
La señora Diana entrecerró los ojos. «¿Hoy estás muy bocazas, Fiona?», chasqueó los dedos. «Te acabas de ofrecer voluntaria, ve a por tu mordaza».
Se dio la vuelta para marcharse y yo me dirigí hacia mi cama, desesperada por dormir una hora.
«¡Marilyn!».
Me quedé paralizada. «¿Sí, señora?»
«Únete a ellas también».
«¿Qué?», jadeé. «Acabo de llegar de la habitación 4, no he dormido en toda la noche y el pago ya era…»
«¿Te parece que me importa?», me interrumpió la señora Diana. «¡Lord Lucian ha pedido cuatro chicas y tenemos que darle lo mejor que tenemos!».
«¿Estás diciendo que no somos las mejores?», replicó otra chica desafiante.
«¿Por qué Marilyn se queda con todos los VIP?».
«¡Cállate!», espetó la señora Diana. «Los hombres ricos pagan por el pedigrí. Si quieres su clientela, deberías haber nacido en una familia adinerada».
Salió disparada de la habitación, dejándome expuesta al desprecio de las chicas.
«¿Eres la única que viene de una familia rica?»
«¿Te crees especial porque tu papá tenía dinero?»
«Aquí todas somos iguales. Tengamos estudios o no».
¡¡Otra vez mi origen familiar!! Sabían que venía de una familia adinerada, pero no de cuál. Ojalá supieran lo mucho que deseaba largarme de allí.
Había intentado escapar, pero fracasé cada vez y la señora Diana no me ayudaba; el local de servicios sexuales tenía licencia.
Cogí mi venda para los ojos y seguí a las otras chicas por el pasillo.
Al acercarme a la habitación 9, algo se agitó dentro de mí. Algo que no había sentido antes.
Mi loba.
Se agitó dentro de mí en cuanto puse la mano en el pomo, y lo siguiente que oí de ella fue: «Oye, Dorothy, ¿me oyes?».
Suspiré enfadada. Por supuesto, lo primero que hizo mi loba fue llamarme con ese nombre que tanto odiaba.
«Lárgate», murmuré.
Llevaba cinco años esperándola.
Si hubiera venido cuando cumplí los veinte, mis padres habrían organizado una fiesta, habrían concedido mi deseo de convertirme en lo que quisiera, pero ¿ha venido ahora, cuando ya no lo necesito?
«Dori, siento a nuestro compañero».
¿Mi pareja?
No. No quiero escuchar.
Me puse la venda, de esas transparentes que me permitían ver pero me ocultaban la cara.
Las otras tres chicas ya tenían los ojos vendados y se estaban desnudando. Pero el hombre que estaba al fondo de la habitación no las miraba a ellas, me miraba a mí.
Sus ojos se clavaron en los míos, como si pudiera ver a través de la venda, y yo le devolví la mirada, preguntándome cómo un hombre con un aspecto tan respetable como él podía haber venido a un burdel.
Pero, ¿por qué me latía tan rápido el corazón? ¿Era porque mi loba había aparecido en ese momento? ¿O era por culpa de este hombre…?
—Dori. Es nuestro compañero.